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31 oct. 2013

TRENES SIN RUEDAS Y POMPAS SIN JABÓN

Desde que el primer tren cubano traqueteara entre La Habana y Bejucal, el 19 de noviembre de 1837, --once años antes que en la Metrópoli--, miles de ellos han circulado sobre rieles en nuestro país hasta el día de hoy.
De ahí que, siendo niño, allá por el machadato, empecé a extrañarme de que hubiera otros trenes bien distintos.
Pondremos solo tres ejemplos: El tren de lavado, el de pompas fúnebres, y el tren de cantina. Como verán se trata de trenes sin rieles y pompas sin jabón.
En primer lugar abordaremos los trenes de pompas fúnebres:
Lo que hoy es un servicio gratuito, entonces era un buen negocio,  a tal punto que no pocos libretistas del “Alambra” en sus sainetes bautizaron a los establecimientos funerarios como “La Bien Pagá”. 
La cosa no era tan… tan.... Es cierto que en la vida real todas las funerarias, contaban desde el más modesto servicio mortuorio hasta capillas de lujo, donde se sacaba pasaje para el más allá al compás de marchas fúnebres y aire acondicionado dentro del sarcófago. En época de la corneta era peor, pues los magnates de cuello duro, leontina y guanajita echada, alquilaban lloronas y plañideras, con las que el velorio se convertía casi en una zarzuela.
Pasemos pues, a otro tren, más nutritivo:
Se trata del tren de cantina: Por lo general eran “paladares” ambulantes. O sea, te llevaban diariamente la fonda a la puerta de la casa. Estos trenes –también sin rodamiento--eran tripulados por amas de casa,  con muchos vejigos que alimentar. Su único defecto era que se excedían  con la sal, porque te la daban como ñapa en la bodega.
Sin embargo, hay que reconocer que hacían maravillas con los fogones de carbón. Además, reciclaban la ceniza para un subproducto: La caca del perro del vecino--que le hacían –y todavía hacen-- la gracia en la acera al frente de la casa, lo cual era funesto para un establecimiento gastronómico que se respetara. Si algo extraño hoy en día son aquellas cocinas de doble propósito.
La dueña del negocio, cuando no tenía un familiar joven a mano, alquilaba un mensajero, capaz de resistir la infantería del medio día bajo el ardiente sol, pues este servicio debía respetar sus horarios, competiendo en exactitud con los itinerarios de los otros trenes. Es decir: los que salían de la Estación Terminal.
El condumio era trasladado en cantinas consistentes en una percha de donde se colgaban tres depósitos metálicos, precursores del actual “microwave”, donde viajaban calienticos, por orden de llegada: El entrante, el plato fuerte y el postre. La sopa casi siempre aguada, el arroz casi siempre blanco y los frijoles tricolores—blancos, negros y colorados—pero casi siempre duros cuando se trataba de chícharos.
Hemos dejado para el final al tren de lavado. Un invento asiático, capaz de competir en precios y eficiencia con la más sofisticada tintorería de lujo. Se establecían en casas de puntal alto con varios cuartos donde se apiñaban decenas de jóvenes que saludaban con una reverencia asiática y –un: --¡Bueno lías! ¿Qué tu quiele pa mi?
Sin lugar a dudas eran emigrantes del Lejano Oriente a los que todo el mundo llamaba Chino Manila, y ninguno era filipino.
Aquello funcionaba como una cooperativa de solteros sin hora de apertura, de almuerzo, cambio de turno, o cerrado por inventario. La atmósfera del local siempre estaba impregnada de olor a lejía, y caldeada por el vapor que emanaba de las planchas de carbón.
Tal vez por esa razón, se preservaban entre semana para salir el domingo en pandilla hacia la zona de tolerancia, donde--preservativo en mano--condonar tanto vapor acumulado.
Nadie cobraba tan barato el servicio, ni dejaba la ropa tan blanca como ellos. Eran expertos en planchar las guayaberas de hilo y dejar los cuellos de la camisa bien almidonados. Hoy morirían de hambre con tanto pantalón pitusa, pullover negro, y camisetas de poliéster a pesar del calentamiento global.
No se les perdía una pieza entre cientos de ellas. Imagínense identificar los calzoncillos matapasiones, todos iguales, todos blancos, todos de hilo. Y es que su método era infalible: Utilizaban caracteres chinos indescifrables trazados a pincel con tinta china indeleble, en lugares tan íntimos y remotos como la propia China. Todavía debe haber alguno por ahí con la marca del Zorro entrepiernas. 
Otro método infalible para que no se les extraviara una pieza, era ponérsela difícil a los cacos, porque la ropa en el  tren de lavado era colgada en sus respectivos percheros, por lo menos a tres metros de altura. Las varas que ellos utilizaban con ese fin de día, eran escondidas de noche, y siempre había un perro cuidándoles el sueño para que no las desaparecieran.
A veces añoro el comercio chino de antaño como la fonda o el puesto de frutas del barrio, donde la vianda se beneficiaba en horario extracurricular para amanecer flamante en el viandero siempre de primera; allí todo era reciclable pues la fruta de segunda se convertía por obra y gracia de la sorbetera en un rico helado de frutas naturales, es decir, sin leche; también se nos ofrecían las crujientes chicharritas, los bollitos de carita, y las majúas náufragas en aceite hirviente.
Como ven, son muchos los servicios que se han perdido al paso del tiempo. Con el auge del trabajo por cuenta propia, tal vez podamos resucitar algunos de estos serviciales trenes sin ruedas, siempre. que no sean como los actuales carretilleros con ruedas de dudosa procedencia. Es decir: para abaratar costos, mejorar ofertas, y desinflar plantillas… ¡Bienvenidos sean!

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