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20 feb. 2014

PONTIAC. EL ÚLTIMO DE LOS OTTAWAS

En un trabajo anterior titulado DETROIT EN TRES TIEMPOS, nos referíamos a la reciente bancarrota de dicha ciudad--meca del automovilismo yanqui-- y como consecuencia, la desaparición física de la marca PONTIAC, cuyo emblema de la flecha rota rememora los antecedentes históricos del indomable Pontiac, cacique de la tribu de los ottawas.

En el título hemos utilizado una variante de aquella famosa novela del estadounidense James Fenimore Cooper “El último de los mohicanos” escrita en febrero de 1826 con curiosas ilustraciones de J.T.Merrill. El símil obedece precisamente a que el argumento se sitúa en la Guerra de los Siete Años, (1756 a 1763) también conocida como la guerra franco-india que costó alrededor de un millón de muertos en varios lugares del mundo. O sea, en el mismo marco histórico de nuestro objetivo, el jefe Pontiac.

Tanto los mohicanos como los ottawas eran tribus asentadas en el valle canadiense del río Hudson y por entonces aliadas a los franceses contra los británicos.

El protagonista principal de la novela es Uncas, hijo del cacique Chingachook. En la trama no muere, como tampoco su congregación nativa desaparece, pues aún quedan descendientes en Winsconsin. El título se refiere al último superviviente pura sangre de los Mohegans. No ocurrió igual en la realidad con el otro héroe de carne y hueso, o sea el jefe ottawa: Pontiac.

Sabemos que al final de la contienda bélica el rey Luis XV renunció a favor del Reino Unido sus vastos territorios canadienses con la firma en 1763 del Tratado de París. Documento por el cual también se le restituía a España el codiciado puerto de la Habana a cambio de la Florida.


El jefe indio Pontiac había ganado gran prestigio entre los suyos por su valentía y lealtad frente a los casacas rojas. En venganza nuevas ordenanzas del Reino Unido permitían continuos desafueros y Pontiac desenterró de nuevo el hacha de la guerra, para combatir a los grupos armados de las Trece Colonias que diezmaban la población indígena sin respetar ancianos, mujeres o niños.

Entre otras hazañas, el gobernador de Pennsilvania firmó un decreto donde se ofrecían jugosos premios a quienes se presentaran con scalps de pieles rojas. Este etnocidio duró varios meses hasta que se tranquilizaran los carapálidas. Y así ocurrió, pero en el fondo, éstos nunca perdonaron la firmeza y el arrojo del jefe Pontiac.

Así las cosas, una gran fiesta celebrada en la primavera de 1769 en el caserío de Cahoquia (Illinois) sirvió de escenario para la confabulación de sus enemigos. El llamado “Magnífico” por sus parciales fue invitado. Esa misma noche, al terminar la ceremonia y retirarse todos a descansar, una sombra se lanzó desde las ramas de un gran árbol. El puñal traidor de un hermano de raza se enterró por seis veces en la anatomía de quien las balas y bayonetas enemigas habían respetado tantas veces en el combate cuerpo a cuerpo.

Más tarde se supo que Mr. Williamson, un mercachifle inglés había sido quien pagara al asesino por dicha hazaña como una operación comercial más.


Tras el triunfo y la independencia de las Trece Colonias, la implantación del sistema capitalista, la conquista del Oeste, y una sangrienta guerra civil entre el Norte y el Sur, los Estados Unidos de América arribaron al siglo XX con ínfulas imperiales, y nadie mejor que nuestro José Martí lo pintó como el Gigante de las Siete Leguas, cuando dijo: “Viví en el monstruo y le conozco las entrañas…”

Es la misma nación que, en un gesto de hipocresía, rindió honores al indomable cacique Pontiac, creando un modelo automovilístico que por más de ochenta años ostentara en su logotipo la flecha rota de los pueblos originarios en rebeldía y… Cuando vió en peligro sus opulentas ganancias, con un operativo bursátil más, le dio muerte al otro  Pontiac en 2010… ¡De nuevo a traición, claro!.

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