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20 feb. 2014

EL GRITO MÁS SILENCIOSO DEL MUNDO

El pasado 23 de enero se cumplieron sesenta años del fallecimiento de Edvard Munch, el famoso pintor noruego a pocos meses del derrumbe nazi-fascista—Berlín, mayo de 1945--régimen que tanto lo hiciera sufrir a él y a su propio pueblo.
El artista de 81 años dejaba como patrimonio a la capital Oslo, más de mil cuadros, quince mil grabados y 4,500 dibujos. Entre ellos, seguro había más de una versión de su famosa obra “El grito”. Y decimos esto porque se sabe que no era un solo cuadro, sino una composición que desarrolló en diversas técnicas a través del tiempo. Confieso que desde mi primer contacto con aquella imagen me impactó anímicamente.
El mismo describiría esa inspiración suya de esta manera: “…Caminaba con dos amigos. De repente el sol se ocultó y me sentí un poco triste. Sobre el fiordo de color azul-negro pesaba un cielo rojo-sangre, hecho como con lenguas de fuego. Mis amigos continuaron caminando y yo, permanecí detrás, solo, petrificado, temblando de angustia. Me pareció que un grito poderoso e infinito recorría toda aquella naturaleza…”
Éste sería el leitmotiv casi perenne de aquel sensible artista nacido el 12 de diciembre de 1863, pues desde su niñez misma quedó marcado para siempre al perder a su madre víctima de la tisis, dejándolo en la más completa orfandad junto a su hermana Sofia.
No terminó sus estudios en la Universidad Técnica de Cristania (Oslo) dedicándose a su verdadera vocación artística y logró becarse en la escuela de París alrededor de 1885. Por entonces le seguía los pasos a Van Gogh, sólo diez años mayor, con quien compartía la cruzada por reflejar sus vivencias anímicas personales frente a la superficialidad de las apariencias visuales: Compartió experiencias entre el impresionismo plástico y el expresionismo puro, cuya más completa manifestación era precisamente “El grito”.
Regresa a la capital francesa diez años más tarde, precedido del gran escándalo de la crítica que lo obligó a retirar su muestra de 35 obras en la Unión de Arquitectos de Berlín, a una semana escasa de su inauguración en 1892. Munch es recibido más tarde en la Ciudad Luz como portaestandarte del fauvismo francés del momento con la serie “El friso de la vida”.
Continúa pintando durante el resto del siglo XIX hasta que en 1908 una grave crisis nerviosa lo obliga a internarse en un sanatorio danés del cual salió plenamente restablecido. Desde entonces se estableció en su patria, segregada ya de Suecia tres años antes.
En 1909, le encargan una serie de murales para el Aula Magna de la Universidad de Oslo, donde de nuevo refleja el crudo contraste del paisaje costero escandinavo y las pasiones del ser humano por supervivir.
El artista nunca renunció a las instituciones y movimientos más progresistas de la época. Lo demostró una vez más durante la exposición suya de 1927 en Berlín. A tal punto que, aún siendo noruego, su nombre fue incluido por la crítica hipócrita y reaccionaria de la época, dentro del movimiento expresionista alemán
Una década más tarde, en la cúspide del extremismo nazi-fascista y su consecuente cacería de brujas , las autoridades le decomisaron a Munch 82 obras que se hallaban en colecciones privadas, consideradas por Hitler como “arte degenerado”.
Antes de terminar, quisiera detenerme brevemente frente a algunas de las copias impresas de “El grito” que han pasado por mis manos en revistas y otras publicaciones afines ya que, personalmente me ha sido imposible disfrutarlas in situ. Siempre me resultan sobrecogedoras por la expresión aterradora del personaje central que desfila frente a ese malecón parecido al nuestro de La Habana, y de ese alarido que no se oye, pero que penetra por la vista para de la misma manera, hacernos temblar.
No es el único caso en que haya experimentado algo similar:
Alrededor de la década del 70 del pasado siglo, en un intercambio cultural con la República Socialista de Letonia, y estando hospedados en Riga, su capital, el maestro y director de orquesta Félix Guerrero y yo, fuimos invitados a participar en un concierto que se celebraría esa noche en la catedral de Riga, con un repertorio de obras de Bach. Por entonces había cierto movimiento renovador de la música con la fusión de lo cuto con lo popular que dió en llamarse “Come-back”.
Lo curioso del caso es que dicho programa iba a ser interpretado por un afamado tecladista letón, nada menos que en el órgano más grande del mundo.
La entrada al templo fue de por sí sobrecogedora, por sus enormes dimensiones y más de 200 butacas en el atrio. Nos sentamos juntos y al sonar el primer acorde un estremecimiento telúrico estremeció el piso; sentí un cosquilleo indescriptible y como si miles de hormigas subieran por mis piernas erizándome la piel.
Sorprendido y nervioso, agarré al maestro Guerrero por el brazo, mientras él, sin inmutarse me pedía silencio para disfrutar el momento:
—¡Schssss, Blanquito, piensa que estás entrando en la Edad Media…!
Ni la sensación que experimenté entonces, ni la frase del destacado músico se me olvidarán. El oscurantismo, el terrorismo ideológica, la novela gótica, el ambiente tortuoso de mazmorras y otros engendros culturales del medievales son de larga data y pueden contaminarnos aún hoy por diversas vías. Algunos como Guerrero--curados de espanto--lo disfrutan. Otros--ingenuos como yo por entonces-- lo sufren.
La similitud entre el famoso grito de Munch y la pieza de Bach interpretada al órgano, estriba en que ambos sonidos nos entran por un conducto no acostumbrado--la vista y los pies--con un doble efecto más aterrador aún.
Espero que esta modesta lección les haya servido de alerta, ante tanta campaña de terrorismo mediático; efectos especiales de alta fidelidad o 3-D, por tantos cuentos fantasmagóricos de hombres-lobos, Dráculas o zombies; y no menos comunes amenazas de guerras preventivas, atómicas o de las galaxias; invasiones mercenarias y catastrofismos.
¡Señores, la Edad Media ya pasó!...
¡El tiempo de los bobos, se acabó!...
Música maestro: …
¡Vivir vivir… Bailar bailar… Gritar…Gozar… La la la la la!

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