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9 sept. 2015

LOS FABULOSOS IRIARTE Y SAMANIEGO



Como el gigante de las siete leguas, se nos avecinan peligros reales, entre ellos el calentamiento global o la crisis sistémica del neoliberalismo, pero aparte de los factores externos, la pérdida de valores es el peor enemigo del ser humano, pues a veces inconscientemente, la llevamos dentro.
Estas reflexiones me inclinaron al abordaje en este mismo sitio de ciertos criterios “En defensa del idioma” con fecha 25 de agosto. En el mes anterior  "En pocas palabras” habíamos alertado sobre principios similares cuando poníamos como ejemplo los “Aforismos” de Don Pepe.
Tal vez esto se deba a la formación educacional que habíamos recibido en la niñez, según la prédica del maestro Raúl Ferrer cuando afirmaba…”Lo que se aprende jugando no se olvida nunca…” Es decir: lo breve, lo ameno, es por lo general más efectivo que lo doctoral y retórico, por lo menos en las edades tempranas.
Teníamos pensado volver sobre el asunto el próximo 12 de octubre--no para rememorar la hazaña de Don Cristóbal Colón en 1492--sino el 220º. Aniversario del fabuloso escritor vasco Félix María de Samaniego, (12-10-1745) quien por llevar tal vez una vida algo licenciosa, con solo 56 años de edad, pagó por sus excesos al sentirse gravemente enfermo y morir el 1 de agosto de 1801.
Había dispuesto como última voluntad ser sepultado en la capilla familiar de la iglesia de San Juan de Laguardia en el País Vasco, pero que no se consignara nombre, fecha ni epitafio.
La palabra fabuloso no está subrayada por gusto, sino porque tal vez haya sido el más original y modesto de los clásicos en la literatura española al revelarle a un colega:“…No he sido general que haya ganado batallas, ni estadista que haya arreglado los asuntos de mi patria, ni literato que haya dado nombradía. Mi vida vale bien poco…”
Me veo por tanto obligado a subrayar en todas sus partes el artículo de fondo de la compañera Graziella Pogolotti en la edición dominical de JUVENTUD REBELDE el pasado 30 de agosto titulado “Fábulas para un verano tórrido”, en homenaje a otro grande del género, el francés Jean de la Fontaine, y sus alegorías sobre la astucia frente a la ingenuidad en “El lobo y el cordero” o en “La zorra y el cuervo”, donde la perfidia logra vencer a la vanidad.
Se sabe que desde tiempos de Esopo en la Antigua Grecia y aún antes existían textos breves donde el relato, el diálogo, la descripción y la ética se unían para dar una imagen mucho más profunda y exacta del mensaje que se quería dar. Y según el propio La Fontaine, estos elementos integran la obra apologética: La fábula es su cuerpo y la moraleja su alma.
Lamentablemente en los tiempos actuales no se tienen en cuenta estos factores pedagógicos en aras de nuevas propuestas: La espectacularidad, el catastrofismo, la violencia y otros efectos especiales de un mundo cada vez más “Rápido y furioso”Por cierto, ya va por la séptima parte--.
Pero volvamos a nuestro querido Samaniego quien confesara haber bebido de Esopo, Fedro y La Fontaine para lograr sus apólogos más conocidos como La Serpiente y la Lima, La Zorra y el busto, El camello y la pulga, El lobo y la cigüeña, La cigarra y la hormiga o El cuervo y el zorro, El viejo y la muerte, entre otras muchas parejas del Reino Animal.
Antes de divulgar el primer volumen de sus Fabulas, Samaniego las había sometido al examen de un experto fabulista –español por más señas--Don Tomás de Iriarte, quien no escatimó alabanzas, a lo que el aludido en reconocimiento le dedicó al crítico su libro tercero. Pero hay amores que matan y Don Tomás no le perdonó nunca a Félix María que en dicha edición el joven vasco osara adjudicarse el título de: “…Primer fabulista en verso castellano…” con lo que la moraleja de la autoestima quedaba sobrentendida.
A partir de entonces entre ambos escritores y sus respectivos partidarios surgió la más enconada guerra de puyas enmascaradas entre sus respectivos personajes de ficción y no menos efectivos sermones, a tal punto que en una de sus burlas Samaniego aseguraba lo siguiente:
“Tus obas, Tomás, no son
ni buscadas ni aún leídas,
ni tendrán estimación,
aunque sean prohibidas
por la Santa Inquisición…”
Podrán imaginarse el efecto de tal acusación en tiempos del Santo Oficio—fines del siglo XVIII—así como ciertas sospechas que se tenía de librepensador al comulgar con las ideas de Rousseau y la Revolución francesa, dando por resultado que se la abriera al vasco más de un expediente por las autoridades de la Metrópoli y solo la intervención personal del Inquisidor general Manuel Abad, logró cerrar el caso en el tribunal de Logroño.
A todo ello agréguesele la fama que había adquirido ya Samaniego con sus andanzas cortesanas y fama de libertino, lo que quedó demostrado con la recopilación manuscrita de las 68 historias eróticas con que entretuviera a sus amistades y que se editaran en España bajo el título de “El jardín de Venus”, pero a cincuenta y un años de su muerte.
He aquí un fragmento de esa poética y picaresca aventura de antaño—bastante pálida en los días que corren—pero eficaz en sus tiempos y con ella ponemos punto final a esta fabulosa historia de Blas y Lorenza:

“A la aurora en el corral
se encontraron en camisa.
El encuentro fue casual;
cubrióse ella a toda prisa
la cosa con el pañal”.

“Turbado Blas desde luego
se remanga el camisón
y de vergüenza hecho un fuego
tápase con el faldón
y como ella queda ciego”.

“Al huir tropieza Blas
con la cuitada Lorenza
y…¡válgate Barrabás!
Yo también tengo vergüenza;
no me atrevo a contar más…”

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