Este blog que nació
para mis vecinos de la calle Flores en el Cerro, para mis conciudadanos en Cuba
y para todos los vecinos del mundo que me abran sus puertas, acaba de cumplir
cuatro años, los mismos que yo tenía cuando los llamados “muñequitos
dominicales en colores” comenzaron a inocularme el virus de la historieta
inspiradas en aquellos héroes de papel, generalmente movidos por el mismo
romanticismo de un Robin Hood europeo, o un Sandokán asiático.
En un ambiente
hostil, o en una sociedad corrupta y poderosa disfrazada de democracia, hacer
justicia por su mano estaba más que
justificado; de ahí los vengadores, muchos de ellos bajo el ropaje de
Superhéroes, dotados de superpoderes, provistos de supervisión, salidos de no
sé cual lejana supergalaxia, o de qué macabro laboratorio de superfrickies.

Mas, la palabra
vengador nunca fue de mi agrado, y mucho menos esos supermachos salidos de la
mesa de dibujo como maniquíes del músculo para desfilar en la pasarela de una
sociedad de consumo. Mucho más cuando yo, por mucho que me esforzara, siempre
sería un alfeñique, según los patrones publicitarios del fisioculturista
Charles Atlas.
Aficionado al dibujo,
me inclinaba más bien por el estilo de otro artista--también
norteamericano--que manejaba la anatomía con cierta gracia y flexibilidad en
función del movimiento y el deporte, Willard Mullin por más señas. Pero eso
eran sólo aspectos formales.
Lo importante es que
en esos mismos años surgieron otros héroes de aventuras más humanos y creíbles,
quienes escondían su personalidad frente al crimen–organizado o no--tras
antifaces y guaridas subterráneas. Me refiero al Spirit de Will Eisner y
al Batman
de Bob Kane, ambos popularísimos a partir de la década de los años cuarenta del
pasado siglo, precisamente en medio de mi adolescente infancia. Hoy los que se
escudan y se enmascaran frente a los indignados a cara descubierta, no son
héroes de ficción, sino los agentes de la autoridad, del FBI, de la SWAP y
otros órganos de represión Made in USA
Tuve el privilegio de
compartir personalmente con el primero de aquellos creadores del comic Will
Eisner –ya jubilado--en el Salón del Cómic de Gijón 1995, y a partir de ahí
mantuvimos una fraternal correspondencia, hasta su fallecimiento a la edad de
83 años. De esta amistad di constancia en las páginas de la revista MI BARRIO,
y en este mismo espacio de la web.
Del enmascarado Batman,
--más o menos con las mismas características--admiraba el prototipo creado por
Bob Kane que volaba no por superpoderes sino gracias a ingeniosos artefactos,
en el ambiente medieval de esas grandes urbes semi-góticas y el oscurantismo de
no pocos villanos igualmente retorcidos a quienes debía combatir el Hombre
Murciélago.
Tuve igualmente el
privilegio de conocer a uno de los primeros colaboradores de Kane, quien nos
visitó a fines de la década de los noventa, junto con una delegación de
historietistas y caricaturistas norteamericanos, en un fracasado intento de
romper el bloqueo cultural con nuestro país.
Se trata de Jeff
Robinson con gafas —en la foto de Perfecto Romero conversando conmigo--, quien fuera
uno de los primeros dibujantes de la saga. Nos contó entonces algunas anécdotas
de aquellos tiempos como su personal orgullo de crear al personaje Robin, --el eterno compañero de Batman—nombre
derivado de su propio apellido Robinson. Y más curioso aún: Que visitó a
nuestro país mucho antes en un viaje de placer a principio de los años 40,
plasmando la imagen de ambos personajes en las paredes de una taberna sita en
los alrededores de La Habana. Había pasado 60 años y no recordaba el nombre del
establecimiento ni del lugar exacto. A mi me daba pena insistir, pues tenía
dudas de si su amnesia era consecuencia del tiempo transcurrido o de los tragos
ingeridos.
Robinson coincidió
conmigo en que el comic y el humorismo fue utilizado como propaganda bélica, enfrentando
a Superhéroes contra Supervillanos durante la Segunda Guerra Mundial.
Todos estos recuerdos
de mis personajes de historietas y de sus autores, me vinieron a la mente el
pasado 20 de julio, cuando un enajenado antihéroe de 24 años—yanqui por más
señas—irrumpió fuertemente armado en el estreno de la última película de Batman,. segando la vida de doce espectadores—desconocemos cuantos niños
inocentes fueron también sus víctimas.
Lo cierto es la
filosofía de la violencia que lo movió a tal hazaña: Y termino con las palabras
puestas en boca del asesino en el amplio relato de los hechos publicado por
Frei Betto bajo el título de “!Yo, el comodín, vencí a Batman! en
la edición del viernes 3 de agosto en el diario granma, y cito:
“…Vivo en un país
libre en el que se pueden adquirir armas como quien compra pan en la esquina.
No tuve la menor dificultad para obtener dos revólveres Glock, calibre 40, una
carabina Remington 870, un fusil Smith and Wesson AR-15; y además, 16 mil balas
compradas por Internet. (…) Las doce personas
que exterminé en el cine Aurora no fueron suficientes para saciar mi
hambre de placer. Pero estoy seguro de una cosa: Aquella noche desafié y vencí
a Batman…”
Con esta muestra creo
que basta. La extensión del trabajo me impide publicarlo íntegramente, y el
nombre de ese monstruo típico de nuestros tiempos, me lo reservo por respeto a
las víctimas y sobre todo porque esos engendros de las catacumbas parecen estar
movidos sólo por la publicidad y el protagonismo sensacionalista de salir en
primera plana… ¡Conmigo se jodió!
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