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18 jun. 2015

REMEDIOS: 500 AÑOS DE PARRANDAS Y TRADICIONES



(Este trabajo, dada su temática va ilustrado con mapas y grabados antiguos.)
El 24 de junio la villa San Juan de los Remedios arriba a sus 500 años de fundada. Situada al norte de la provincia de Las Villas es famosa por las primeras fiestas parroquiales establecidas en Cuba--conocidas por Parrandas--las cuales posteriormente fueron adoptadas por otras poblaciones como Yaguajay en Sancti Spíritus y Bejucal en Artemisa.
Tradicionalmente esta celebración consiste en el mantenimiento de cierta rivalidad entre dos barrios de la ciudad; El Carmen y su símbolo el Gavilán, frente a San Salvador presidido por el Gallo. Lo interesante es que durante todo el año ambos grupos crean iniciativas tales como, pasacalles al ritmo de conga, fuegos artificiales y petardos, con vistosas carrozas, para terminar en artísticos trabajos de plaza y todo ello bajo el más estricto secreto de cada bando.
Pretendemos abordar este tema en dos versiones: Una histórica, tal vez más documentada y objetiva. Otra mucho más amena e interesante desde mi punto de vista. Veamos el por qué: A fines del siglo XIX surge con el peruano Ricardo Palma, cierta modalidad literaria consistente en escribir la historia del Perú, pero en forma novelada y que tituló “Tradiciones Peruanas”. No pocos intelectuales de la época salieron al paso de la innovación alegando que “La novela es una ficción y toda ficción es mentira…” Mientras, otros la adoptaron enriqueciéndola a tal punto que se considera el germen de lo real maravilloso en Carpentier y otros autores de Nuestra América.
Debido al limitado espacio con que contamos, ahora ofrecemos sintéticamente la versión histórica de Remedios: Según los datos obtenidos del libro “Cuba en la Mano”: En 1512 a poco de tomar posesión de la Isla de Cuba, el Adelantado Don Diego Velázquez junto a Pánfilo de Narvaéz y el Padre de las Casas, salieron los tres de exploración y un año más tarde en una zona costera al norte y centro de la Isla descubrieron una tribu de indios en un lugar cercano a la costa que llamaron Pueblo Viejo.
A fines de 1515 se establecieron en aquel lugar las primeras viviendas en el sitio perteneciente por entonces al caballero Vasco Porcallo de Figueroa, quien había contribuido igualmente al fomento de Trinidad, Sancti Spíritus, y Puerto Príncipe, hoy Camagüey. --¿No sería este 24 de junio la fecha exacta?—me pregunto yo.
Otras fuentes aclaran que sus parrandas surgen en el siglo XVI cuando el padre Francisco de Quiñones, quien por entonces oficiaba en la iglesia del pueblo, ante la ausencia de feligreses a la Misa del Gallo, ideó que los vecinos más entusiastas con pitos, latas y otros objetos ruidosos, despertaran al resto, obligándolos a acudir a la ceremonia religiosa.
San Juan de los Remedios y del Cayo—que así se llamara en sus comienzos la octava villa fundada en Cuba--iba creciendo y enriqueciéndose con el esfuerzo de sus vecinos, por tal motivo fue despertando la voraz temeridad de los corsarios y piratas que en aquellos tiempos merodeaban por cayos y litorales adyacentes.
El más astuto, temido y cruel de todos, era el francés conocido por Nau el Olonés, quien provocara con sus sanguinarios ataques cierto conflicto entre los pobladores: Unos vecinos solicitaron entonces al gobernador general trasladar el pueblo fuera de su alcance más al centro de la isla y otros empeñados en resistir y continuar en un poblado costero--tal vez debido a sus relaciones económicas producto del contrabando--. Es entonces que surge el episodio ocurrido en agosto de 1668 por dicho filibustero, cuando en una taimada operación logra capturar y pasar a cuchillo a unos 50 tripulantes de los marinos españoles que mejor provistos fueron a interceptarlos junto a Cayo Fragoso, cerca de las bocas de Antón a unas diez millas de la villa.
Este episodio fue narrado de forma tradicionista—es decir novelesca--por Don Fernando Ortiz alrededor de 1950, en la obra titulada “Una pelea cubana contra los demonios” que contó con dos versiones: Una escrita y otra cinematográfica.
Veamos otra interpretación: Es decir, cómo nos lo cuenta Álvaro de la Iglesia en sus “Tradiciones Completas” --obra en tres tomos—donde aborda el mismo asunto pero bajo el título de “Los endemoniados del Cayo” donde además destaca la interposición del clero a través del padre José González de la Cruz, cuando declaraba que quienes se oponían al traslado del pueblo al Cupey—más al sur--estaban endiablados y por tanto no podían entrar a la iglesia mientras no se sacaran los demonios del cuerpo. Estas declaraciones de la más importante autoridad eclesiástica del poblado acabaron con el poco juicio que restaba al vecindario enardecido por aquellas medidas de fuerza.
A partir de ese momento surgieron energúmenos gritando horribles blasfemias. Otros salían desnudos a las calles, los más flagelándose en público, mientras el padre González gozaba con tal reacción y no se cansaba de “santificar” cada semana a sus amados feligreses. Pero, no satisfecho aún, anunció en determinada misa que el pueblo del Cayo se hundiría si no se acataban sus órdenes, exhortando a abandonarlo o irían de cabeza al Infierno.
Esta discrepancia se vio alimentada por el fanatismo religioso de algunos clérigos también beneficiados con el Santo Oficio, las encomiendas y otros privilegios.
Como se puede suponer, las diferencias entre los pobladores, la iglesia y las propias autoridades de la Metrópoli, en aquellos tiempos no eran ni festivas ni parranderas.
A esta situación no se le pudo poner fin hasta 1690 cuando tomó posesión un nuevo Gobernador General de la Isla: Don Severino de Manzaneda, quien severa y definitivamente fijó el solicitado nuevo asentamiento en el hato de Santa Clara, hasta tanto se le concediera a éste el título de ciudad en 1843, obligando a aceptar como algo oficial lo que hasta entonces se disfrutaba sólo como una merced.
Los que se opusieron fueron severamente castigados.
Pero ahí no terminan las tradiciones contadas por Don Álvaro de la Iglesia. Pues agrega que el caso más famoso fue el de una pobre negra llamada Leonora, a quien el padre González como juez y comisario de la Inquisición en la iglesia parroquial de la villa, le exorcizó un demonio que, en boca de la posesa dijo llamarse Lucifer y que comandaba 35 legiones las cuales se habían apoderado de su cuerpo. Por su parte el vicario y máxima autoridad eclesiástica la obligaba en nombre de la cruz a renegar de Satanás.
Sin embargo, ni el poder ni las amenazas lograron reducir unánimemente a todo el vecindario del Cayo en la cuestión del traslado. Muchos de aquellos llamados energúmenos constituyeron la villa de Remedios, porque no hubo fuerza humana que ni quemándole sus casas--como ocurrió con la agresión del general Manzaneda--que les hiciera abandonar sus viviendas.
Aquellos fieles al dogma del padre José González de la Cruz se fueron con él a fundar otra nueva población llamada Villa Clara. El resto echó raíces en la villa bañada por el mar.
Podemos afirmar que aquellos primitivos habitantes de San Juan de los Remedios, no tenían remedio por tozudos: Tal vez dichos antecedentes sean las causas del fuerte arraigo en aquellas costumbres que, afortunadamente hoy se manifiestan con tanta fuerza, entusiasmo y alegría del pueblo en sus tradicionales fiestas, a cinco siglos de su fundación.
El mejor ejemplo son las propias parrandas actuales. Incluso los colegas de la publicación humorística MELAÍTO cuya redacción está situada en Santa Clara, se unirán con ese mismo entusiasmo a las festividades por estos 500 años que, tal vez en el pasado hayan sido tan trágicas como nos lo cuenta la historia, pero que hoy en día dicha rivalidad tiene la misma fuerza heredada, pero con otro matiz. Es como en la pelota: “Un gran juego entre el equipo de los gallos y los gavilanes con gradas abarrotadas para el disfrute de todos”.

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