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16 ene. 2011

CUANDO YO ERA CHIQUITICO Y DEL MAMEY(1)

En la pasada edición prometimos la sustitución de la serie “Cualquier tiempo pasado fue…” por una nueva que tratara facetas del costumbrismo cubano desde la óptica astigmática de un octogenario. De ahí que proponemos titularla “Cuando yo era chiquitico y del mamey”, en memoria de una vieja guarachita que me aprendí por la radio siendo niño, pues por entonces no teníamos tele. La pieza se titula “El Marañón” y dice así:

“Cuando yo era chiquitico y del mamey,

Y del mango me chupaba la semilla.

Ahora que soy marañón.

Marañón aprieta la boca…

El tiempo de los bobos se acabó…”

Pegajoso y curioso estribillo por lo absurdo, según mi criterio de primaria. Pero… ¿Conocíamos bien qué era el marañón?... ¿Lo saben las nuevas generaciones?...¿Y de mis queridos vecinos del viejo continente, qué?...

Según el vulgo, se trata de una fruta que tiene la semilla por fuera.

Según la definición del sabio naturalista cubano Juan Tomás Roig en su diccionario “Plantas medicinales, aromáticas o venenosas de Cuba”. – Editado por la Editorial Científico Técnica, Tercera Edición, 1989: El marañón es otra cosa:

En primer lugar, lo que vulgarmente se conoce como semilla es precisamente el fruto. Un pedúnculo que produce aceite de cardol, de uso medicinal como gran parte de la planta, pero peligroso para los ojos y la cara al calentarse en su cocción.

En cuanto a su origen: Es tan autóctona como los taínos y siboneyes, pues presenció la llegada de los conquistadores desde los bosques orientales. El marañón también vive en las Antillas y parte del subcontinente, pero con distintos nombres. A saber, Canjil en Venezuela, Pajuil en Puerto Rico, Jacote en Guatemala, Merey en Colombia, Cacahuil en República Dominicana, Cajueiro en Brasil, y hasta en otros idiomas como Cashew nut en Antillas inglesas y Noix d´acajou en Antillas Francesas.

Hecha la aclaración, pasemos a ofrecerles el primer trabajo titulado:

TRENES SIN RIELES Y POMPAS SIN JABÓN.

Desde que el primer tren cubano traqueteara entre La Habana y Bejucal, el 19 de noviembre de 1837, --once años antes que en la Metrópoli--, miles de ellos han circulado sobre rieles en nuestro país hasta el día de hoy.

De ahí que, siendo niño, allá por el machadato, empecé a extrañarme de que hubiera otros trenes bien distintos. Pondremos solo tres ejemplos. El tren de lavado, el de pompas fúnebres, y el tren de cantina. Como verán se trata de trenes sin rieles y pompas sin jabón.

En primer lugar abordaremos los trenes de pompas fúnebres:

Lo que hoy es un servicio gratuito, entonces era un buen negocio, a tal punto que no pocos libretistas del “Alambra” bautizaron sus establecimientos funerarios como “La Bien Pagá”.

La cosa no era tan tajante: En la vida real todas las funerarias, contaban desde el más modesto servicio funeral hasta capillas de lujo, donde se sacaba pasaje para el más allá al compás de marchas fúnebres y aire acondicionado en el sarcófago. En época de la corneta era peor, pues los magnates de cuello duro, leontina y guanajita echada, alquilaban lloronas y plañideras, con las que el velorio se convertía en teatro.

Pasemos pues, a otro tren, más nutritivo:

Se trata del tren de cantina: Por lo general eran “paladares” ambulantes. O sea, te llevaban la fonda a la puerta de tu casa. Estos trenes eran tripulados por amas de casa, con muchos vejigos que alimentar. Su único defecto era que se excedían con la sal, porque en la bodega te la daban como ñapa.

Sin embargo, hay que reconocer que hacían maravillas con los fogones de carbón. Además, reciclaban la ceniza para la caca del perro del vecino, que le hacían –y todavía hacen-- la gracia en la puerta de la casa, lo cual era funesto para un establecimiento gastronómico que se respetara.

La dueña del negocio, cuando no tenía un familiar joven a mano, alquilaba un mensajero, capaz de resistir la infantería diaria bajo el sol. Este servicio debía respetar los horarios de almuerzo y comida, competiendo en exactitud con los itinerarios de los otros trenes. Es decir: los que salían de la Estación Terminal.

El condumio era trasladado en cantinas consistentes en una percha de donde se colgaban tres depósitos metálicos, precursores del actual “microwave”, donde viajaban calienticos, por orden de llegada: El entrante, el plato fuerte y el postre. La sopa casi siempre aguada, el arroz casi siempre blanco y los frijoles: ¡Cuidado con algunos clientes que cuando se le hablaba de frijoles respondían!:

--¿Negros?...NI los zapatos.

Hemos dejado para el final al tren de lavado. Un invento asiático, capaz de competir en precios y eficiencia con la más sofisticada tintorería del patio. Se establecían en casas de puntal alto con varios cuartos donde se apiñaban decenas de jóvenes que saludaban con una reverencia y –un:

--¡Bueno lías! ¿Qué tu quiele pa mi?

Sin lugar a dudas eran emigrantes del Lejano Oriente a los que todo el mundo llamaba Chino Manila, y ninguno era filipino.

Aquello funcionaba como una cooperativa de solteros sin hora de apertura, de almuerzo, cambio de turno, o cerrado por inventario. La atmósfera del local siempre estaba impregnada de olor a lejía, y el vapor que emanaba de las planchas de carbón. Tal vez por esa razón, se preservaban entre semana para salir el domingo en pandilla hacia la zona de tolerancia del barrio chino, donde condonar tanto vapor acumulado.

Nadie cobraba tan barato el servicio, ni dejaba la ropa tan blanca como ellos. Eran expertos en planchar las guayaberas de hilo y dejar los cuellos de la camisa bien almidonados. Hoy morirían de hambre con tanto pullover negro, a pesar del calentamiento global.

No se les perdía una pieza entre cientos de ellas. Imagínense identificar los calzoncillos matapasiones, todos iguales, todos blancos, todos de hilo. Y es que su método era infalible: Utilizaban caracteres indescifrables chinos, con tinta china, en lugares tan íntimos y remotos como la propia China. Todavía debe haber alguno por ahí con la marca del Zorro.

Otro método infalible para que no se les extraviara una pieza, era ponérsela difícil a los cacos, porque la ropa en el tren de lavado era colgada en sus respectivos percheros, por lo menos a tres metros del piso. Las varas que ellos utilizaban de día eran escondidas de noche, y siempre había un perro cuidando para que no las utilizaran.

A veces añoro el comercio chino de antaño como la fonda o el puesto de frutas del barrio, donde la vianda se beneficiaba en horario extracurricular para amanecer flamante en el viandero, las crujientes chicharritas y las majúas náufragas en aceite hirviente, los bollitos de carita, los helados naturales sin leche, que se reciclaban antes de que se echaran a perder, hechos in situ con sorbeteras. Como ven, son muchos los servicios que se han perdido, y con el auge del trabajo por cuenta propia, tal vez podamos resucitar algunos. Siempre que sean para abaratar costos, mejorar ofertas, y desinflar plantillas… ¡Bienvenidos sean!.


3 comentarios:

  1. como se llama el conjutno que canta el marañon, recuerdo la cancion pero no quien la interpreta

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  2. En México también se da el marañón y lleva ese nombre. La canción El Marañón incluye un breve diálogo entre los cantantes (un dueto), del cual pueden deducirse el supuesto nombre de uno de ellos: Belarmino. Ahí les va según la recuerdo: Cuando yo era rechiquitico y del mamey, y que del mango yo me comía la semilla. Y ahora que soy marañón, marañón aprieta la bemba y el tiempo de los bobos se acabó. (se repite). Diálogo: -Y dígame una cosa, Belarmino: ¿los gallegos también comen marañón? -¡Muchacho!, tú no sabes que el marañón es la única fruta que tiene la semilla por fuera, que es "efrótega"? -Pues chico, a mí lo que me gusta mucho es la manga. -¿La manga? -Sí. Porque a mí con la manga... me mangan. -¡No me diga! (fin del diálogo y se repite las canción). Saludos desde Tijuana, Baja California, México, de un admirador del pueblo cubano, sobre todo de su música. Rafael Morales.

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  3. En México también se da el marañón y lleva ese nombre. La canción El Marañón incluye un breve diálogo entre los cantantes (un dueto), del cual pueden deducirse el supuesto nombre de uno de ellos: Belarmino. Ahí les va según la recuerdo: Cuando yo era rechiquitico y del mamey, y que del mango yo me comía la semilla. Y ahora que soy marañón, marañón aprieta la bemba y el tiempo de los bobos se acabó. (se repite). Diálogo: -Y dígame una cosa, Belarmino: ¿los gallegos también comen marañón? -¡Muchacho!, tú no sabes que el marañón es la única fruta que tiene la semilla por fuera, que es "efrótega"? -Pues chico, a mí lo que me gusta mucho es la manga. -¿La manga? -Sí. Porque a mí con la manga... me mangan. -¡No me diga! (fin del diálogo y se repite las canción). Saludos desde Tijuana, Baja California, México, de un admirador del pueblo cubano, sobre todo de su música. Rafael Morales.

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