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6 mar. 2013

ENCASILLANDO EL CLÁSICO


Los vecinos que siguen fielmente este blog desde hace tiempo saben de mis comienzos como dibujante deportivo hace unos 65 años en la prensa, guiado por la mano maestra de Pepe Agraz en la revista FOTOS; de ahí que durante todo el año 2010 publicara en este sitio la sección fija titulada “Cualquier tiempo pasado fue…” dejando en suspenso la palabra profesional, pues se nutría de una sección de curiosidades dominicales publicadas por aquella época en el diario EL MUNDO.
En estos días, al calor de la celebración del Tercer Clásico Mundial de Beisbol y la posibilidad de medir fuerzas con equipos profesionales de alto nivel, ha subido la temperatura en nuestro pasatiempo nacional y las esquinas calientes se han puesto al rojo vivo en medio de un frente frío.
Como este espacio no tiene ni la frecuencia, ni la inmediatez informativa de otros medios, he querido zambullirme de nuevo en los archivos de la pelota cubana, para --siguiendo las pautas del colega Lagarde en JUVENTUD REBELDE--, desapolillar curiosidades y anécdotas que puedan ser de vuestro agrado.
Por entonces existían varias ligas como la amateur, la profesional y hasta la semi-pro; casi todas copias al carbón del sistema yanqui, pues existían en alguna que otra, ciertas discriminaciones como la de género y la racial.
Lo cierto es que el profesionalismo en el deporte es consustancial con el capitalismo y nació en los clubes de fútbol en Inglaterra durante la Revolución industrial, debido a la injusta explotación obrera y sus largas jornadas laborales que solo permitían la práctica del deporte a las clases privilegiadas. Cuba no era la excepción.
Pero volvamos al terreno, éste primer ejemplo es sintomático: Se trata de la foto tomada a un equipo de beisbol estadounidense-–no profesional--que vino a Cuba, pero nunca pudo jugar en nuestros terrenos. He aquí la novena del acorazado “U.S.S. Maine” volado en el puerto de La Habana el 15 de febrero de 1898. Lo más curioso de la misma es la presencia de una mascota—o mejor, un chivo—cubierto con la bandera de las barras y las estrellas.
Esta historia es también harto conocida por nuestro pueblo pues de la provocación del crucero, surgieron otras muchas remembranzas. Por ejemplo: Remember El Álamo, Remember Pearl Harbor, Remember el Golfo de Tonkin, y así hasta el cansancio, perdón, hasta Remember el 9-11, como les gusta a algunos simplificarlo todo.
Otros se lamentan que con el tiempo se hayan perdido los apodos en nuestras lides beisboleras.
En parte tienen razón, pero no totalmente. Recordemos los viejos y simpáticos motes en la pelota de antaño como: Pedro Natilla Jiménez, Cocaína García, Bicho Pedroso, Valentín (Sirike) González, Mosquito Ordeñana, (Jiquí) Moreno, Carlos (Patato) Pascual, (Bombín) Pedroso, entre otros muchos.
En mi modesto criterio, lo que pasa ahora es que--al agregarles apellidos--estos nombres han perdido gracejo. He aquí algunos ejemplos: José Antonio Huelga (El Héroe de Cartagena), Antonio Muñóz (El G¡gante del Escambray), Yosvani Aragón (El huracán de Jatibonico), etc.
Pues bien, de estos motes no se salvaban ni los extranjeros: El más extraordinario fue sin dudas uno que rompió todos los récords de nombretes en las Grandes Ligas. En inglés era conocido por Hooks, --es decir Ganchos-- o el Patizambo, pero su verdadero nombre era Raymond Dandridge; además, fue un ídolo de la fanaticada mexicana bajo el mote de Mamerto
Cuando llega a Cuba en la década del 40 del pasado siglo, el público enseguida lo comparó con cierto personaje feo y contrahecho llamado Talúa, de la serie radial “Chan-Li Po”, el detective chino. Así quedó para siempre en nuestro beisbol la carismática tercera base de los Tigres de Marianao, Talúa Dandridge. Y       para que no queden dudas, aquí lo tenemos fildeando mientras exhibe--entre paréntesis--sus famosas piernas.
Por último me remonto a la misma década del cuarenta del pasado siglo, cuando en los llamados juegos de pelota que se escenificaban en la Plaza del Vapor—hoy Parque del Curita— se destacó una jovencita que asombraba a todos por jugar maravillosamente entre los hombres, a pesar de la férrea discriminación machista que existía en nuestro país; a tal extremo llegó esto que vulgarmente se les llamaba “marimachos”. Fue ella, por tanto, un excepcional símbolo de la liberación femenina a mediados del pasado siglo en el deporte cubano.
Eulalia González Betancourt, más conocida como Viyaya González sentó cátedra jugando cualquier posición en los equipos Águila Imperial y Deportivo Tacón, pero sobre todo cubriendo la primera base.
En 1947 es contratada por un empresario beisbolero de Pittsburg para formar parte del team de beisbol femenino que realizaba encuentros de exhibición en los Estados Unidos.
Ese mismo año regresa a Cuba integrando dicho equipo ”Racine Belles” y participa en los cuatro encuentros celebrados en La Tropical a estadio lleno.
Lo extraordinario de este caso es que, de regreso a los Estados Unidos, Viyaya se niega a abandonar nuestro país y en su lugar marchan con el equipo otras seis jugadoras cubanas.
Desconocemos las causas que motivaron su actitud, pero a partir de 1987 en el Hall de la Fama de Cooperstown en Estados Unidos, se abre una exposición permanente que honra a las peloteras que formaron parte de aquella novena originaria. Viyaya encabezaría la lista de las beisboleras cubanas si hubiese permanecido en el equipo; y hasta Hollywood la hubiera premiado con su inclusión en la película “Nuestra propia Liga” basada en aquel embrionario equipo y protagonizada por Madonna y Tom Hanks, entre otras estrellas.
Como la vida misma no es más que una sorpresa detrás de la otra, seguro que este Tercer Clásico también nos deparará alguna que otra maravillosa experiencia tanto en Japón como en San Francisco. ¡esperemos!

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