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6 jul. 2014

EL REY DE MACAGUA 8 Y OTROS DESAFÍOS

Desconozco si algún pelotero cubano o extranjero, retirado o en activo, haya podido superar la hazaña de ese fuera de serie que fue y es Osmany Urrutia, conocido como el Rey de Macagua 8. De haber nacido en Estados Unidos, tan adictos a las estadísticas, seguro le llamarían ¡Mr. 400!
Recordemos lo que dijera a mediados del pasado siglo uno de los más grandes sluggers de todos lo tiempos--el inmenso Ted Williams-- al afirmar: “Cuando apareció la slider se acabaron los bateadores de 400…”
Pero no fue así: De casta le viene al galgo, pues nacido el 29 de junio de 1976, el hijo del receptor Giraldo Urrutia y primo de Ermidelio, entre otros de su misma estirpe beisbolera, ganó cuatro títulos consecutivos de bateo en nuestra Serie Nacional, con 400 o más de average. Sin embargo ese récord Guiness jamás se le subió a la cabeza ni renunció a su modesto origen campesino, demostrándolo en la entrevista que le hiciera para GRANMA hace cinco años el colega Sigfredo Barrios.
Cuando el periodista un tanto provocativamente le preguntara cómo se llegaba a Macagua 8, municipio de Jobabo en Las Tunas, el pícaro campesino le respondió: --Muy fácil. Arranca a caminar desde el primer Macagua y cuando llegues al octavo pregunta por mí. Todo el mundo me conoce. ¡Yo soy el Rey de Macagua 8!
Su recia constitución física metía miedo cuando se paraba en home, bate al hombro en espera del bambinazo demoledor, pero no—eso no es lo mío—respondía socarrón a los incrédulos. Lo suyo era poner la bola en juego y en terreno de nadie, con lo que lo convirtió en el más peligroso bateador con hombres en bases de nuestro beisbol. Aunque también podía desaparecerla más allá de las cercas, como lo hizo en el Menlo Park de San Diego, Estados Unidos durante el partido frente a República Dominicana buscando el pase a la final del Primer Clásico, o con el bambinazo frente a Australia en la Copa Mundial de Taipei en el 2007.
En la entrevista con el colega de GRANMA, Urrutia había demostrado también la frescura y agilidad mental del hombre de campo.
Dos años más tarde, en medio de una de esas rachas ofensivas a que nos tenía acostumbrados, no permitió que la gloria se le subiera a la cabeza y decidió colgar el guante y la pelota, para dejarnos colgado en el recuerdo ese increíble récord de bateo con 300 o más de average en doce de las dieciséis temporadas en activo y nada menos que cuatro de ellas consecutivas con más de 400.
Dicen que todas las comparaciones son malas y es cierto. Tal vez el ejemplo del Rey de Macagua 8 nos sirva para analizar cuales son nuestras reales perspectivas y los defectos actuales o donde radica la grandeza del ser humano en el deporte o cualquier otra actividad.
Para ello, olvidémonos por un instante de las emociones del Mundial de Fútbol en Brasil y los goles con la brazuca para volver de nuevo al terreno de pelota aprovechando este lapsus de la Serie Nacional de Beisbol, con los ánimos más aplacados y el cerebro debidamente climatizado. Así podremos analizar mejor todos los factores en juego sin apasionamiento alguno. De seguro que ustedes mis ardientes vecinos estarán de acuerdo con estas reflexiones:
Ningún pitcher de verdad le tira la bola por la cabeza al bateador contrario que mañana pudiera ser su compañero en el equipo Cuba, si sabe además que tal exabrupto puede costarle la expulsión o poner la del gane en base. Que cada posición es clave en este juego de equipo y tan importante es un primer bate que se envase con regularidad como el jonronero que lo empuje. Que un hombre en segunda sin outs indefectiblemente está en posición anotadora y con esa ventaja si se le regala un dead ball o una base aumentará el peligro. Que si el siguiente bateador sabe tocar o batear detrás del corredor, pone a temblar al más flemático de los lanzadores. En esos momentos es cuando se debe mostrar más ecuanimidad, más flema y aplomo en la lpmita. Que el beisbol es un deporte no una guerra y si bueno es ganar, mejor es lograrlo con un juego limpio y gestos menos agresivos. Que tanto peloteros, umpires como otros protagonistas principales del espectáculo deben dar el ejemplo a la variopinta multitud que grita y desborda sus instintos salvajes desde las gradas amparados en la impunidad del gentío.
¿No será que tanto espectadores como ejecutores pequemos en exceso de protagonismo? Por eso me atreví a reproducir estos datos, aprovechando el impase beisbolero producido en nuestras esquinas calientes tras las candentes polémicas finalistas entre cocodrilos, leones y otras fieras de nuestra fiebre beisbolera en la finalísima hace solo unos meses.
En primer lugar: Está bueno ya de satanizar al umpire que cuenta solo con fracciones de segundos o del ángulo en que esté situado, para determinar el out o el quieto, la bola o el strike. En el balompié, las tarjetas rojas o amarillas se administran a empujones desde atrás, manotazos o patadas. aunque sean dudosos pero determinantes en el desarrollo de la acción.
Por el contrario, nosotros cómodamente sentados en nuestro butacón de la sala o el comentarista tras los micrófonos, contamos con la técnica de la cámara lenta y la congelación de imágenes en la TV para opinar, también a veces nos equivocamos..
El ampaya en términos generales para el vulgo fue y seguirá siendo “el malo de la película”. Pero debemos ser justos pues, de él depende en gran parte el desenvolvimiento feliz del espectáculo con sus llamadas a la cordura y acertadas decisiones.
Recordemos un trabajo similar que dedicamos el pasado año al inolvidable Amado Maestri titulado ”Hombres de negro” donde analizamos situaciones tan polémicas como estas, pero junto a la crítica necesaria aclaramos que se debía acudir al estímulo personal por lo bien hecho. Y ahora reiteramos que sería acertado instaurar el Día del Árbitro en Cuba como homenaje a ese que siempre actuó con justicia, dignidad y valentía frente a quienes quisieron imponérsele por la fuerza, la prepotencia o el engaño. ¡El gran Amado Maestri!
Ése sería un gran paso para predicar con el ejemplo a las nuevas generaciones. ¡Honor a quien honor merece!

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