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2 abr. 2011

LA SEMANA SANTA

Cuando yo era chiquitico y del mamey, por allá por el “machadato”, se acostumbraba celebrar la Semana Santa en mi casa en la cuadra y hasta en el cine de barrio donde siempre exhibían por esos días la película “Vida pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo”.

Aún soplan vientos de Cuaresma en estos días y me vienen a la mente aquellos recuerdos de mi barrio y de mi cuadra.

A excepción de las calzadas de Concha y Luyanó, estremecidas por el ruidoso paso de los tranvías y los prehistóricos camiones “Mack” con tracción en cadena y ruedas con zunchos de goma, las demás calles del municipio eran también bulliciosas pero porque se convertían en parques y terrenos de deportes donde se practicaba lo mismo el fútbol, que el taco, o la quimbumbia; pero sobretodo la pelota de trapo o de poli, según fuera la temporada.

Aclaro lo de las temporadas: Las series profesionales o semi-pro, de beisbol o balompié tenían su cronograma, y nuestras calles también, pues eran de tierra –perdón—de fango en época de lluvia, o de polvo durante la cuaresma. A veces durante esta última, había que suspender los juegos por los remolinos y polvaceras que allí se producían y teníamos que buscar otros pasatiempos más acordes con el tiempo. Es entonces que nos mudábamos hacia las azoteas vecinas para dar rienda suelta al vistoso papalote o la socorrida chiringa.

Esas calles tenían sus inconvenientes pero también sus encantos. Como los juguetes de los niños pobres –la mayoría-- eran escasos o nulos, inventábamos nuestros juegos en horario extracurricular, porque el colegio era requisito indispensable para la correspondiente autorización a la libre concurencia. Entre los inventos que recuerdo estaba el palo de escoba transformado en bate de pelota, taco, o quimbumbia, la latica de conserva debidamente aplastada sustituía el tacón de goma,--no siempre hallado en el latón de basura--para jugar al pon, debidamente auxiliados por la tiza extraída subrepticiamente del pizarrón de la escuela.

Una simple hoja de papel periódico se convertía por obra y gracia de la necesidad en una chiringa salvadora, cuando los quilitos no alcanzaban para el vistoso papalote. Otros juegos ni siquiera requerían de esos adminículos. Como el “chucho escondído”, el “quemao”, o “a la una mi mula” por poner solo tres ejemplos.

Como pueden ver las calles eran tomadas por asalto, sin peligro alguno, pues se podía corretear a nuestro antojo, ya que sólo transitaban por ella el afilador de tijeras y su original monociclo precedido de su harmómica; el carretillero que cantaba “cambio globos por botellas” y vendía pìrulís o cariocas; la bicicleta del mensajero de botica; o algún que otro carro de tracción animal, como el del vendedor de carbón, únicos temerarios que se atrevían a transitar por esas callejuelas urbanas, antes que se descubriera el asfalto, pues como hemos dicho al principio, las calzadas eran de adoquines, hasta que en el “machadato” se convirtieran en proyectiles del estudiantado frente a las balas de la porra.

Si alguna ventaja tenían las vías públicas de antaño, era que la gente se veía obligada caminar por las aceras, o arriesgarse a perder una suela o un tacón. Hoy tenemos más transeúntes por las avenidas que por el bordillo y por tanto mayor la incidencia de peatones imprudentes hechos papilla.

En cada cuadra de Luyanó se mezclaban casas de madera con las de mampostería, las ciudadelas con los solares, aunque a las primeras se les llamara como a los otros.

En una de esas accesorias vivía un personaje inolvidable para mi. Una especie de mago --según mi fantasiosa imaginación--, pues confeccionaba cierta sustancia pegajosa que pendía de un clavo en la pared, y a la medida que la estiraba durante un tiempo, ésta iba cogiendo correa y más correa. Después, la coloreaba de blanco, rosa o amarillo según el “sabor”deseado y después la envasaba en pequeñas porciones de papel, para colocarlas en el tablero y salir de lo más campante a venderla por todo el vecindario. Aquello se llamaba melcocha. Más tarde me enteré que el producto solo requería agua y azúcar. Juro por todos los santos de la Semana que acaba de pasar, que más nunca he visto en Cuba una sola melcocha.

Del bizco del barrio ya hablé en una semblanza anterior con motivo de mi operación de cataratas, por tanto me referiré a otros aspectos de aquella sociedad burguesa que me tocó vivir y quedó reflejada en una película antológica titulada “Callejón sin salida”, pues de esa misma forma se encajonaba a la mayoría del pueblo.

Como han visto la infancia por muy precaria que sea, siempre trata de convertir su existencia en una experiencia lúdica. A quienes jugábamos libres y felices en las calles nos decían mataperros. En venganza, para nosotros los hijos de Papá, --así con mayúscula-- rodeados de criadas regañonas y juguetes caros, pero mucho más tristes y solitarios; le llamábamos bitongos. Y es que el hombre --y la mujer, claro;-- , desde que nace es un ser social, aunque la mal llamada Crónica Social los discrimine.

Así eran las calles de mi barrio, con la bodega de la esquina y su vidrierita de apuntaciones, el puesto de chinos con sus fritangas siempre crujientes, la botica y su ñapa de azúcar cande, el tren de lavado, la escuelita pública todos los días y el cine de barrio del domingo con sus bulliciosas matinees, etc. Todas tenían sus alegrías y sus contradicciones, sus baches naturales y los chocolongos artificiales que abríamos para jugar a las bolas o chinatas. Sus mensajeros de a pie como los repartidores de cantina, de telegramas o vendedores ambulantes entre los que descollaban sus originalísimos pregones… Pero estos últimos serán objeto de otra autopsia.

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