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29 jun. 2010

GENIO Y FIGURA HASTA LA SEPUTURA.

Nacer en Trinidad, la tercera villa fundada por Don Diego Velázquez en 1512, llamarse José Hurtado de Mendoza y ser sobrino de Benito Pérez Galdós, nos hace pensar que nuestro personaje de hoy reúne toda la prosapia del más rancio abolengo proveniente de España junto con hidalgos de sangre azul, condes apócrifos, y heráldicas al mejor postor.
Nada más lejos de la verdad: Cuando le cortaron el cordón umbilical el 26 de marzo de 1885,
venía al mundo el más criollo de los cubanos, cuya hoja de ruta transitó entre la pintura, la cerámica, la escenografía, y la arquitectura; fue marino de Academia, preso político durante la dictadura de Machado, y uno de los primeros firmantes del Grupo Minorista, profesor de aviación, piloto en la segunda Guerra Mundial, antifascista declarado, fundador de las milicias tras el triunfo de la Revolución, y además de todo eso, tremendo caricaturista.
Veamos como lo describe en su juventud alguien muy cercano a él:
”Su estampa se hizo familiar en la Habana de entonces, paseaba la ciudad a grandes trancos, con trajes deportivos de impresionante factura, la pipa marinera, y a la diestra un perro de talla gigantesca. Fueron los días de la charla libérrima, del comentario a gritos, de la cordial exageración, del despilfarro vital. Y en esa cuerda, nadie cedía a Pepe Hurtado…”
Quien eso escribía en los años 20 del Grupo Minorista y la Protesta de los Trece era nada menos que Juan Marinello.

Por entonces el polifacético personaje de nuestra historia incursiona en la caricatura política con sus “Cuentos Siboneyes” que fustigaban al régimen machadista, compitiendo en “Karikato” y “La Semana” con el mítico “Bobo” de Abela. Sus dibujos humorísticos representaban a nuestros primitivos indígenas comentando una situación político-social nada precolombina y bastante explosiva. También significativa era la presencia en los dibujos de un perro –por suerte entonces eran mudos--, al que llamaban “Mabuya” (Satanás, en lengua taína).

Para la historia quedan también sus decorados de obras como
“La Rebambaramba” y “El milagro de Anaquillé”, ambas piezas musicales de Amadeo Roldán; así como “La comparsa”, mural de cerámica. Si polifacético y singular fue en vida, también original fue su última voluntad desde el lecho de enfermo: “Que me entierren vestido de miliciano”, y con el tono jocoso que jamás abandonó, enfatizó: “Para hacer mi última guardia”.
Pero no conforme con eso, otra insólita petición le hizo a su querida esposa Ivonne:
“Espero que mi tumba se vea honrada con la esfinge mía realizada por el gran David”.
Este hecho ocurrió el 21 de junio de 1971.
Ilustran este trabajo la caricatura que sirvió de modelo, y la copia a bajorrelieve que la escultora Rita Longa realizara a partir de la misma, y que se colocó en su lápida. El original se encontraba hace unos años en el museo de Regla. Desconocemos si sigue allí.
Descanse en paz, quien no lo hizo en vida.

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