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26 may. 2016

¿RÁPIDO Y FURIOSO?


A quienes me acompañen en este viaje marcha atrás, deseo aclararles que ningún tiempo pasado fue mejor; a lo sumo--distinto y diferente--por lo tanto pudiéramos catalogarlo como lento y ruidoso o pánfilo y amoroso, pues nos referiremos al venerable tranvía.
El Dios Cronos es indivisible, sin embargo somos esclavos de las ciencias y para estudiar la Historia hubo que subdividirla, por ejemplo: Antigua, Media, Moderna, Contemporánea, y la actual, también Rápida y Furiosa.
Yo no tengo historia sino histeria y algún día se las contaré para que se diviertan.
Nací en tiempos del Machadato, es decir durante las vacas flacas para hacendados y ganaderos; al resto--solo nos tocaba harina con boniato--pero prefiero definirla como la Edad del Adoquín.
Me explico: Si la familia es la célula básica de la sociedad y nosotros seres sociales; el barrio sería el segundo paso en la escala social. De ahí que mi padre—emigrante asturiano--igual que el de Teresita Fernández y Liuba María Hevia, siempre recordaba con morriña a su terruño y era activista de sociedades de beneficencia y recreo como el Centro Asturiano de La Habana.
Pero por entonces existían otras muchas sociedades de negocios ya fuesen anónimas, limitadas, en comanditas o secretas, pero lucrativas por lo general. Contemos además el socio individual—ese del barrio—que no está en ná y que derivó en el actual acere.
¿Por qué entonces la definición de la edad del adoquín? Muy sencillo: Toda mi niñez transitó en Luyanó--área de un barrio obrero del actual municipio de 10 de Octubre--comprendido entre las adoquinadas calzadas de Luyanó—al sur—y la de Concha—al norte-. El resto era nuestro “casco histórico intramuros” con calles de tierra donde algunos adultos fumaban “Regalías el Cuño” o “Competidora Gaditana” y otros—los menos—mariguana, de noche y a escondidas.
Sin embargo los niños, correteábamos alegremente y jugábamos pelota o balompié sin peligro alguno entre acera y acera a excepción de ambas calzadas señaladas al principio. Lo más que podía circular por aquel primitivo entorno era el carretón del carbonero o el mensajero de botica en su inseparable bicicleta. Pero siempre en horario extracurricular, pues para recordárnoslo estaba el policía de a pie, ése de tolete en ristre y enemigo jurado del pitén de pelota durante el horario de clases.
Singular personaje dicho “agente de la austeridad” quien vivía de la picada, pues era recompensado por el bodeguero de la esquina con su “fuma” del día, o por el inquilino de la mesa de apuntaciones con teléfono incluído--el bolitero—quien le apuntaba al gendarme su  numerito de la suerte completamente gratis. Claro, más privilegiados eran  los policías del Barrio de Colón que “se ponían las polainas” con los aportes prostibularios.
A la era del adoquín en mi barrio siguió la edad del chapapote, con la pavimentación de calles transversales como Villanueva, donde pasaba la ruta 7; o Fábrica, recorrido de la 8.
Pero esta vez no se trataba de tranvías sobre rieles; sino guaguas de palo que respondían al epíteto ”Cooperativa de Ómnibus Aliados”, tal vez influenciada por aquella Guerra Mundial, donde los aliados vencieron a los nazis.
Muchos de esos transportes colectivos y por lo general abarrotados cubrían sus rutas por una ciudad inflacionaria que se iba convirtiendo en “la capital de todos los cubanos” que Formell le puso música, con sus ventajas y sus nuevos barrios--más populosos que marginales—. Pero eso corresponde a una etapa posterior, sigamos pues con las calzadas de mi niñez.
Recuerdo que la ruta del tranvía L-1 (Luyanó Malecón) bajaba por la adoquinada rúa homónima en sus 9 puntos—máxima velocidad registrada entre rieles hasta entonces--con el natural estruendo en noches apacibles, o el engorro de soltar uno de sus dos troles en el intento.
Este accidente ofrecía un nuevo espectáculo totalmente gratuito a los pasajeros pues el conductor--con toda la puntería de un prestidigitador o un arquero--debía colocar el troll en su lugar original ante el aplauso de los viajeros-espectadores y recibía entonces el aplauso colectivo para continuar el recorrido.
El verdadero enemigo del tranvía siempre fue el apagón—resultando petrificado tanto de día como de noche.
Sin embargo, una de sus virtudes era ser el embajador del amor sobre ruedas: Si viajar en guagua –y posteriormente en camello—resultaba una tortura. El tranvía significaba todo lo contrario pues, nadie estaba apurado y era mucho más fresco y confortable que el resto de la transportación colectiva de entonces.
Por tanto, invitar a un paseo en tranvía en una noche estrellada a la dama preferida, era prácticamente una declaración de amor, y si la súplica era correspondida, casi seguro correspondía al sí definitivo.
Debemos aclarar que la desaparición del adoquinado callejero surge mucho antes que la del tranvía, producto no sólo de las nuevas tecnologías, sino también de la protesta popular de los años treinta ante la corrupción, el despotismo y la represión armada del gobierno, que dieron lugar a las famosas “tánganas” callejeras de los estudiantes y del pueblo con la utilización de los adoquines como efectiva arma de defensa.
Aproximadamente veinte años más tarde, el pueblo salió de nuevo a las calles —ya desadoquinadas— para repudiar ciertas desvergüenzas del gobierno auténtico de Prío Socarrás, al descubrirse el fraudulento negocio que se ocultaba tras la sustitución de los tranvías por ómnibus de combustión interna, popularmente conocidos como “enfermeras” debido al color de su carrocería.
La dictadura de Batista heredó los beneficios de dicha superchería, entre otras desvergüenzas de la pseudo-república bananera al uso, pero ya la consigna “Vergüenza contra dinero” de Chibás había tomado cuerpo en la Generación del Centenario y el próximo combate no se limitaría a luchar solo con adoquines en las calles de la capital, sino en todo el territorio nacional y con las armas de combate en manos del pueblo.
Sean pues en estos días de robótica, con teléfonos inteligentes y espectáculos disfrutados en tiempo real y 3-D, o de ese paladar donde se sirvan platos a la carta tanto por robots como por androides rápidos y furiosos, y que nos recuerden a ese venerable Luyanó-Malecón–tal vez un poco lento y ruidoso--pero mucho más sereno y placentero que los antiguos automóviles y los actuales autómatas.

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