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1 nov. 2013

HARA-KIRI, SIGLO XX

Personalmente este mes vino cargadito de acontecimientos: A la celebración de la Jornada de la Cultura (10 al 20 de octubre), habría que sumar el 52º. Aniversario de PALANTE, y ese mismo día 16, la entrega de la moneda por los 50 años de la UPEC para periodistas destacados, personalidades e instituciones afines.
La foto que acompaña este texto, fue tomada durante la actividad, y corresponde al brindis que este humilde servidor hiciera con el crítico cinematográfico Rolando Pérez Betancourt, con motivo del trabajo publicado por este último en el GRANMA dos días antes bajo el título de “Hara-kiri, muerte de un samurái”.
El gesto se debía al impacto de su lectura, la cual me había trasladado a la década prodigiosa de los años 60 del siglo XX y que comenzó con una histórica Campaña de Alfabetización, cuando se ilustró en menos de un año a un millón de adultos analfabetos.
A partir de entonces la cultura en general y las artes en particular sufrieron cambios profundos; el cine no quedó libre de influencias. A ello se refiere el colega en su crítica relacionada con el estreno de este remake basado en el clásico de Kobayashi “Hara-kiri” en 1962 y premiado un año más tarde en el Festival de Cannes. Pero lo más significativo para mi es la reflexión que hace el cronista a partir de nuestras propias costumbres cuando agrega:
“…En Cuba, además de significar una revelación dentro de la avalancha de filmes de samurais que entonces nos invadieron, dejó una impronta cultural mediante el vocablo hara-kiri que todavía hoy, a medio siglo, algunos seguimos utilizando. (…) A partir del filme de Kobayashi uno podía hacerse un hara-kiri con la suegra, o en una reunión de crítica y autocrítica. Hara-kiri no como práctica japonesa de suicidio ritual por destripamiento a causa de un honor perdido, sino como acto contrito ante lo mal hecho, aunque podía haber hara-kiris  fingidos o insinceros…”
Cuando un fenómeno así trasciende, vale la pena detenerse para analizarlo, pues puso en evidencia una serie de valores que hasta entonces habían primado en el ejercicio de obras de ficción como las aventuras de cenicientas encantadas y príncipes valientes, de cowboys carapálidas luchando contra rebeldes pielesrojas, y Tarzanes blancos enfrentados a tribus autóctonas en el continente negro, entre otros esquemas de superhombres--voladores o no—pero triunfantes siempre  contra “los malos”.
El tema japonés impactó en las costumbres, modas y el idioma de los jóvenes cubanos. A tal punto que humoristas como Juan Padrón las hicieron suyas. Recuerdo cuando en cierta ocasión llegó a disfrazase de samurai, inspirado en su personaje de ficción Kashi-bachi--historieta enmarcada en el Sol Naciente medieval--. En esa serie debutó Elpidio Valdés, batiéndose con ninjas y ronines, antes de incursionar en las filas mambisas hecho ya un experto en artes marciales, para ponerse al frente de nuestras cargas al machete.
Tuvimos nuestra modesta participación en este fenómeno al ser orientado el semanario PALANTE a editar una serie de cuadernos didácticos  de historietas sobre aspectos neurálgicos de la producción. A finales de esa década el trio formado por los caricaturistas Val, Betán y Blanco, nos dimos a la tarea de confeccionar estos cuatro títulos: “Matida y sus amigos”, “Trucutuerca y Tres Cabitos”, “Pol Brix contra el ladrón invisible” y “Los siete samuráis del 70”.
Como han de suponer, éste último resultó el más popular de todos, pues abordaba el tema japonés de antaño para combatir los nuevos retos que se les presentaban en ese momento a la técnica agrícola en los cortes de caña y de paso divulgar la zafra de los 10 millones, en la cual nuestro pueblo había puesto sus mayores esperanzas.
Me tocó a mi darle forma gráfica a dichos personajes de ficción, pero no dejo de reconocer que correspondió a Juan Manuel Betancourt (Betán) el mérito de confeccionar un ameno guión donde se destacaran aquellos siete héroes: Tesube Tonga, Carretero Chichi, Michucho Gruíta, Panchiro Supesa, Yohakopio Kaña, Tandem Kemuele y al frente de la brigada el temerario Tonga Sazen, todos enfrentados al malvado ladrón de azúcar Tekita Azukita.
Como era habitual en este tipo de aventuras, la escena final de la historieta, mostraba a éste último en el momento de hacerse el kara kiri, mientras todos los demás protagonistas celebran la recuperación del tesoro de los diez millones.
Hasta Juan Formell se vio envuelto en esa euforia colectiva, a tal punto que, aquella consigna triunfalista de la zafra sirvió para bautizar su famosa orquesta los VAN VAN.
También nosotros nos embriagamos con el éxito de la serie humorística hasta que la dura realidad nos demostraba todo lo contrario y padecimos junto con Fidel y el resto de los cubanos, ese sueño de los diez millones convertido en pesadilla.
Eran tiempos difíciles y en la necesidad de hacer cambios, fui nombrado director del semanario PALANTE. El pesimismo, la impotencia, en fin el desencanto, se había apoderado de gran parte de la población y comenzaron a cuestionarse no pocas conquistas que en lo cultural-alternativo habíamos logrado hasta entonces. Es en ese marco que se convoca para comienzos del año siguiente el Congreso de Educación.
La fecha programada coincidía con un evento internacional de la sátira en Bulgaria donde existía un Museo del Humor, al que habíamos sido invitados y renunciamos al mismo dado el comportamiento crítico—sobre todo contra los medios—en que venían desarrollándose las asambleas pre congreso.
Es así que llegamos al cónclave con el dolor compartido pero la frente en alto. Durante las sesiones los ánimos se fueron caldeando y ya al final de las deliberaciones el malestar de algunos delegados bajo ciertas tendencias extremistas derivó hacia las películas de samuráis, la programación radial y televisiva, así como al humor criollo, siempre presente en las caricaturas de la prensa plana. Aquel costumbrismo cuestionado entonces era mucho más pálido que las proposiciones actuales.
En los debates del Hotel Habana Libre hace 42 años, se desenvainaron tantos sables a diestra y siniestra, que me vi obligado a hacerme el hara-kiri, ante todos los delegados, no sin enfrentarme en principio a ciertas manifestaciones moralistas sobre la minifalda y el humor erótico, entre otras tendencias más típicas del Medioevo que de nuestras condiciones existentes a mediados del siglo XX.
En cuanto a aquel histórico Congreso de Educación, su impacto social fue tan grande que terminó llamándose Congreso de Educación y Cultura.
Los tiempos cambian, ya las películas de samuráis no impactan como antaño y el estreno del remake japonés en este mes fue tristemente acogido por solo media docena de personas en la sala, según el propio Rolando Pérez Betancourt, quien por esa causa también tuvo que hacerse el hara-kiri cuando me lo contó.

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