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20 nov. 2010

LA HABANA: OMBLIGO DEL MUNDO.

Concuerdo con Fayad Jamís, ese cubano-mexicano y ciudadano del mundo. Poeta, pintor y periodista cuando dijo:

Qué sería de mi si no existieras

mi ciudad de La Habana.

Si no existieras, mi ciudad de sueño

en claridad y espuma edificada,

qué sería de mi sin tus portales,

tus columnas, tus besos, tus ventanas.

Cuando erré por el mundo ibas conmigo,

eras una canción en mi garganta

un poco de azul en mi camisa,

un amuleto contra la nostalgia.

Y ahora te camino toda entera,

te vivo toda hasta la madrugada,

soy el viento en tus parques y rincones,

soy ese sol que te acaricia el alma.

Ciudad de mis amores en el polvo

bella ciudad de podredumbre y alas,

en ti naci, realmente un mes de enero

cuando golpeó en tu pecho la esperanza.

Si viví un gran amor fue entre tus calles,

si vivo un gran amor tiene tu cara,

ciudad de los amores de mi vida,

mi mujer para siempre sin distancia.

Si no existieses yo te inventaría,

mi ciudad de La Habana.

Los humoristas tenemos fama de exagerados, de no tomar las cosas en serio, y esto que acabo de señalar puede parecer una petulancia, pero no es ése mi propósito.

Si usted busca en el mapamundi, no a La Habana, sino a todo nuestro archipiélago, tal vez éste haya desaparecido bajo una cagarruta de mosca. Así de pequeña es mi Cuba. Por lo tanto trataré de demostrar esta increíble tesis umbilical:

Según la cultura occidental, llegamos tarde al festín de la humanidad. Octubre de 1492: Al señor Cristóbal Colón se le ocurre demostrar la redondez de La Tierra, echándole tierra a la hipótesis de que la Mar Océano se extendía horizontalmente hasta el infinito. De plano --sin proponérselo porque en realidad salió buscando la India-- el Adelantado acababa de adelantarse a los tanques pensantes del imperio al inventar la globalización.

A poco, en mil quinientos y un piquito, el Conquistador Don Diego Velázquez, fundó la primera villa en Cuba, a la que bautizó Baracoa, en el extremo más oriental de la Isla, y siguiendo el mismo rumbo de Colón, pero por tierra, --siempre hacia el poniente--, ordenó levantar un poblado tras otro hasta llegar a La Habana.

Fue la sexta por su orden, encargada a Don Pánfilo de Narváez, y éste lo hizo al sur de la actual provincia. El lugar no reunía las condiciones requeridas y se optó por trasladar el poblado a la costa norte, en la desembocadura del río Onicaxinal, --hoy Almendares--, y perteneciente al territorio del cacique Habaguanex, de donde tomó su nombre.

Por tanto no sabemos a ciencia cierta si ésta última es la séptima villa o una simple mudada de la anterior. En mi modesta opinión, en este lugar el Adelantado se cansó, o se convenció de que, había llegado al ombligo del mundo.

Detengámonos aquí un minuto para releer algunos datos del libro ”La Habana, Ciudad Antigua” del doctor Eusebio Leal, prestigioso Director de la Oficina del Historiador:

“…Es pues claro que la ciudad de La Habana tuvo tres asentamientos entre 1514 y 1519, año en que debió predominar definitivamente el núcleo establecido junto al puerto, que fue llamado Carenas, donde hallaron reposo las dañadas naves del marino Sebastián de Ocampo en el año de 1508, empeñado en concluir el bojeo que estableciese al fin la condición de Cuba, puesta en duda, en el último viaje a sus costas, por el Almirante de la mar Océana, Cristóbal Colón...”

Según el propio Leal, los descubrimientos en el Golfo, el surgimiento de la Nueva España sobre las ruinas aztecas, y la presunción de que en la llamada península de la Florida existiese la Fuente de la Eterna Juventud, determinaron el futuro de la ciudad a partir de 1519. Veamos lo que dice a continuación la obra citada:

“…San Cristóbal de La Habana, cuyas fiestas conmemorativas se han celebrado, desde el ya lejano siglo XVII, el 16 de noviembre, cuando La Habana, particular y excepcionalmente, rendía culto al legendario San Cristóbal, el gigante bíblico que caminó sobre las aguas, apoyando su increíble corpulencia en una palma real, la cual devino un mágico bastión de plata, según la interpretación del andaluz Juan de Andújar en la imagen que esculpiera para la iglesia de La Habana, y que llegara a ésta en 1633…”

Modestia aparte, una vez más queda demostrada mi teoría Habanacéntrica.

Corría la mitad del siglo XVIII. Durante la Guerra de los Siete Años, España y Francia, se unieron para salirle al paso al empuje británico por el dominio de los mares. Este conflicto trajo por consecuencia la Toma de la Habana por los ingleses.

Lo que resulta paradójico es que el pabellón inglés se limitó a ondear en las fortalezas del puerto, pues no les interesó el resto de Cuba, sólo La Habana, y la vinieron a abandonar en julio de 1763, cuando la corona española le entregó a cambio toda la península de la Florida, incluyendo sus cayos adyacentes. Parece que, desde entonces ya esta pequeña ciudadela se había convertido en el ombligo del mundo; por lo pronto era en ese momento mayor y más poblada que Boston y Nueva York juntas.

Unos cien años después, en La Demajagua, se dio el grito de Yara, dando inicio a las tres guerras de independencia que agotaron las tropas y las arcas del Imperio. Casi agonizando la Metrópoli, el Tío Sam decide intervenir en el conflicto y coger los mangos bajitos. Es decir, poner en práctica la teoría “monroísta” de la fruta madura.

En febrero de 1898 se les ocurre volar al crucero “Maine” fondeado en la bahía de La Habana con todos sus daños colaterales dentro. Fue la excusa para declarar la guerra preventiva a España, con dos objetivos bien claros. Primero: intervenir en la guerra contra la Madre Patria desconociendo más de 30 años de lucha nuestra, y después, de capitalizar la victoria, intervenirnos también a nosotros con la Enmienda Platt. (Cuidado con la ortografía, enmienda se escribe con dos enes no con una sola).

Así que La Habana, --situada en el ombligo del mundo-- también sirvió en esa ocasión de conejillo de Indias para el parto y la lactancia de un Imperio que no ha dejado de mamar, crecer, y desarrollarse hasta convertirse en el Gigante de las Siete Leguas a costa de los demás, utilizando siempre los mismos métodos.

Pero, no se vayan, que no hemos terminado:

A partir de 1902, ya teníamos un himno, un escudo, una bandera, y una democracia –cogida con pinzas, pero democracia al fin—

Quién nos iba a decir que cinco décadas después, un golpe de estado traidor provocaría en cinco años, cinco meses, cinco días y apenas cinco horas, la respuesta liberadora del Primero de Enero que había bajado de la Sierra con la estrella de cinco puntas vestida de verde olivo, para quedarse: Los cinco también volverán.

Y les digo más: En abril de 1961, después del cobarde bombardeo a nuestros aeropuertos por aviones yanquis enmascarados con los colores patrios, y tras el multitudinario entierro de sus víctimas en el cementerio de Colón, al día siguiente ya se combatía en toda la Ciénaga de Zapata contra cocineros de infantería, pinches artilleros y hasta hicimos sancocho de aviadores. Fue allí donde el pequeño David le proporcionó la primera derrota en América al Goliat Imperialista del Norte revuelto y brutal, y nada menos que sin careta; porque en esta ocasión lo hicimos defendiendo las banderas del Socialismo.

Nosotros triunfamos en tierra firme, ellos se hundieron en la cochiquera de la Bahía homónima.

Eso sólo podía ocurrir en el ombligo del mundo, por eso un año después trataron de amedrentarnos con la amenaza nuclear, provocando la crisis de los misiles foráneos frente a los cinco puntos criollos. Como consecuencia se agudizó el bloqueo que traducido a “su inglés” quiere dar a entender embargo, por demás inexistente, pues solo se embarga al deudor, y --que yo sepa-- nada debemos saldar. En tal caso deberíamos cobrar las doblemente impagables pérdidas de vidas y haciendas en estos cincuenta años; primero porque ese crimen no tiene precio, y segundo, sencillamente porque dinero les sobra, pero voluntad les falta.

Han pasado unos 491 años de la fundación de la ciudad, que se engalana y viste de fiesta para recordar la efeméride. Es precisamente en este momento, --apenas 48 horas antes de arribar a la fecha, que nos llega la noticia través de la red de redes por un amigo que aunque firma con el seudónimo de “El Duende”, todos sabemos quien es.

Según dicho mensajero de ultratumba, alguien intencionadamente se ha lanzado a difamar y lanzar a los cuatro vientos por correo electrónico, la infamia y la calumnia sobre el Dr. Eusebio Leal, ---a quien habíamos citado en este mismo trabajo--. Pero el mejor antídoto contra la falsedad es una contundente respuesta, y el propio Eusebio Leal lo hizo, sin proponérselo, en la entrevista que para la televisión cubana le hiciera Amaury Pérez Vidal en su estelar programa “Con dos que se quieran…” una magnífica exposición que el Historiador de la Ciudad de La Habana, hiciera esa semana y que recomendamos a nuestros vecinos.

Desconozco el contenido de la diatriba, ni me interesan los chismes enmascarados. Desde que tengo uso de razón firmo mis trabajos, caricaturescos o no. En aproximadamente año y medio de realizar este blog personal, jamás hemos contestado a un autor encubierto, y mucho menos cuando su mensaje viene cargado de veneno. Sólo la cobardía se esconde en el anonimato,--palabra que además en Cuba tiene pega--. Por tanto me resbala ese alegato—lo cual también tiene pega--.

Termino pues recordándole a ustedes, mis fieles vecinos y a ese, o esa, -¿quién lo sabe?—que mantengo el criterio de que mi Habana, la capital de todos los cubanos, sigue siendo el ombligo del mundo¸que en la madrugada del 15 le di tres vueltas a la ceiba, pidiéndole tres deseos, no solo para mí, sino para todos, incluyendo a ese ignorante que la envidia, la venganza, o el odio, lo impulsaron a tamaño desacato, recordándole que por tercera vez lo pego. Mientras tanto, mi hijo F. Blanco se me aparece con una bella estampa de felicitación que deseamos compartir con todos mis vecinos...

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