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20 ene. 2015

LA FOTO QUE COLMÓ LA COPA

La instantánea con que abrimos este trabajo fue tomada el 15 de mayo de 1960, cuando Ernest Hemingway, acudía por última vez a la premiación del Torneo de la Aguja en Cuba, para entregar el Trofeo al ganador, que ese año correspondió al Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, por la mayor captura del evento: 986,68 puntos con cinco piezas a bordo del barco “Cristal”.
Podría ser ésta una más de centenares o miles de fotos que le hicieran al Papa en nuestro país debido al carisma y la enorme popularidad que se ganó entre los cubanos el llamado Dios de Bronce de Letras Americanas, durante los veinte años de su estancia en Cuba; tal vez por haberse refugiado aquí tras la odisea de la Guerra Civil Española para escribir en el hotel “Ambos Mundos” su famosa novela “Por quien doblan las campanas”, o quizás por la gloria de obtener el Premio Pulitzer 1952 y el Nobel un año después con su obra “El viejo y el mar”, inspirada en un humilde pescador de Cojímar.
Sin embargo, esta fotografía aparece más de una vez encabezando artículos de carácter conmemorativo en el periódico GRANMA, como este que nos ocupa “La Guerra contra Cuba que atormentó a Hemingway” bajo la firma de Gabriel Molina Franchosi. el 26 de noviembre del 2010.
Vayamos entonces al por qué de su importancia: En el trabajo del periodista de GRANMA se narra el momento y el entusiasmo con que regresa a Cuba Hemingway en marzo de 1959, tras su ausencia por un registro que le hiciera la policía de Batista a la Finca Vigía dos años antes.
Valerie, su secretaria particular lo hacía meses más tarde, el 27 de enero de 1960. Pero el 18 de ese primer mes del año, ya el presidente Eisenhower había aprobado el documento que recomendaba derrocar al gobierno de Fidel Castro.
En la primavera de ese mismo 1960—marzo-abril—en una visita a su residencia, el embajador de los Estados Unidos Phillip Bonsal le comunica a escritor que su gobierno se plantea el rompimiento de las relaciones diplomáticas con Cuba; por lo tanto Washington no solo deseaba que abandonara la finca de San Francisco de Paula, sino también demostrara su desagrado con el régimen cubano bajo el Gobierno de Castro. Se le planteaba por tanto, renunciar a la que él consideraba su segunda patria; o sea abandonar la querida finca Vigía y a cambiar radicalmente su forma de vida.
La secretaria del escritor Valerie Danby cuenta que Hemingway protestó, manifestándole además al diplomático su lealtad incondicional a los Estados Unidos, pero que el veía las cosas de forma diferente. La respuesta oficial fue tajante: Podía ser catalogado de traidor y por tanto afrontar sus consecuencias.
A medida que pasaban los meses, el Papa estaba cada vez más preocupado por perder su casa y todo lo que anímicamente representaba esta situación para él. Con inmenso dolor, los Hemingway tuvieron que abandonar la finca Vigía el 25 de julio de 1960, mientras el gobierno de Eisenhower rompía las relaciones el 3 de enero de 1961.
Curiosamente 54 años más tarde, este último 16 de enero, entraron en vigor las nuevas medidas de Estados Unidos que flexibilizan algunas restricciones al cruel bloqueo conque nos han sometido desde entonces, previas al futuro restablecimiento de las relaciones normales entre los dos países.
Tal vez aquella foto tomada con el trofeo en sus manos junto al líder de la Revolución en el mes de mayo, había sido la que colmó la Copa de la intolerancia yanqui y provocó la trágica determinación de Hemingway, pues seis meses más tarde, a las 7 de la mañana del 2 de julio de 1961, en su casa de Ketchum, Idaho, el Papa apoyaba el rostro contra el cañón de su carabina, apretaba el gatillo y ponía fin a su vida.
Lo curioso del caso es que al pie de todas ellas aparece solo esta frase: FOTO-ARCHIVO.
Indagando por dicha autoría, me acerqué al fraterno Jorge Oller, autoridad de la especialidad fotográfica en nuestro país, quien me comenta que, a veces resulta imposible determinar al autor pues a eventos de ese tipo acuden diversos foto-reporteros, inclinándose por los que estaban emplantillados entonces en el diario REVOLUCIÓN. Es decir: Ernesto Fernández, Rafael Calvo, o Raúl Corrales, pero sin poder asegurarlo.
Igualmente lo hice con el experimentado Delfín Xiqués Cutiño, en el Centro de Información del periódico GRANMA, quien coincidió con Oller en que--por lo general--entonces no se le incluía la firma del autor al dorso de sus correspondientes copias, dando lugar a esta situación.
Tal vez este descuido llame a la reflexión, para que en el futuro no quede detalle alguno sin su debida aclaración.
Porque el derecho de autor no es un privilegio, ni un término de carácter económico; sino fundamentalmente un acto de justicia social.

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