__________________________

__________________________
Mostrando entradas con la etiqueta barrio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta barrio. Mostrar todas las entradas

20 abr 2011

PANCHO AMAT Y LOS NÚMEROS MUSICALES

UNO: La autorizada opinión de Adalberto Álvarez, de que en el tres hay un antes y un después de Pancho Amat, es muy cierta; pero debo aclarar que cuando él dio su primer do de pecho, ya el uno en el tres lo tenía desde mucho antes Arsenio Rodríguez, ese cieguito maravilloso, quien nos había demostrado que la Vida es un Sueño, y que su instrumento era dos veces bueno: Musical y comestible a la vez, ya que Miguelito Cuní le gritaba durante los montunos a su sucesor Arturo Jarvi en el Conjunto Chapotín: ¡Alambre dulce!
Por lo tanto nuestro personaje de hoy tiene el dos en mi escala del tres.
DOS: Desde aquel día 22 del cuarto mes de 1950, el bebito Panchito ya traía la música por dentro en su pueblo natal de Güira de Melena, y no precisamente tocando el güiro, sino el tres.
TRES: El Horóscopo lo situó en el centro del ruedo taurino para embestir la adversidad. Por lo que no es de extrañar que al asimilar las experiencias de otros cinco treseros famosos: El propio Arsenio, Niño Rivera, Isaac Oviedo, Chito Latamblet, y Nené Mánfugas, Amat lograra dominar ese concepto de: “Trovar el son y sonear la trova”, pues según su trova, el tres empezó con el son. Había que darle “rabo y orejas” en el ruedo al diestro criollo.
CUATRO: Las orquestas charan
gueras cubanas son de larga data, sin embargo en sus comienzos con Manguaré, Pancho Amat y el resto de la agrupación, tropezaron con tres de ellas: El charango chileno, la Charanga Habanera y el Charangón de Revé. De vocación latinoamericanista sumó un nuevo grupo alternando con la agrupación venezolana Cuatro por Cuatro, que no Son 14, son 16.
CINCO: Hablando de conjuntos musicales: Después el dúo y del trío, vinieron todos los tetos conocidos y por conocer: Cuartetos, quintetos, sextetos y septetos. Estos dos últimos sentaron cátedra en el son, a tal punto que no conozco ningún octeto de música popular cubana.
SEIS: Debemos aclarar a nuestros vecinos del lado de allá del charco, que tan cubanos como Arsenio y el propio Pancho Amat, el tres es un instrumento criollo, lo juro por las seis cuerdas que lo componen y los sextetos que existían antes de agregárseles la trompeta.
SIETE: Son las notas musica
les, siete los colores del arcoíris. Existe el séptimo arte y la danza de los siete velos; y cuando Amat comenzó su vida artística en la década de los años 70 del pasado siglo, ya le sacaba los siete colores del arcoiris a la típica guitarra autóctona conocida como el tres. Como un modesto homenaje a su persona, aquí va una pequeña, muestra de mi admiración por el artista y su instrumento: Su caricatura personal.
OCHO: Para la cábala del cubano de antaño, amante de la charada y la bolita, el ocho significa la muerte. Y cuando Arsenio Rodríguez se fue a los Estados Unidos en busca de una Operación Milagro –inexistente en Cuba por entonces—comprobó que su caso no tenía remedio. Sin embargo el ciego ve más lejos que los demás y puso a bailar a los newyorquinos al son de la salsa, --sabor desconocido hasta entonces en la Gran Manzana--. En medio del éxito la muerte le hizo un número ocho el 31 de diciembre de 1970. Algunos dicen que subió al cielo desde Los Ángeles acompañado por un par de querubines amantes del tres.
NUEVE: El beisbol es el deporte nacional. Me imagino a Panchito de niño, en su pueblo natal, formando parte de la novena del barrio, antes de que decidiera cambiar el guante por el tres. Hoy con los cambios de la nueva división político administrativa, el afamado músico habanero se verá representado por un nuevo equipo, pues el club Habana desaparece para formar dos: Artemisa y Mayabeque. Güira de Melena, situada al sur, cae dentro de la jurisdicción de esta última provincia, así que, amante del terruño, lo veremos convertido en un mayabequero más.
DIEZ: Como han podido apreciar en esta breve incursión al mundo del pentagrama y los números, no debemos obviar el Premio Nacional de la Música 2010, obtenido el pasado diciembre por Pancho Amat. Sean pues mis últimas palabras para desearle en su onomástico, muchos más éxitos y que en esta oportunidad logre el tan añorado encuentro de sus dos agrupaciones: El Cabildo del Son y el Café Vista Alegre.
El Instituto Nacional de a Música tiene la palabra.
¿Qué mejor regalo que ése?
Para concluir esta “décima”, debo acreditar los datos proporcionados por Pedro de la Hoz en el diario “Granma” del 13 de diciembre del 2010 bajo el título de ”Pancho Amat: Alambre dulce, recia estampa”… Gracias colega, te debo una.

2 abr 2011

LA SEMANA SANTA

Cuando yo era chiquitico y del mamey, por allá por el “machadato”, se acostumbraba celebrar la Semana Santa en mi casa en la cuadra y hasta en el cine de barrio donde siempre exhibían por esos días la película “Vida pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo”.

Aún soplan vientos de Cuaresma en estos días y me vienen a la mente aquellos recuerdos de mi barrio y de mi cuadra.

A excepción de las calzadas de Concha y Luyanó, estremecidas por el ruidoso paso de los tranvías y los prehistóricos camiones “Mack” con tracción en cadena y ruedas con zunchos de goma, las demás calles del municipio eran también bulliciosas pero porque se convertían en parques y terrenos de deportes donde se practicaba lo mismo el fútbol, que el taco, o la quimbumbia; pero sobretodo la pelota de trapo o de poli, según fuera la temporada.

Aclaro lo de las temporadas: Las series profesionales o semi-pro, de beisbol o balompié tenían su cronograma, y nuestras calles también, pues eran de tierra –perdón—de fango en época de lluvia, o de polvo durante la cuaresma. A veces durante esta última, había que suspender los juegos por los remolinos y polvaceras que allí se producían y teníamos que buscar otros pasatiempos más acordes con el tiempo. Es entonces que nos mudábamos hacia las azoteas vecinas para dar rienda suelta al vistoso papalote o la socorrida chiringa.

Esas calles tenían sus inconvenientes pero también sus encantos. Como los juguetes de los niños pobres –la mayoría-- eran escasos o nulos, inventábamos nuestros juegos en horario extracurricular, porque el colegio era requisito indispensable para la correspondiente autorización a la libre concurencia. Entre los inventos que recuerdo estaba el palo de escoba transformado en bate de pelota, taco, o quimbumbia, la latica de conserva debidamente aplastada sustituía el tacón de goma,--no siempre hallado en el latón de basura--para jugar al pon, debidamente auxiliados por la tiza extraída subrepticiamente del pizarrón de la escuela.

Una simple hoja de papel periódico se convertía por obra y gracia de la necesidad en una chiringa salvadora, cuando los quilitos no alcanzaban para el vistoso papalote. Otros juegos ni siquiera requerían de esos adminículos. Como el “chucho escondído”, el “quemao”, o “a la una mi mula” por poner solo tres ejemplos.

Como pueden ver las calles eran tomadas por asalto, sin peligro alguno, pues se podía corretear a nuestro antojo, ya que sólo transitaban por ella el afilador de tijeras y su original monociclo precedido de su harmómica; el carretillero que cantaba “cambio globos por botellas” y vendía pìrulís o cariocas; la bicicleta del mensajero de botica; o algún que otro carro de tracción animal, como el del vendedor de carbón, únicos temerarios que se atrevían a transitar por esas callejuelas urbanas, antes que se descubriera el asfalto, pues como hemos dicho al principio, las calzadas eran de adoquines, hasta que en el “machadato” se convirtieran en proyectiles del estudiantado frente a las balas de la porra.

Si alguna ventaja tenían las vías públicas de antaño, era que la gente se veía obligada caminar por las aceras, o arriesgarse a perder una suela o un tacón. Hoy tenemos más transeúntes por las avenidas que por el bordillo y por tanto mayor la incidencia de peatones imprudentes hechos papilla.

En cada cuadra de Luyanó se mezclaban casas de madera con las de mampostería, las ciudadelas con los solares, aunque a las primeras se les llamara como a los otros.

En una de esas accesorias vivía un personaje inolvidable para mi. Una especie de mago --según mi fantasiosa imaginación--, pues confeccionaba cierta sustancia pegajosa que pendía de un clavo en la pared, y a la medida que la estiraba durante un tiempo, ésta iba cogiendo correa y más correa. Después, la coloreaba de blanco, rosa o amarillo según el “sabor”deseado y después la envasaba en pequeñas porciones de papel, para colocarlas en el tablero y salir de lo más campante a venderla por todo el vecindario. Aquello se llamaba melcocha. Más tarde me enteré que el producto solo requería agua y azúcar. Juro por todos los santos de la Semana que acaba de pasar, que más nunca he visto en Cuba una sola melcocha.

Del bizco del barrio ya hablé en una semblanza anterior con motivo de mi operación de cataratas, por tanto me referiré a otros aspectos de aquella sociedad burguesa que me tocó vivir y quedó reflejada en una película antológica titulada “Callejón sin salida”, pues de esa misma forma se encajonaba a la mayoría del pueblo.

Como han visto la infancia por muy precaria que sea, siempre trata de convertir su existencia en una experiencia lúdica. A quienes jugábamos libres y felices en las calles nos decían mataperros. En venganza, para nosotros los hijos de Papá, --así con mayúscula-- rodeados de criadas regañonas y juguetes caros, pero mucho más tristes y solitarios; le llamábamos bitongos. Y es que el hombre --y la mujer, claro;-- , desde que nace es un ser social, aunque la mal llamada Crónica Social los discrimine.

Así eran las calles de mi barrio, con la bodega de la esquina y su vidrierita de apuntaciones, el puesto de chinos con sus fritangas siempre crujientes, la botica y su ñapa de azúcar cande, el tren de lavado, la escuelita pública todos los días y el cine de barrio del domingo con sus bulliciosas matinees, etc. Todas tenían sus alegrías y sus contradicciones, sus baches naturales y los chocolongos artificiales que abríamos para jugar a las bolas o chinatas. Sus mensajeros de a pie como los repartidores de cantina, de telegramas o vendedores ambulantes entre los que descollaban sus originalísimos pregones… Pero estos últimos serán objeto de otra autopsia.

17 sept 2009

CITA EN MI BARRIO

Apenas recién escapados con las maletas llenas del dinero del Tesoro, los golpistas batistianos, comenzaron a organizar las campañas mediáticas apoyadas por Washington, ejecutar los sabotajes de sus mercenarios infiltrados, correr las bolas de la Quinta Columna interna, y promover el éxodo masivo de los residentes en la Quinta Avenida de Miramar.
Las primeras medidas revolucionarias del programa del Moncada pusieron a temblar a los privilegiados, sobre todo la Ley de Reforma Agraria, que iba a las raíces del problema pues afectaba sus bienes raíces. Esta normativa caldeó el ambiente de los siquitrillados. Por eso, en la noche del 28 de septiembre, --hace ahora 49 años-- el discurso del líder de la Revolución frente al Palacio Presidencial, fue interrumpido varias veces por bombas que hacían detonar los enemigos del proceso.
El estruendo de los artefactos fue acallado por la atronadora respuesta de los miles allí congregados pidiendo a gritos comités de vigilancia cuadra por cuadra, y manzana por manzana. Así nacieron los Comités de Defensa de la Revolución.
Entre los que se sumaron en mi cuadra estuvimos mi esposa y yo. Pues los niños que gateaban no se consideraban aptos.
Por primera vez vencí el sueño en noches de vigilia tras la agotadora jornada laboral del día, y al siguiente, de nuevo para el curralo. Cuando se agudizaron las agresiones, los cederistas nos vestimos de milicianos:
Por primera vez tomé en fusil en mis manos y aprendí el arme y desarme preventivo; ante las catástrofes provocadas o naturales, no faltaron las donaciones de sangre.
Por primera vez sentí el orgullo de experimentar cómo mi sangre fluía por las arterias hacia un semejante más necesitado que yo. Cuando el Che exhortó al Trabajo Voluntario los fines de semana, tampoco me quedé en casa.
Por primera vez me monté en un camión para acudir masivamente junto con otros voluntarios a las labores agrícolas convocadas.
Por primera vez me vi cortando caña en medio del cañaveral, con el machete en la mano. Fui un asalariado en talleres tipográficos, y dibujante de prensa, --ambos oficios honorables--, pero, como cederista hice cosas por solidaridad que jamás había soñado.
Por primera vez me sentí parte indisoluble del pueblo. Compartir el sudor, las lágrimas o la sangre, sin otro estímulo que el deber cumplido hermana a los hombres, y…
Por primera vez no me sentí una mercancía.
Años después, en reconocimiento a estos “esfuerzos”, mi esposa y yo recibimos la Distinción Nacional como fundadores delos CDR, cuando en realidad los que estábamos en deuda éramos nosotros por la satisfacción del deber cumplido.
Los años del llamado período especial en la década de los noventa del siglo pasado, fueron traumáticos para todos. Las editoriales, y la prensa en general se vieron particularmente afectadas y solicité mi jubilación sencillamente porque no me sentía bien recibiendo un salario sin su correspondiente contrapartida.
En medio de tanta tragedia, la Coordinación Nacional de los CDR apoyada por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba , y ambas apadrinadas por sus dirigentes Juan Contino y Abel Prieto, solicitó que por mi experiencia en la especialidad, dirigiera una nueva publicación que abordara en forma amena pero crítica los más acuciantes problemas de la población. Así surgió la revista MI BARRIO, que se publicaba con frecuencia religiosa. Es decir: “Cuando Dios quiera”.
Desde el primer número (septiembre de 1996), en el que debutaron “Los Tutis” de Virgilio Martínez, se sumaron otros personajes ya populares, y temas novedosos como el secuestro del niño Elián, el fenómeno del jineterismo, las consecuencias de la doble moneda y la doble moral, la voluntad de resistir, la guapería marginal, la desidia generalizada, la aparición del flagelo del SIDA y otros males agudizados por la situación precaria del momento.
Al arribar a mis 50 Años de vida artística, en 1998 la organización de masas tuvo la delicadeza de programar en el barrio una velada artístico-cultural de homenaje, donde decenas de vecinos de la cuadra se reunieron para compartir la diversión, y la casa se me lleno de recuerdos, abrazos, y alegrías.

En estos días de septiembre y del recuento, los vecinos de MI BARRIO rendimos homenaje a aquellos que hombro con hombro nos repartimos la tarea de rescatar el género de la historieta en medio de la más profunda crisis editorial jamás sufrida por nuestro país.
Hasta septiembre de 2000 sólo se editaron ocho números, pero, los resultados valieron la pena.
Tuvimos valiosas colaboraciones del extranjero entre las que contamos con los argentinos Quino, Fontanarrosa y Langer; españoles de la talla de Vázquez de Sola, Rojas Mix, y Carlos Giménez, así como la de Will Eisner, el mítico autor norteamericano del “Spirit”.
Queremos rendir muy especial tributo a nuestros queridos ausentes-presentes, que estarán siempre en el recuerdo como los humoristas Núñez Rodríguez, Virgilio, Wilson, Betán, Muñoz Bachs, a los artistas del lente también fallecidos, Tito Álvarez y Félix Arencibia. Por último, a personalidades de la cultura, cuyas obras fueron objeto de versiones libres en las páginas de MI BARRIO. Vaya pues a Marcos Behmaras, el Indio Naborí, Onelio Jorge Cardoso, Dora Alonso, Wichy Nogueras y EL Che, nuestro eterno reconocimiento.