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14 jul. 2012

JUANÍN Y BEDOYA

Durante la Semana Negra de Gijón, en julio de 2008, fui invitado por su director, el mexicano-cubano-asturiano Paco Ignacio Taibo II, a presentar una pequeña muestra de mi tira “!Ay, vecino!”, en una de las improvisadas carpas de la playa-balneario en dicha ciudad asturiana, y allí por primera vez oí de las hazañas de Juanín y Bedoya, populares personajes en la región norteña de los Picos de Europa.
Pocos días después manos amigas me invitaron a visitar la Cueva del “Soplao”, una maravilla geográfica de Cantabria, y de nuevo –esta vez con más insistencia—me sorprendió la vigencia de tales narraciones, incluso aún se recuerda allá el disco  “La Leyenda de Juan Bedoya”, un corrido que llegó de México en las voces de “Los Alegres de Tirán”, que ganó gran popularidad en la radio de los años 60 en toda aquella zona montañesa.
La fantasía era tal que en dicha pieza musical se lograba la integración de ambos héroes, pues en realidad eran dos los protagonistas:  Juan Fernández Ayala (Juanín)  muerto en el valle de Vega de Liébano, en la Semana Santa de 1957 y Francisco Bedoya, ocho meses después en Castro de Urdiales.
En el lugar de los hechos, mi curiosidad aumentó y llegaron a mis manos  dos  libros “Juanín (El último emboscado de la postguerra española)” del autor Pedro Álvarez, y “Los que se echaron al monte” de Isidro Cícero.
Este último comienza así la narración: “…El día que mataron a Juanín, ese miércoles 24 de abril de 1957. Dos días antes, como todos los lunes del año había sido mercado en Potes, el correspondiente al lunes de Pascua…”
A partir de esos datos se teje la increíble aventura de un grupo de alzados que venciendo la tragedia moral y el fracaso de la guerra civil española, se lanzaron durante años a una desigual resistencia al franquismo, partiendo del apoyo popular, y a veces de la extorsión a los poderosos para mantener viva la llama redentora.
Eran pequeños grupos armados, miembros de la “Brigada Machado” formados por militantes del PSOE y del PCE. Su característica fue la astucia demostrada frente a un enemigo muy superior, la extensión del  conflicto por largo tiempo en condiciones desiguales, y la heroicidad de los combates que rebasaron los  detalles de la anécdota para convertirse en leyenda viva.
Para mi resultaba muy curioso que estos últimos emboscados de la guerrilla anti-franquista durante el transcurso de toda la Segunda Guerra Mundial, coincidieran al final con los primeros alzados cubanos de la Generación del Centenario, que tras cruenta lucha urbana, persecuciones y exilio, lograron arribar a las costas cubanas y organizar la lucha armada en la Sierra Maestra.
He aquí textualmente parte de lo que describe dicho libro:
“…Son las diez de la mañana del lunes 2 de diciembre de 1957. El último emboscado de la posguerra cantábrica es arrastrado hasta la carretera… Ya hay allí muchos curiosos esperando... Todo el mundo comenta la corpulencia de Bedoya, el mozo de Serdio... La hazaña de haber trepado la roca viva, con toda la muerte a cuestas---había aguantado ocho horas con sus heridas fatales; llevaba cinco balas incrustadas en el vientre--lo que nos ha dicho el forense que le hizo la autopsia…” 
Este trágico acontecimiento de los desfiladeros de Islares en los Picos de Europa, ocurre cuando ya las tropas rebeldes cubanas han tomado la iniciativa y han parado en seco la rimbombante  Ofensiva de Invierno, donde brilló el Che para desbaratar los planes con los cuales el régimen de Batista se ufanaba en predecir el fin de la guerrilla.
En circunstancias similares había sido asesinado ocho meses antes su compañero Juanín. Pero ahí no terminan las curiosidades. Tal vez hayamos pasado por alto otros detalles. En el libro de “Juanín, el último emboscado…”, cuya portada refleja una imagen de la comarca  Levaniega, y la villa de Potes, lugar que da origen a la leyenda. Concluímos con estas dos fotos del libro:

En la primera: La casa  de la Plazuela del Llano, en Potes, donde nació Juan Fernández Ayala (Juanín), el 23 de noviembre de 1917, y en la segunda: La única foto que pudo burlar la vigilancia de sus asesinos, tomada subrepticiamente el 24 de abril de 1957, en el cementerio de Potes por un lebaniego que la ocultó durante años.
Sin embargo, quisiera destacar en la obra, un capítulo singular; que se refiere al indiano de Piedras Luengas, y comienza de esta manera:
“…Don Benigno Ferreiro, que contaba con 57 años de edad, era soltero y había nacido en Vivero, villa costera de la provincia de Lugo, de donde en su juventud había salido para Cuba, y al cabo de los tiempos estableció un negocio junto con sus hermanos en la calle de Muralla, labrando una brillante situación económica. Una familia cubana lo había nombrado su representante en España para que liquidara una gran herencia cuyos bienes les pertenecían y radicaban en el término municipal de la villa santanderina de Reinosa. Allí se dirigió el 16 de julio de 1954 en compañía del abogado Martínez de Diego, alojándose en el Hotel Balenciaga.…”
Un asterisco a pie de página indicaba que se trataba del artículo firmado por José Quílez Vicente para la revista BOHEMIA del 21 de noviembre de 1954. En el mismo se narra la odisea del comerciante gallego que por aquellas circunstancias imprevisibles salió de Cuba hace exactamente 58 años para no volver, víctima de las trampas que nos pone el destino.
A mis gentiles vecinos interesados en este trágico episodio, les recomiendo hurgar en los archivos de nuestras hemerotecas, pues no es éste nuestro propósito, ni el perfil del blog.

3 comentarios:

  1. Anónimo8/5/13 2:29

    Pues no llegó a tus manos el mejor de los libros publicados, el precisamente titulado Juanín y Bedoya

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  2. Para derrocar a Franco no era necesario robar a sus vecinos ni secuestrar a nadie.
    Para mí, más que "guerrilleros" simpáticos, fueron unos simples chorizos armados.
    Como el "heróico" Che, un mítico asesino de sus propios camaradas.

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  3. No tienes ni idea de quienes fueron esos, haz el favor de leer el libro y al menos te enteraras un poco aunque me parece que tu ya tienes la opinión hecha.

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