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9 sept. 2015

LA LINEA DEFINITORIA (20) LOS TRES GRANDES



Como hemos visto en el encabezamiento hemos llegado al capítulo 20 del análisis que sobre la línea, desde el punto de vista gráfico-humorístico, veníamos haciendo a partir del año pasado, llegando a la conclusión de hacer un paréntesis para reponer fuerzas.
En cuanto a los llamados Tres grandes debemos tener en cuenta que el libro “La Caricatura Contemporánea” objeto de análisis en estos trabajos fue terminado en el mes de octubre de 1916 en La Habana por el crítico de arte Bernardo González Barros. Tal vez para algunos jóvenes resulten obsoletos esos calificativos. De ninguna manera: Parto de los criterios defendidos por su autor en el capítulo final donde se refiere a los tres grandes cubanos de la época. Que él cataloga como “Los modernos” refiriéndose a Rafael Blanco, Conrado w. Massaguer y Jaime Valls.
Si notaron que subrayáramos la palabra cubanos se debe a que el último de ellos—Valls--en realidad nació en Barcelona, pero desarrolló su obra en nuestro país hasta su último aliento.
En el capítulo anterior habíamos tocado el tema del éxodo español hacia nuestro continente que se produjo tras la debacle de la Guerra Civil de 1936 y la persecución franquista a lo mejor de su intelectualidad, incluyendo a los humoristas. Pero en el caso de Valls no fue precisamente así, pues arribó con su familia a Cuba mucho antes.
De los dos primeros –Rafael Blanco y Conrado W. Massaguer ya hemos escrito en trabajos anteriores “Blanco el bueno y Blanco el malo” (23/8/10) y “El dibujo más grande” (26/2/209). Pero de Jaime Valls no, aunque esté más que convencido de su vigencia, por tanto ahora comparto la opinión de quien, con mucha mayor autoridad, también ha defendido estos postulados: El Dr. Jorge R. Bermúdez, Director de la Cátedra de Gráfica “Conrado Massaguer” de la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Habana.
Precisamente los datos biográficos que presentamos ahora fueron tomados de las palabras al catálogo de la exposición sobre “Jaime Valls” que la Sala Transitoria del Palacio de los Capitanes Generales presentó en el mes de junio del 2001 en La Habana:
Según el estimado colega, Jaime Valls y Díaz nace en Barcelona, Ciudad Condal, el 21 de febrero de 1888. Estudia pintura y escultura identificándose con los postulados estéticos del Renacimiento Catalán (Modernismo).
A principios del siglo XX viaja a la Habana en compañía de sus padres y se queda a vivir definitivamente en Cuba. Es así que el editor y hombre de negocios José López Rodríguez lo contrata como ilustrador de los libros de textos que serian destinados a las escuelas públicas cubanas. Su trabajo para la revista EL FIGARO lo reafirma en su nueva vocación.
Pero la vida artística de Valls se divide en antes y después de su viaje a París en 1927. La primera etapa se caracteriza por su trabajo como ilustrador comercial y publicitario en las mejores revistas y periódicos capitalinos, para los cuales hizo también caricaturas y carteles. La segunda con la consecución de algunas de las interpretaciones más notables del tema afrocubano en la plástica de la llamada vanguardia del 27.
Entre sus características sobresalen la fantasía, sensualidad, y la espontaneidad, en correspondencia con tendencias en boga como el art nouveau y el art decó. En estos códigos la vanguardia gráfica se conjugó con la arquitectura habanera de la época. Valls le enseñó a los comerciantes y hombres de negocias de inicios de la República una nueva forma al hacer uso de la capacidad de persuasión del arte como reclamo publicitario.
Fue el tipo femenino--solo o acompañado--el que de su mano adquirió protagonismo ante cualquier situación anecdótica o costumbrista en la que siempre el hombre tenía una función de “partenaire”. La solidez de la composición y una rigurosa economía lineal, basada en un dibujo más o menos
sensual, completaban el paisaje. Las jóvenes de Valls prefiguran a las mulatas habaneras de García Cabrera o a las pepillitas de los clubes náuticos tan afines a Massaguer, en su condición de iniciadoras del canon femenino publicitario en Cuba.
Pero ellas siempre escapaban de la vulgaridad--¿la causa?--su sabia selección de las imágenes y la situación donde se insertaban. El no expresa la realidad tal como es, sino tal como quiera que sea. Y entre otras cosas la quiere bella, y elegante, al gusto de la época. y de ahí también, los reclamos a su arte por parte de los mejores periódicos y comercios de la capital.
Será fiel a esta estética hasta finales de los años 20. Su inclusión en el Grupo Minorista desde 1924, evidencia una inquietud espiritual y social que tiene mucho que ver con su condición de artista y que llega a su clímax  en 1927, año clave para la cultura cubana del periodo republicano y también para Valls. En mayo de ese año se suscribe la Declaración del Minorismo y él participa en la Exposición de Arte Nuevo.
Además viaja a París en compañía del también gráfico y pintor Eduardo Abela, pero en breve regresa pues, cuatro meses le resultan ya suficientes para conocer el arte nuevo.
Su inquietud aumenta; intenta renovar una vez más pero sus ilustraciones de carácter comercial y publicitario no coinciden ahora con el gusto dominante. Las vanguardias no se avienen con esa visión amable de la realidad que reclaman los anuncios y que él, en buena medida, contribuyó a imponer.
Finalmente pinta… Comprende que la obra única no necesita de intermediarios. Nacen así sus primeras representaciones pictóricas de contenido social, preferentemente las relacionadas con las expresiones musicales del componente negro en la sociedad cubana.
Rumberas y músicos son plasmados por él una y otra vez sobre cartón donde la síntesis en el trazo y la monocromía reflejan el movimiento del cuerpo de la mujer negra en una rumba que solo tiene paralelo en nuestra cultura con la poesía de Nicolás Guillén.
Su condición primera de escultor se pone de manifiesto en esos bocetos. Las obras de gran formato las presenta como dibujos-secuencias de una danza indivisible. Las Tres Gracias de la Rumba bien pudo haber sido el título de esos trabajos.
Hacia 1941 Jaime Valls se enferma. No podrá coger más un lápiz el resto de su vida. El 31 de octubre de 1955 fallece en su casa de La Loma del Chaple, en la barriada habanera de la Víbora.
Admito que de estas propuestas apenas se hablara posteriormente en las esferas de la crítica artística a pesar de la enorme importancia que adquirió su obra en la vanguardia y en el desarrollo actual de las artes aplicadas, tan evidentes en las nuevas tecnologías del diseño, la publicidad, la animación, y el video-arte en general.
Hago constar mi agradecimiento al colega Bermúdez por permitirme reproducir partes de sus esclarecedoras palabras.

LOS FABULOSOS IRIARTE Y SAMANIEGO



Como el gigante de las siete leguas, se nos avecinan peligros reales, entre ellos el calentamiento global o la crisis sistémica del neoliberalismo, pero aparte de los factores externos, la pérdida de valores es el peor enemigo del ser humano, pues a veces inconscientemente, la llevamos dentro.
Estas reflexiones me inclinaron al abordaje en este mismo sitio de ciertos criterios “En defensa del idioma” con fecha 25 de agosto. En el mes anterior  "En pocas palabras” habíamos alertado sobre principios similares cuando poníamos como ejemplo los “Aforismos” de Don Pepe.
Tal vez esto se deba a la formación educacional que habíamos recibido en la niñez, según la prédica del maestro Raúl Ferrer cuando afirmaba…”Lo que se aprende jugando no se olvida nunca…” Es decir: lo breve, lo ameno, es por lo general más efectivo que lo doctoral y retórico, por lo menos en las edades tempranas.
Teníamos pensado volver sobre el asunto el próximo 12 de octubre--no para rememorar la hazaña de Don Cristóbal Colón en 1492--sino el 220º. Aniversario del fabuloso escritor vasco Félix María de Samaniego, (12-10-1745) quien por llevar tal vez una vida algo licenciosa, con solo 56 años de edad, pagó por sus excesos al sentirse gravemente enfermo y morir el 1 de agosto de 1801.
Había dispuesto como última voluntad ser sepultado en la capilla familiar de la iglesia de San Juan de Laguardia en el País Vasco, pero que no se consignara nombre, fecha ni epitafio.
La palabra fabuloso no está subrayada por gusto, sino porque tal vez haya sido el más original y modesto de los clásicos en la literatura española al revelarle a un colega:“…No he sido general que haya ganado batallas, ni estadista que haya arreglado los asuntos de mi patria, ni literato que haya dado nombradía. Mi vida vale bien poco…”
Me veo por tanto obligado a subrayar en todas sus partes el artículo de fondo de la compañera Graziella Pogolotti en la edición dominical de JUVENTUD REBELDE el pasado 30 de agosto titulado “Fábulas para un verano tórrido”, en homenaje a otro grande del género, el francés Jean de la Fontaine, y sus alegorías sobre la astucia frente a la ingenuidad en “El lobo y el cordero” o en “La zorra y el cuervo”, donde la perfidia logra vencer a la vanidad.
Se sabe que desde tiempos de Esopo en la Antigua Grecia y aún antes existían textos breves donde el relato, el diálogo, la descripción y la ética se unían para dar una imagen mucho más profunda y exacta del mensaje que se quería dar. Y según el propio La Fontaine, estos elementos integran la obra apologética: La fábula es su cuerpo y la moraleja su alma.
Lamentablemente en los tiempos actuales no se tienen en cuenta estos factores pedagógicos en aras de nuevas propuestas: La espectacularidad, el catastrofismo, la violencia y otros efectos especiales de un mundo cada vez más “Rápido y furioso”Por cierto, ya va por la séptima parte--.
Pero volvamos a nuestro querido Samaniego quien confesara haber bebido de Esopo, Fedro y La Fontaine para lograr sus apólogos más conocidos como La Serpiente y la Lima, La Zorra y el busto, El camello y la pulga, El lobo y la cigüeña, La cigarra y la hormiga o El cuervo y el zorro, El viejo y la muerte, entre otras muchas parejas del Reino Animal.
Antes de divulgar el primer volumen de sus Fabulas, Samaniego las había sometido al examen de un experto fabulista –español por más señas--Don Tomás de Iriarte, quien no escatimó alabanzas, a lo que el aludido en reconocimiento le dedicó al crítico su libro tercero. Pero hay amores que matan y Don Tomás no le perdonó nunca a Félix María que en dicha edición el joven vasco osara adjudicarse el título de: “…Primer fabulista en verso castellano…” con lo que la moraleja de la autoestima quedaba sobrentendida.
A partir de entonces entre ambos escritores y sus respectivos partidarios surgió la más enconada guerra de puyas enmascaradas entre sus respectivos personajes de ficción y no menos efectivos sermones, a tal punto que en una de sus burlas Samaniego aseguraba lo siguiente:
“Tus obas, Tomás, no son
ni buscadas ni aún leídas,
ni tendrán estimación,
aunque sean prohibidas
por la Santa Inquisición…”
Podrán imaginarse el efecto de tal acusación en tiempos del Santo Oficio—fines del siglo XVIII—así como ciertas sospechas que se tenía de librepensador al comulgar con las ideas de Rousseau y la Revolución francesa, dando por resultado que se la abriera al vasco más de un expediente por las autoridades de la Metrópoli y solo la intervención personal del Inquisidor general Manuel Abad, logró cerrar el caso en el tribunal de Logroño.
A todo ello agréguesele la fama que había adquirido ya Samaniego con sus andanzas cortesanas y fama de libertino, lo que quedó demostrado con la recopilación manuscrita de las 68 historias eróticas con que entretuviera a sus amistades y que se editaran en España bajo el título de “El jardín de Venus”, pero a cincuenta y un años de su muerte.
He aquí un fragmento de esa poética y picaresca aventura de antaño—bastante pálida en los días que corren—pero eficaz en sus tiempos y con ella ponemos punto final a esta fabulosa historia de Blas y Lorenza:

“A la aurora en el corral
se encontraron en camisa.
El encuentro fue casual;
cubrióse ella a toda prisa
la cosa con el pañal”.

“Turbado Blas desde luego
se remanga el camisón
y de vergüenza hecho un fuego
tápase con el faldón
y como ella queda ciego”.

“Al huir tropieza Blas
con la cuitada Lorenza
y…¡válgate Barrabás!
Yo también tengo vergüenza;
no me atrevo a contar más…”