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19 jul. 2016

CUENTOS DE ISLEÑOS EN ESTE 26



Tal vez este título resulte raro a mis pacientes vecinos en fecha tan señalada.
Me explico: Como director del semanario PALANTE por más de quince años, tuve la colaboración honorífica y espontánea de humoristas espirituanos, tanto cuenteros, decimistas, como dibujantes de excelente calidad. Con citar solo los permanentes señalamientos que nos hacía entonces el maestro Raúl Ferrer, y la activa participación de poetas como Luis Compte Cruz y Amador (Nano) Yunes, todos ellos de Yaguajay; Chanito y Onelio, ambos de Calabazar de Sagua, o Samuel Feijoo nacido en San Juan de los Yeras, será suficiente.
Pero siempre me resultó curioso que la numerosa correspondencia recibida eran por lo general, Cuentos de Velorio o de Isleños, donde el canario tosco, rústico, e inculto quedaba muy mal parado, y en mi condición --citadina y habanera por los cuatro costados--me resultaba discriminatoria su divulgación a pesar de las carcajadas propias, por lo que desechaba la mayoría de dichas colaboraciones que pasaron a mejor vida en el cesto de los papeles.


Vino entonces en mi ayuda un espirituano de pura cepa, que comenzó sus colaboraciones en el semanario--también a distancia--bajo el seudónimo de “Cabaiguán” Rodríguez.
A él, fallecido hace cinco años (6-1-2011), a escasos 17 días de poder arribar a sus 80 años de edad, dedico estas sentidas líneas. Se trata de José Luis Rodríguez Alba, pichón de isleño, quien heredó de su terruño canario-espirituano el amor por la décima, las parrandas y el humorismo oral concentrado en los cuentos de velorio, donde ellos se ríen de sus propios “defectos” y que da sentido al verdadero humor, ese que no se burla o chotea al vecino, sino que se inspira en sus propias entrañas y por lo tanto, resulta más inteligente.
Pobre, pero honrado—como se decía en el pasado—Pepe, que así lo conocían por allá, fue despalillador de tabaco, mozo de limpieza, mecánico electricista, dependiente del comercio, vendedor ambulante, mecanógrafo. O sea que se anticipó al cuentapropismo, pero en el siglo pasado.
La pasión por la literatura en sus horas libres, especialmente la humorística, lo llevó a enviar por correo sus escritos al entonces semanario PALANTE y decidió hacerlo bajo el seudónimo de Cabaiguán Rodríguez en honor a su pueblo natal. Fue un asiduo colaborador honorífico durante toda la década del setenta, y parte del ochenta en el pasado siglo.
Su talento natural, constancia, y superación, le permitieron emigrar y trabajar directamente en La Habana como editor en el Instituto del Libro, y de esa etapa se consolidaron aún más sus aportes a nuestra publicación, pero bajo un nuevo seudónimo: GRAKO, con el cual firmaba asiduamente sus “Grakerías”. 
Sólo con un dominio total de la síntesis literaria podía lograrse esa obra paródica y homenaje a la vez de las famosas “Greguerías” de Don Ramón Gómez de la Serna. Pero no piensen que con ese aporte quedaba satisfecho.
Recuerdo aquella incursión crítica del Quijote de La Mancha que hiciera por las calles de la capital, escrita en un castellano tan antiguo como la propia obra de Cervantes, para “enderezar entuertos” negligencias y otros males circundantes en aquella circunstancia, aun presente.
Pasaron los años--junto con mi jubilación le llegó también la suya--pero ninguno de los dos nos rendimos.
Recuerdo que coincidimos de nuevo en los comienzos del presente siglo cuando presentó en Ediciones Extramuros una joyita literaria donde barría con la escoba del humor aquello que tituló “¡Palabras Sucias!” y que se dio el gusto de bautizar con el nuevo epíteto de—(Palabras malsonantes). Eso fue en el 2003; un año después bajo el mismo sello, Dulce María Sotolongo, la editora de la editora le encargó el prólogo del mi bolsi-libro “Pequeño Mataburros Humorístico-Ilustrado” al que parodió como PROTO-LOCO con su natural gracia.
Seguimos batallando, el por su lado y yo por el mío. Mucho aprendí de la idiosincrasia isleña para reírse de sus propias barbaridades. La “jiribilla” del humorismo seguía viva en ambos, y un buen día, sin intención alguna, comenzó a contarme sobre las leyendas, costumbres, y fantasías oriundas de Islas Canarias, así como del fácil aplatanamiento de sus hijos que emigraron— fundamentalmente a las áreas rurales--y dedicados por lo general al cultivo del tabaco.
El primer equívoco de aquellos primitivos isleños-–no peninsulares--fue la fundación de Viñales en las vegas del tabaco más famosas del mundo, Y de Hoyo en Hoyo, llegaron hasta el de Manicaragua, con sus chistes de velorio y graciosas tonadas campesinas.
Aquí me detengo, pues de esas narraciones nació un cuaderno de historietas con textos suyos e ilustraciones mías titulado “Cuentos de Isleños”, aún inédito.
El solo hecho de que el archipiélago mediterráneo cuente con siete islas reales y una virtual, era más que suficiente para enamorarme del proyecto. He aquí dos tiras de dicha publicación gráfica, aún inédita.
Hoy en el homenaje a Sancti Spíritus en el Día de la Rebeldía Nacional, no podía pasar por alto estas “riflexiones” como diría otro grande: Zumbado.
Así surgió el libro que cuenta con 28 páginas y 233 viñetas. La obra, terminada hace aproximadamente diez años, aún espera en el baúl de los recuerdos por algún editor sensato o in-sensato, que se sienta sensibilizado por el encanto de esas tradiciones: La fabulosa narración de príncipes encantados, brujas, fantasmas y costumbres autóctonas, para con ello fortalecer aún más los lazos indisolubles entre dos archipiélagos hermanados en la risa sana y el sudor rural: Cuba y Canarias.

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