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23 feb. 2011

NI DOY, NI FÍO, NI PRESTO

La bodega, es la institución más socorrida del pueblo cubano. Viene de larga data y aunque, en parte ha sido desplazada por algunos grandes supermercados. En el barrio, --ahí, a lo cortico, donde duele--, se mantiene vivita y coleando.

Mucho antes de que la orquesta “Aragón” popularizara su famoso chachachá, ya el bodeguero de verdad, ese al que nunca le veíamos las piernas, siempre tras el mostrador, era parodiado por el teatro vernáculo, el sainete criollo, y los caricaturistas de la época: Sus protagonistas eran el “gallego” bodeguero y su inseparable ayudante el “sobrín” recién llegado del terruño.

Un cartel, por lo general situado en el lugar más visible, advertía:

“Si doy, a la ruina voy.

Si fío, doy lo que no es mío.

Si presto, en cobrarlo molesto.

Y para evitar todo esto:

¡Ni doy, ni fío, ni presto!”

No recuerdo advertencia más violada que esa, sobre todo en lo referido al fiado, pues se vivía al día, sobre todo a fin de mes.

A partir de mediados del pasado siglo, las cosas se le pusieron mucho más difíciles al peninsular de la boina negra y el mostacho de manubrio, cuando comenzaron a brotar aquí y allá grandes tiendas de abastos, y supermercados, casi todos ellos de propiedad extranjera, pero con precios más bajos pues vendían al detalle pero compraban al por mayor.

Estaban hechos a la medida de la clase media y la alta burguesía, pues por lo general se ubicaban en los repartos residenciales, por entonces en las afueras del centro, y como la señora o el señorito no hacían mandados, la criada, o el chofer eran quienes cargaban la factura de la semana en el maletero del carro. Costumbre típica del American Way of Life.

Allí se ofertaban productos más atractivos y mejor presentados. También publicitados como “más baratos por docena”, así que el modesto tendero, si quería mantener al cliente se veía obligado a fiar, o correr el riesgo del perderlo en la jugada.

Los dueños de esos pequeños establecimientos, les transmitían su propia personalidad casi siempre magnificando la oferta, por eso de una vieja guía telefónica de la Ciudad de La Habana copiamos los siguientes nombres: La Primera del Pilar, La Primera de Ayestarán… de la Loma… de Marina y Condesa… de Palatino… del Río Almendares… y hasta la Primera del País. No seguimos porque llegamos a contabilizar más de cincuenta primeros lugares.

Otros más conservadores las secundaron con los siguientes títulos: La Segunda del Encanto… La Segunda de la Unión…etc., llegando a internacionalizar los puestos en orden numérico con La Segunda Sucursal de Europa o La Tercera de Compostela en alusión a Santiago Apóstol.

Si seguimos con la numeración, tendremos: Las Tres Cruces, Los Tres Feos, Los Cuatro Hermanos, el Bar Cinco Puertas, etc., pero el récord lo rompieron las bautizadas como la simple Cureña, a la que siguieron en su orden: La Primera, La Segunda, y así sucesivamente hasta La Séptima Cureña.

Apelativo éste que para las nuevas generaciones no dirá nada, pero para la época que heredamos de la colonia era algo fundamental. La cureña tenía su origen en lo militar --carros donde iban montados los cañones— y pasó a la vida civil en forma de sostén para barriles de --vino o aceite entre otros— que descansaban horizontalmente con el propósito de facilitar su extracción. Pues bien, dejemos de cureñarnos tanto y sigamos con la lista.

Algunos recurrieron a nombres originalísimos como El Barco de Colón, La Torre de Pamplona, El Conuco de Quiñones, Los Peliculeros, La Mascota, El Tratado de Almendares, y La Sonrisa de Trocadero.

Hubo quienes apelaron a la fe en la esperanza de aumentar sus ventas. Como por ejemplo: Santa Bárbara… La Vírgen de Regla… la de Loreto… de la Palma, El Corazón de Jesús, La Purísima, hasta completar una docena más de santos comerciantes.

Los innovadores también hicieron de la suya con las bodegas La Nueva Aurora, La Nueva Libertad, La Nueva China, porque aunque usted no o crea, hasta en eso los asiáticos tuvieron que vender fiado.

Se sucedían nombres refrescantes como EL Agua Fría, Las Brisas de Almendares, y las de Buenavista.

Grandes como el Bodegón de Toyo y pequeñas como La Antigua Chiquita y La Bodeguita del Medio.

Hubo quien recurrió a términos violentos y hasta belicosos: El Brazo Fuerte, El Disloque, La Choricera, La Revoltosa, El Cañón, y La Ametralladora.

Queremos destacar la influencia de la jardinería a pesar del penetrante olor a rancio que desprendían algunos productos de esas tiendas: Abundaban La Flor del Cerro, de Regla, de Cuba, de Mayo, y algunas hasta se propusieron cruzar el océano como La Flor de Navia, y la de Asturias.

Hemos dejado para el final algunos nombres más apropiados a la época y al tipo de comercio: La Complaciente, La Favorita, La Barata, La Dichosa, El Amigo del Pueblo, y El Almacén de los Pobres mucho más acordes con la situación del país y las limitaciones económicas de la inmensa mayoría de sus parroquianos.

Con las nuevas leyes que vienen aplicándose en la actualidad para ampliar la red de comercios por cuenta propia son muchos los interesados en montar sus negocios. La imaginación popular hará florecer nuevos establecimientos en un contexto mucho más competitivo y por lógica surgirán originales iniciativas para llamar la atención.

No dudamos que aquella nomenclatura variopinta de las antiguas tiendas de víveres renazca. Sólo hay un problema no semántico sino de concepto, pues si antaño “El cliente siempre tenía la razón”, aunque no siempre tuviera el dinero.

En la actualidad ese término ha desaparecido del contexto para dar paso a su contrario: “El sufrido usuario, que nunca tiene la razón, aunque tenga dinero”.

Hasta aquí una mirada a ese bodeguero mítico de mis años mozos, --como diría por entonces mi padre--. En él hay mucho de estereotipo y subjetivismo, pero que se mantiene virtualmente y casi estacionario en la memoria.

En los momentos en que concluía este trabajo, se me presenta la oportunidad única de entrevistar a uno de ellos, vivito y coleando, lúcido y lleno de anécdotas que les harán pasar un rato inolvidable. Así que nos vemos pronto de la mano de un bodeguero gallego, dueño que fuera de su establecimiento, y con cosas que contar.

¡Espérenlo!

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