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13 nov. 2008

¡MIAU...MIAU...MIAU...MIAU...MIAU...MIAU!

En ediciones pasadas publicamos un trabajo crítico titulado ”Perro que ladra, muerde” esperando que alguien mordiera el anzuelo y repudiara nuestra opinión pues para la mayoría, el perro es el mejor amigo del hombre, aunque algunos prefieran quemarse con el dinero.
Sorprendentemente las opiniones fueron de elogio, y no pocos defendieron al gato sobre el perro en lo que a convivencia social se refiere.
Este antagonismo aflora en la fábula de Dora Alonso titulada "¿Por qué los perros y los gatos riñen?" así como la ternura que Teresita Fernández desplegó en la canción infantil que arrulló a tres generaciones de cubanos ”El gatico Vinagrito”.
El intento se ha visto reforzado por la reciente publicación de ´´Un libro con muchos gatos”, antología de poemas, cuentos, décimas, adivinanzas y otros trabajos, recopilado con las uñas por el colega Enrique Pérez Díaz; mientras Miguel Barnet escribía sus poesías “Con pies de gato” y el ministro Abel Prieto describía la parábola de ´´El vuelo del gato”, por poner sólo algunos ejemplos.
En los últimos años, ´´El capitán Plín´´ de Jorge Oliver se ha puesto las botas en la pantalla del televisor, heredadas de las usadas por el clásico gato de Charles Perrault.
Con estos antecedentes criollos bastaría para ratificar su permanencia en el arte, la literatura, y en las preferencias del público, pero recordemos que, mucho antes de que se produjera el primer ladrido sobre la Tierra, ya el gato salvaje africano era domesticado en el Antiguo Egipto para combatir una de las más de siete plagas que aparecen descritas en la Biblia: la de los ratones.
Sus dotes de cazador nato lo convirtieron en objeto de veneración, a tal punto que la diosa Bastet era representada con cabeza de gato y cuerpo de doncella, un canon de belleza bastante postmodernista. En su honor se sacrificaban los mininos durante las bacanales en los puti-show de entonces. El historiador Herodoto, cuenta que en los alrededores de la ciudad de Bastet aparecieron cientos de miles de esos esqueleticos gatunos como constancia del fetecún faraónico..
Los romanos, como siempre, en su delirio imperial de expansión introdujeron a Micifuz en Roma y de ahí a todos sus dominios extraterritoriales.
Por tanto, las cualidades del (felis catus), no confundir con (El gato Félix´) se descubrieron bien temprano. Hoy por ejemplo se puede o no tener un gato en casa, pero no puede faltar en el maletero del automóvil. El bebito antes de caminar, gatea. Y para salir del país, en el aeropuerto hay que pasar por la gatera, y cuidándose siempre de los amantes del gatillo alegre.
Los yanquis inventaron el (hot dog) o perro caliente como traducción literal, pero que no es perro y a veces lo sirven frío. Comida chatarra según los españoles, pero la carne de felino es más exquisita, a tal punto que debe ponerse mucho cuidado, no vaya a ser que en la cocina haya gato encerrado y nos den gato por liebre.
Parece que la noticia, digna de una receta del programa televisivo ¨Con sabor¨ se extendió durante el periodo especial y hoy apenas se encuentra un gato en nuestras calles, sobre todo en horas de la noche, mientras los perros callejeros se apoderaron del barrio y sus aceras, del silencio y del sueño ajeno.
Otra gran diferencia: Los canes hacen el amor a cualquier hora del día o de la noche y no les importa ni siquiera si hay niños presentes. Su desparpajo es tal que aún después del acto carnal siguen trabados para que el curioso que llegó tarde no se pierda el espectáculo.
El morrongo, mucho más discreto, escoge la luz de la luna y aún así se oculta bajo la sombra de los autos parqueados en la cuadra para que no lo vean con la lengua afuera; momento en que expresa su éxtasis de amor en una sinfonía de maullidos para que sepamos que está ´´en eso´´.
Tal vez el único punto que se anota el perro es su buen olfato y la ayuda que representa para la policía en estos y otros represivos menesteres, mientras el gato por sus propias habilidades felinas lo emparientan con el ladrón, o el delincuente en general.
En mi reciente visita al norte de España conocí a Fina y Charo, dos luceros que guiaron mi breve recorrido por hermosos paisajes gallegos y ambas, fanáticas de estos felinos de peluche.
Así describen ellas al gato:
Es silencioso. No ladra, sino ronronea.
Es rabiquieto, mientras el otro tiene un abanico en la cola.
Es higiénico. Se baña con la lengua, que nunca la tiene al aire.
Come pescado y es útil en casa porque caza ratón.
No se babea como los niños ni como el zangaletón de Campeón.
No muerde. Araña con sus uñas, pero sólo cuando lo molestan,
No se enferma de rabia. Da rabia que el otro sea tan rabioso.
Es sagaz, taimado, orgulloso, pícaro, inteligente, hábil y orgulloso:
Todas ellas cualidades humanas.
El otro es sumiso, escandaloso, hipócrita, extrovertido, y sucio.
Lamentablemente, también cualidades nuestras.
Hace sus necesidades en el lugar y momento equivocado.
Princesa va al patio, no es sata y tapa la caca con su pata.
A Mota hay que sacarle las pulgas y bañarlo a la fuerza con jabón.
Las pulgas los prefieren rubios.
Frecuentemente en el barrio se casan lidias de perros de pelea.
Estoy por ver una pelea de gatos organizada con fines de lucro.

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