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9 feb. 2012

PIRATAS AYER Y HOY

Como continuación al trabajo titulado “De cuernos y sus variantes”, publicado en la edición del 22 de enero de este año; he aquí un esbozo comparativo del panorama actual de la piratería somalí en aguas del Mar Rojo, y sus referentes en nuestro Mar de las Antillas. Las ilustraciones corresponden a diversas historietas realizadas por mi hijo y yo, basadas en datos tomados del libro “PIRATAS EN EL CARIBE”. Serie RUMBOS, (Colección Nuestros Países,) Casa de las Américas, 1984 del autor Francisco Mota, maestro de periodistas, a quien va dedicado este trabajo post mortem.

El fenómeno conocido como piratería es tan antiguo como la humanidad misma.

Por lo general los piratas eran hombres y a veces mujeres como “Ann Bony y Mary Reed”, que se rebelaban contra la opresión de los poderosos y por tanto quedaban fuera de la ley.

Ese carácter romántico los convirtió a lo largo de la historia en héroes populares, tanto reales como de ficción. Sobre todo estos últimos que llenaron páginas de gloria en aventuras ejemplares como “Robin Hood” a pie en los bosques de Sherwood, o “Sandokan” el llamado Tigre de la Malasia a bordo de balandros u otras naves furtivas en los mares del Sudeste Asiático.

En los albores del Tercer Milenio existen aún; lo único que en vez de sables, bergantines y culebrinas, utilizan lanchas rápidas, ametralladoras y localizadores GPS, entre otras tecnologías de punta.

Si antes el botín consistía en los cargamentos de oro y plata que trasladaban las Flotas al Reino de Castilla y Aragón, hoy es el petróleo de las transnacionales, y en vez de hundir o saquear galeones, secuestran los supertanqueros, pidiendo millonarios rescates por ello. En los aproximadamente dos lustros transcurridos del 2000 a la fecha, varios cientos de esos asaltos y secuestros se han cometido en aguas cercanas a Somalia.

Estos piratas del siglo XXI resultan hermanos gemelos de aquellos Hermanos de la Costa; surgidos a partir de la colonización española, por el intenso saqueo a que fueron sometidas estas tierras, y el surgimiento de la piratería depredadora como repuesta igualmente violenta en aguas del Caribe. Por la cruz y por la espada se dominaron los pueblos indígenas (Hoy repúblicas soberanas).

Mientras la Santa Inquisición se ocupaba de las cosas del alma, la Casa de Sevilla era el monopolio del comercio entre el Nuevo Mundo y la Vieja Europa. Criollos y peninsulares recurrieron al contrabando como único medio de subsistencia, frente a las rígidas medidas del Estanco español. Por otro lado; potencias monárquicas como Francia, Inglaterra y Holanda le declaraban la guerra a España por el reparto de América. (Hoy ocurre lo mismo en el Norte de África y el Medio Oriente).

Militares de carrera y marinos de las armadas involucradas en el conflicto podían atacar fortalezas o hundir naves de guerra, pero lo más importante resultaba asaltar los galeones llenos de metales preciosos que alimentaban al Imperio español (hoy serían hidrocarburos). De ahí que sus enemigos recurrieran a la guerra solapada, y surgieron experimentados aventureros, quienes amparados por patentes de corso, se convertían en mercenarios a sueldo de las naciones enemigas.

A veces los conflictos se resolvían en alta mar. otros en el altar; monarcas hasta entonces enemigos unían los destinos de sus imperios sacrificando a sus respectivos niños-príncipes en fastuosos matrimonios: Bodas reales con naciones por dote en aras de una paz ficticia.

Todo muy bueno, pero aquellos que durante años vivieron del asalto y se formaron en el combate irregular quedaban a pedir limosna. De ahí que vemos como corsarios mercenarios posteriormente desempleados, saquearan por cuenta propia bajo la bandera de la calavera y las dos tibias cruzadas, formando otro tipo de pirata: El filibustero.

Cientos de ellos pagaron con la vida y dejaron sus esqueletos bajo las aguas del océano, otros amasaron verdaderas fortunas, incluso Henry Morgan; quien aparece aquí en un episodio homónimo--terminó como gobernador de Jamaica.

La historia de este bandolerismo marítimo se repite: Muchos de los combatientes a sueldo que abundaron en África en la década de los años 70 del siglo pasado, como mercenarios al servicio del Imperialismo contra la lucha de liberación de los pueblos, son hoy los piratas de cargueros en el Mar Rojo.

Pero volvamos atrás. A partir del siglo XVI surgió del lado de acá, otro tipo de pirata en el Mar de las Antillas: El Bucanero. Tal vez el periodo de los bucaneros sea el más pacífico y verdaderamente autóctono de Cuba:

San Cristóbal de La Habana era el privilegiado puerto de donde partían las apetecibles Flotas hacia la Metrópòli, --pero por muy fiel que fuera la Isla de Cuba— también sus costas bajas, sobre todo las del sur de la Isla, bañadas por el Mar Caribe y el semillero de cayos adyacentes, ofrecían bosques vírgenes, escondidas ensenadas y fértiles tierras como albergue seguro para la producción de carnes saladas, pieles, cueros, y otros abastecimientos a aquellos que, igualmente proscriptos, --acudían a sus costas y pagaban generosamente el servicio con los tesoros de la Corona arrancados a cañonazo limpio. Recuerden que esta época también fue conocida como la del cuero y las pieles.

Entre ellos, el pirata francés Gilberto Girón, quien se asentó en los bajíos de la Ciénaga de Zapata, aportando su apellido a la playa inmortalizada por la Revolución Cubana con la Primera Derrota del Imperialismo en América que en el próximo mes de abril celebra su 51º. Aniversario. Este filibustero galo protagonizó un hecho histórico en 1604 que aparece en otro de nuestros episodios bajo el título de “El Secuestro del Obispo”.

Al médico-cirujano de origen holandés Alexander Olivier Exquemelin, --bucanero él mismo en la Isla de la Tortuga durante el siglo XVII-- se debe la única documentación actual sobre aquella piratería. Por ejemplo: El origen de la palabra francesa “bucaneer”.

Según Exquemelin: Los belicosos aborígenes caribes asaltaban tribus vecinas matando y descuartizando a sus prisioneros para apoderarse de sus animales domésticos, asarlos en unas parrillas (barbacoas), que ponían al fuego en una especie de fogón o (bucán). Esta costumbre de cocinar al aire libre caracterizó a los fugitivos asentados después en el lugar quienes adoptaron el nombre de bucaneros, más inclinados al comercio de rescate que a la acción violenta de corsarios y filibusteros, pero igualmente en busca de fortuna al margen de la ley.

Hoy, el invento resulta igualmente rentable: Una de nuestras mayores atracciones turísticas para los extranjeros es la oferta de suculentas parrilladas bajo un sol tropical, en las piscinas de los mejores hoteles del país.

Pero volvamos al pasado: Expulsados de los diversos enclaves al sur de Cuba, los bucaneros encontraron un lugar ideal al norte de La Española: la Isla de la Tortuga en las costas del Haití actual.

El enganche se hacía –como siempre-- desde Europa, de donde partían a los lugares de Las Antillas seleccionados con anticipación. Al llegar los bucaneros contratantes pagaban 30 escudos a la compañía transportista y el “comprometido” debía cumplir el acuerdo sin remuneración alguna durante tres años al servicio del contratista. En ese tiempo se entrenaba en la caza, la pesca, el curtido de cueros y otras actividades afines. Cuando se “graduaba” recibía en pago un fusil, pólvora y dos cuchillos con los que emprendía el oficio por cuenta propia y formaba parte de la congregación. Esto era algo mucho más atractivo para los habitantes del viejo continente sometidos al continuo guerrear entre sus potencias y las asfixiantes relaciones de producción existentes. Por lo pronto la explotación tenía un límite; pasadas las pruebas podía conquistar su independencia y la soñada riqueza si aprendía bien la lección.

Como organización social, Los Hermanos de la Costa era una especie de republiquita sin propiedad privada. Los cargos se otorgaban por votación,--casi siempre eran elegidos los más aptos y respetados— y tenían una especie de seguridad social primitiva al recibir cierta compensación humanitaria por daños y perjuicios, como la privación de un órgano en combate.

Desde 100 escudos y un esclavo por la pérdida de un ojo, hasta la amputación del brazo derecho con 200 escudos y dos esclavos. Estas son sólo algunas leyes que disfrutaban aquellos proscritos de la época, mucho más humanas que las impuestas oficialmente por el dogma de la iglesia y las órdenes reales de la Corona; o por el Neoliberalismo actual que asfixia a un 99% de la población mundial.

Este régimen socio-político-–mucho menos salvaje que el de sus enemigos imperiales, sentó sus bases en la Isla de la Tortuga, situada al norte de Haití, donde acabamos de rememorar los diez años del terremoto más devastador de su historia, en un país ya condenado por las enfermedades, la ignorancia, el hambre, y la miseria; pero sobre todo por la exclusión extranjera y la falta de solidaridad.

Hoy Haití se incluye como miembro observador del ALBA, y otro amanecer se vislumbra.

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