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25 feb. 2015

EL RETORNO DEL MAESTRO



Así se titula una de las obras poéticas del gran maestro y pedagogo Raúl Ferrer Pérez publicada por “Gente Nueva” en 1990—unos 160 versos cortos con grandes enseñanzas--quien arribaría en este mes de febrero a su centenario en medio de la actual 24º. Feria Internacional del Libro.

Lamentablemente no pude participar en el coloquio que en su honor convocaron en esta ocasión los prestigiosos intelectuales Esteban Llorach, Lidia Turner, Julio Llanes y Ramón Luis Herrera. Pero quisiera unirme al tributo y ofrecerles a ustedes, mis fieles vecinos, varias vivencias que tuve el privilegio y el placer de compartir con el autor del “Romance de la niña mala”. 
A propósito he leído en ese propio libro que dicha niña mala no existió pues resulta una síntesis de tres alumnas de su escuelita en el central Narcisa de la cual tanto se ha dicho. Sobre esto agrego que en una ocasión, el propio Raúl me la presentó ya adulta, sin aclarar que fueran más de una.
Desde su temprana y modesta aula rural, donde brindaba el pan de la enseñanza a los niños de batey de dicho ingenio en Yaguajay, junto a su también joven colega Onelio Jorge Cardoso, Raúl Ferrer siempre soñó con el perfeccionamiento de la enseñanza con métodos más eficaces o algo por el estilo.
Años después entre estrofa y estrofa descubrió a otro fabulador excepcional con el que también compartió fantasías poéticas y objetivos políticos, el Indio Naborí.
Él era así: científico y soñador, ocurrente y reflexivo, imaginativo y profundo a la vez, con una agilidad mental inigualable. Un maestro en toda la extensión de la palabra. Su sentido de la pedagogía tenía un antecedente lúdico que podía resumirse en esta frase suya: “Lo que se aprende jugando, nunca se olvida”, de ahí el permanente combate que mantuvo contra viejos criterios medievales como ése de la letra con la sangre entra, o el permanente reproche a quienes mantenían el rígido concepto de que el niño iba al colegio a aprender. 
“No –decía--, el niño viene a la escuela a aprender a hacer cosas”. 
¿Qué son sino, cantar en el coro, mejorar la ortografía con el dictado o realizar complejas operaciones aritméticas?
También tuvo discrepancias con colegas que a menudo confundían el deporte con el entretenimiento, porque según él para este último no hacía falta estadios ni campos deportivos, aunque cuando se practica de corazón, ambos se unan. Con jugar a los ceritos, o recitar las cuatro reglas era ya suficiente. En eso más que educador, resultaba un innovador.
En una oportunidad gané un premio en el Salón Nacional de Humorismo de la UPEC, con su caricatura personal. Lamentablemente no puedo mostrarla aquí, pues inmediatamente después se la obsequié y por muchos años presidió la sala de su hogar situado en una empinada calle de la Loma del Mazo de la Víbora. Según su jocosa directriz, situada “Entre la ciencia y el arte”. Lo que muestro a continuación es el boceto de la misma, tomada del trabajo titulado “Tributo a Pablo este año” y publicado en una edición anterior del blog en enero de este mismo 2015. A él se deben las iniciativas de transformar la página de pasatiempos en PALANTE con proposiciones más originales que el compañero Yáñez puso en práctica, así como la constante ayuda a la sección campesina “Dímelo Cantando” del semanario donde Raúl--el poeta—también era un maestro. ¿Y qué me dicen los que lo conocieron jugando con los números en su despacho del Ministerio de Educación, con el ejercicio del cero frío y la guitarra colgada junto al pizarrón?
Sencillamente que Raúl era impredecible y había experimentado esto en carne propia desde los tiempos difíciles de la seudo república en su modesta escuelita rural y fue consecuente con ello. De sus románticas aventuras en el lugar, les recomiendo acudir al libro de cuentos del colega Julio M. Llanes, precisamente por su condición de alumno en aquel plantel donde aprendió las primeras letras aquella “Niña Mala” que le da título a la obra, y que junto a la simpática “Vaquita Pijirigüa” popularizó musicalmente su sobrino Pedro Luis Ferrer aquí también caricaturizado.

Paradójicamente, allá en la primera mitad del pasado siglo, época en que la palabra ¿futivarse? estaba de moda, a veces escapábamos del amodorramiento docente para refugiarnos en pitenes de pelota de goma y de trapo, o las mesas de billar aledañas a la Esquina de Toyo, todo ello a espaldas de nuestros padres y maestros.
Mientras, allá en ese rinconcito de la campíña espirituana a menudo ocurrían cosas totalmente distintas, como la siguiente:
El maestro rural Raúl Ferrer, a caballo por el trillo que conduce a la escuela, ve a un padre doblado en el surco bajo el sol mañanero y le pregunta: 
“--¡Fulano!–se me olvidó el nombre— ¿Qué pasa que tu hijo no ha ido a clase esta semana?” 
La respuesta no se hizo esperar: 
“Lo tengo castigado por portarse mal”. 
Increíble anécdota si no la hubiese oído de sus propios labios. Y es que las clases de Raúl y Onelio tenían ese sabor a caramelo lúdico que maravillaba a los niños, y que desgraciadamente, a golpes de solemnidad, retórica, y rigidez, han perdido hoy su encanto.
No sé si estas características estaban ya presentes en el ADN de ambos, o era producto del ambiente familiar suyo, pues en el entorno hogareño crecían siete hermanos, cuatro varones y tres hembritas: Raúl, Rogelio, Rafael, Rodolfo, Raquel, etc., etc., -–quienes para juguetear firmaban R.F.-- y también estaban dotados de las mismas virtudes: Alegría contagiosa, agilidad mental, mezcla de veta artística y rigurosidad científica. Es decir, que todos tenían algo de músicos, poetas y locos, en el mejor sentido de la palabra.
Extrovertido hasta el cansancio, la explosividad de Raúl Ferrer lo diferenciaba de Onelio y Nabori--más pausados, y medidos--, sin embargo a pesar de diferencias y temperamentos, una química rara los unía, el amor a la docencia, el acercamiento a la ética martiana, la lucha por la justicia social, y la inclaudicable militancia revolucionaria, todo ello matizado por un optimismo contagioso e inagotable.
Para finalizar les cuento uno de los últimos episodios de su vida que me marcaron para siempre:
Raúl, ya septuagenario y enfermo, estuvo asesorando la Campaña de Alfabetización en Nicaragua durante un par de años. Regresó al finalizar la misma, más o menos en el mes de septiembre, y bastante delicado de salud, a tal punto de que bajó del avión en camilla y tuvo que ser ingresado en el Instituto de Cardiología, de Paseo y 17, en el Vedado.

Allí fui a verlo varias veces y después, durante su convalecencia en su propio hogar de la Víbora. Dos meses después-–principio de diciembre-- me llama por teléfono para invitarme una vez más a las Parrandas de Yaguajay, adonde lo había acompañado en los últimos años junto a su querida Raquel. Me sorprendió esa imprevista cita teniendo en cuenta las condiciones físicas en que había regresado a Cuba, y decline la invitación con cierto reproche por tan temeraria aventura de fin de año.
Recibí un silencio sepulcral como respuesta… Tras varios segundos de meditación me dice: 
“ --Blanco, últimamente te has vuelto un poco conservador”. 
Como se podrán imaginar, no pude negarme a tal convocatoria y lo acompañé.

Al año siguiente el destacado poeta y pedagogo fallecía. Aquella frase escuchada a través del hilo telefónico, tal vez resuma la personalidad y la imagen que me quedó impresa para siempre de la persona a la que nos hemos venido refiriendo y que yo, humildemente considero. Mi personaje inolvidable, en esta nueva versión mía de “El retorno del maestro” en su Centenario.

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