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20 nov. 2010

LUYANÓ DE MIS ENTRETELAS.

Por esta fecha del pasado año les gaste una broma, que les juro, no fue de mal gusto. El trabajo se tituló “El hotel y yo”, http://ay-vecino.blogspot.com/2009/11/vidas-paralelas.html donde pretendía emular en el tiempo con el Hotel Nacional, dado que habíamos nacido con un mes de diferencia y, sin embargo, él se mantenía mucho mejor que yo.
Pero, dejémonos de chanza y vayamos al grano: Ese día vine al mundo de forma dramática. Mis padres vivían en una curvita que hace la calle Marqués de la Torre, entre San Nicolás y la Esquina de Toyo. Fue un parto difícil –casi 24 horas—y la comadrona no daba pie con bola. Gracias a que mi hogar estaba al fondo de la desaparecida Clínica Casuso, mis familiares lograron llevarme a ese centro asistenciario particular. No se cómo pudieron pagar el servicio más, lo cierto es que estoy aquí. Yo no me acuerdo porque estaba muy pequeño, pero los datos se los agradezco a mi hermana, Olga, unos cinco años mayor que yo.
Según ella, dicha Clínica daba a la Calzada de 10 de Octubre Núm. 429 donde se levanta actualmente el Hogar de Ancianos ”24 de febrero” casi frente al Cine Apolo, que hoy ni es cine ni Apolo, sino sede del proyecto “Sueños Mágicos” perteneciente al Centro de Te
atros de la Habana, con espectáculos de magos y payasos. Tal vez por esa razón de joven tuve que hacer juegos malabares para darme a conocer como caricaturista en la prensa de la época.
Por entonces, Luyanó era un pequeño “ghetto” de obreros, vendedores ambulantes, y pequeños “chinchales” de producción o servicios, limítrofe con la calzada de Concha al norte
y la de Jesús del Monte al sur, Inserto además en el municipio más poblado de Cuba no por gusto, ya que ese barrio obrero fue siempre bastante productivo.
Aquel era el Luyanó de “Bigote de Gato”, de mis sueños, de la aventura, de las bromas inocen
tes, del pitén del barrio, y de empinar papalotes en la Loma del Burro, con el vecino y folclórico barrio de indigentes de Las Yaguas.
En la esquina de Toyo, el pan siempre estaba acabadito de hornear,
y los cines de barrio ofrecían matinées infantiles a níckel per cápita. Son inolvidables las tandas del Dora, Ritz, Fénix, Moderno, Apolo y Santos Suárez, que pasaron a mejor vida, hoy reciclados por la televisión de cuatro canales en colores.
Por entonces, el mayor peligro consistía en el suicidio de tener que torear un tranvía Luyanó-Malecón en sus nueve puntos, bajando por la calzada homónima. Aquel era tambi
én el debut del incipiente bigotito o descubrir el misterio del sexo, encontrado a escondidas en las imágenes de un apócrifo e “ilegal” Kamasutra, que vendían a precios módicos en la entrada del teatro “Shangai” de la calle Zanja. Vana ilusión de amor adolescente, con caricias de alquiler en el Barrio de Colón, es decir, la zona rosa de mayor tolerancia en la capital.
Cuando me casé pasé la frontera del deber, es decir crucé la Vía Blanca, y me mudé para el barrio del Cerro, allí asenté mi nido de amor adulto, el de verdad, ése que da placer pero también frutos. Donde el sexo se transformó en amor del bueno.
Fue allí que me di a conocer como artista, donde nacieron mis hijos, mis nietos, mi biznieto y mis putativos vecinos de papel --El gordo y el flaco--, quienes quedaron sin bautizar a propósito. También Stan Laurel y Oliver Hardy lo fueron, y quedaron para la historia como el gordo y el flaco.
Sin embargo, al paso de los años, el bichito de la añoranza no ha abandonado ese rincón del corazón donde se alojó desde niño la barriada de Luyanó.
Y ahora les cuento la conversación que en cierto momento sostuve con Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí al respecto: http://ay-vecino.blogspot.com/2010/10/el-principe-del-punto-cubano.html
Llevaba bastante tiempo al frente del semanario “Palante” y todos los años tenía la obligación y el placer de firmar autorizaciones, para que el personal artístico se ausentara y pudiera participar en las festividades por la Semana del nativo ausente.
Figúrense: Wilson-Guantánamo, Évora-Guisa, Alexis-Baire, Pitín-Campechuela, Alben-Caibarién, Mitjans y Pecruz-Consolación del Sur, Felo-Manzanillo, Val-San Nicolás de Bari, Betán-Matanzas, etc., etc…y yo en la luna de Valencia, o más bien el eclipse de Luyanó... Jamás me llegaba una invitación similar. La respuesta del Indio vino acompañada de una estruendosa risotada:
--Te pusiste fatal, mi hermano… Yo también nací en la capital pero… Todos los años me invitan a la Semana del Guanabacoense ausente. Y eso pasaba también con Ernesto Lecuona, Rita Montaner, Bola de Nieve, y otros tantos privilegiados.
Cosas del Babalao, pensé para mis adentros: Nada más equivocado. Yo no salía de mi asombro hasta que socarronamente me aclaró:
--Resulta que cuando yo nací, el poblado no se consideraba parte de la ciudad, sino de la zona rural limítrofe. Con el desarrollo urbano y las siguientes divisiones político-administrativas Guanabacoa pasó a formar parte de la Ciudad de la Habana, pero las tradiciones se mantuvieron intactas.
Esta anécdota me viene a la mente ahora que se están aplicando nuevas medidas territoriales, bastante parecidas en aras de organizar más eficientemente las provincias limítrofes de la capital. Alerto sobre este sencillo sentido de pertenencia frustrado.
A tal punto llegó mi inquietud en aquel momento que, un poco más tarde, al fundarse la Bienal del Humor de San Antonio de los Baños de 1979, y en reciprocidad por los reconocimientos que allí se hacía a todo lo que oliera a humorismo, ya gráfico, literario, o teatral. Rogué a las autoridades del Museo del Humor que se me considerara hijo adoptivo de la Villa del Ariguanabo. La aceptación no tuvo una respuesta oficial, ni consta en documento alguno, pero la aclamación unánime de los allí presentes fue suficiente para sentirme satisfecho.
A ese Luyanó de mis recuerdos, a ese mundo que quedó grabado para siempre en mis tiernas neuronas infantiles, prometo dedicarle próximas crónicas y compartirlas con mis vecinos de aquí y de allá, por lejos que se encuentren de Luyanó.

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