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5 nov. 2011

SALGARI, EL TIGRE DE LA AUDACIA

El pasado lunes 17 de octubre comenzó la Semana de la Lengua Italiana en el Mundo, con la inauguración de la exposición de historietas e ilustraciones de autores cubanos en el local Vitrina de Valonia, de la Habana Vieja. La muestra se organizó con el tema de Sandokán, El Tigre de la Malasia, como homenaje al escritor italiano Emilio Salgari, autor de innumerables novelas de aventuras, quien falleció hace exactamente cien años en Turín.

A la muestra asistió el Embajador de Italia, Sr. Marco Baccin y las palabras de presentación estuvieron a cargo del Dr. Eusebio Leal, Historiador de La Habana.

El personaje más famoso de Salgari desde sus comienzos como novelista por entregas en 1883, fue Sandokán,”El Tigre de la Malasia”, que en mi modesta opinión, es un niño de teta comparado con sus propias aventuras. Veamos por qué lo digo:

En ése, su primer ciclo que duró una década, escribió once novelas del héroe, también conocido como el Tigre de Mamponsán, con inmenso éxito no sólo en su momento, sino que ha trascendido a la fanaticada infantil y juvenil por más de un siglo; debo aclarar que en este caso, el héroe es un nativo que se revela contra el perverso Gobernador británico Lord James Brooke, quien eliminó toda la familia del joven príncipe malayo, por lo que puede considerarse una obra literaria anticolonialista del siglo XIX.

Yo que fui fiel seguidor lampiño de sus fantasías, y aún miembro de la Triple A (Adulto y Adicto a las Aventuras) me sentí obligado a participar con la obra que muestro a continuación:

Inmediatamente Salgari comenzó otra saga de cinco novelas relacionadas con piratas de las Antillas; aquí me detengo porque inventó una nueva figura de gran impacto –El Corsario Negro— al que coloreó de lo lindo con sus dos hermanos El Corsario Rojo y El Corsario Verde, ambos finalmente ahorcados por sus adversarios. Después trasladó sus filibusteros hacia las Bermudas, con tres novelas en la que destaca “Las extraordinarias aventuras de Cabeza de Piedra” un pirata bastante cabeciduro. Aprovechó entonces su cercanía y disparó tres novelas seguidas del oeste americano, (Far West), referente obligado de los “western spaguetthi”, popularizados por el cine italiano muchos años después.

Pero ahí no se detuvo Salgari: Ubicó al Capitán Tormenta en Damasco; La Flor de las Perlas en Filipinas; El tesoro del Presidente de Paraguay --ya saben dónde--, La rosa de Dong-Gianc; el Rey de la Montaña; y El hombre de fuego; por último nos llevó Dos mil leguas por debajo de América, en competencia con el submarino de Julio Verne.

Nos regaló muchos cuentos de marineros, de pescadores de ballenas, otros a través del Atántico en globo; al Polo Sur en bicicleta; al Polo Norte en un crudo invierno; y al Sur hacia Costa de Marfil; describió la ciudad de oro; los horrores de Siberia; narró aventuras en Alaska y entre pieles rojas; un drama en el Pacífico; el tren volador; la montaña de luz; la jirafa blanca; los bandidos del Sahara; las hijas de los faraones; las águilas de la estepa; las panteras de Argel; la heroína de Puerto Arturo; Cartago en llamas; la bohemia italiana; los bandidos de Rif, entre otras muchas hazañas. En fin, a Salgari no le quedó un solo rincón del mundo virgen, los violó todos sin contacto personal alguno.

Sabemos que de joven matriculó la especialidad de capitán de cabotaje en el Real Instituto Técnico Naval “Paolo Sarpi”. Pero no se graduó. Se sabe que solo recibió entrenamiento en un buque escuela y que viajó como pasajero en el mercante “Italia Una” a través del Adriático.

Y ustedes se preguntarán igual que yo: ¿Cómo este hombre a fines del siglo XIX con muchísima menos información que en la actualidad, sin viajar apenas, pudo escribir tanto y de tanta gente, en tan lejanos parajes?

Sencillamente sustituyó la experiencia personal, con su segunda afición: La lectura. Y como dijera el Dr. Eusebio Leal, Historiador de la ciudad en la apertura: Recurrió a “…La loca de la casa… La imaginación…”

Navegó incansablemente de día y de noche a través de los libros científicos y las publicaciones especializadas, --pero sobre todo— estaba dotado de una portentosa creatividad, capaz de hacernos palpitar de emoción a través de sus populares héroes y heroínas. A tal punto llegó el hechizo que llegó a auto titularse capitán y firmar algunas de sus obras con ese grado. Además, declaró solemnemente que sus personajes eran reales. Él mismo fue un personaje fabuloso. Veamos:

Comenzó como escritor “free lancer” en el periódico milanés LA VALIGIA en junio de 1883, con novelas por entrega; ya en octubre de ese año aparecía su primer y gran personaje: Sandokán, el tigre de la Malasia. Pasó como redactor fijo a LA NUOVA ARENA durante una década. En 1893 el crítico Giuseppe Biasoli lo llamó “mozo” en un artículo y él ofendido, lo retó a duelo. Del percance Biasoli salió hospitalizado y Salgari preso por seis meses.

En total escribió 84 novelas de aventuras juveniles, todas por capítulos y algunas con tiradas de hasta cien mil ejemplares. Hasta una de ciencia-ficción la cual fue conocida por entonces como novela de anticipación cuyo título es más que elocuente: “Las maravillas del 2000”. A su muerte surgieron imitadores como sus propios hijos Romero y Omar. No hay que descartar tampoco sus innumerables plagiarios.

Fue inspirador y pionero del llamado Noveno Arte, --los comics de aventuras popularizados en grandes tiradas por la prensa norteamericana desde fines del siglo XIX—, y siguiendo la misma fórmula de capítulos en serie, con el gancho del continuará al final de cada uno. Experiencia también explotada después por las kilométricas radionovelas y telenovelas conocidas por “culebrones”.

Su vida terminó tan dramáticamente como sus propias obras de ficción: Admirador de la actriz Ida Peluzzi, “a la que apasionadamente llamó su Aida”, se casa con ella, quien le da tres hijos, una hembra y dos varones. Años después, su esposa cae en un estado maniaco depresivo y debe internarla en el sanatorio Collegno de Turín. La situación económica y la locura de su amada lo llevan en 1909 a intentar suicidarse sin lograrlo y al empeorarse la situación, repite el intento dos años después, al estilo japonés conocido como Hara-kiri.

Tal vez esta acción autodestructiva fuera hereditaria porque treinta años antes su padre se había suicidado, y sus hijos Romero en 1931, y Omar en 1963, también lo hicieron.

Como la mayoría de los suicidios, hace cien años Salgari dejo escritas éstas, sus últimas palabras, dedicada a sus editores:

“…A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semi miseria o aún peor, sólo os pido que en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma…” Emilio Salgari.

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