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19 nov. 2011

EL ETERNO ESCLAVO

Cuando en fecha tan lejana como el 7 de octubre del 3,761 a.n.e. según los hebreos, Jehová creó el mundo en siete días, su hijo aún estaba por nacer: Los profetas cuentan que lo hizo a su imagen y semejanza. Eran tiempos paradisíacos y en su morada --el jardín del Edén—crecía un frondoso manzano, al que le estaba vedado el acceso a su vejigo. No sé si Jehová era tan cabeciduro como Adán, pero si lo hizo con tanta exactitud, ¿por qué éste se comió la única fruta prohibida por su padre? ¿No arrastró con él a su media naranja, o mejor dicho su media costilla? ¿Qué culpa tenía Eva a ser expulsada del Paraíso junto al glotón de su compañero?

Eso ocurrió hace mucho tiempo, cuando la evolución natural se trocó en una revolución que destronó al matriarcado y consta tanto en el Antiguo como el Nuevo Testamento, lo que demuestra la antigüedad del periodismo. Es aquí que comienza el lío del primogénito, de la herencia, de la acumulación originaria, y de la fraternal bronca por el poder. Como la avaricia rompe el saco; de este macuto surgió la primera esclavitud: La del hombre por el hombre, real, tangible, sudorosa, y rentable. Tan férrea como los grilletes, y útil como el fuego o la rueda.

Lo cierto es que habíamos evolucionado, de un simple bicho en cuatro patas según el loco de Darwin, nos habíamos bajado del árbol y convertido en personas creciditas, bípedas, adultas, pensantes, y bien divididas en clases: Hombres y mujeres, o amos y esclavos que para entonces significaba lo mismo.

Con el desarrollo cerebral habíamos demostrado ser el más bruto de los miembros del Reino Animal. ¿Qué son los zooológicos sino cárceles para ellos y exposiciones lúdicas para nosotros? ¿Y hogar, dulce hogar, no fue la primera prisión cavernaria existente?

En este transcurrir histórico surgieron los primeros grandes imperios fluviales: En el Nilo, en el Indo, en el Tigris y el Eufrates, en el Yang Tse, ect. Dicen que uno de aquellos faraones originarios dijo: --Que tire la primera piedra el que esté libre de pecados--. Y así se formó una gran pirámide en Egipto. Parece que el jueguito gustó tanto que otros hijos de Ra menos originales repitieron obras colosales con trabajo, --díganlo ustedes mismos—esclavo.

Esos subyugados no tenían más diversión que trabajar como bestias, mientras los amos amaban eso que se llama ocio, --madre de todos los vicios--. La cosa gustó tanto que el jueguito se extendió por toda la Europa Antigua y la aplicaron seguidamente griegos, romanos, y bárbaros.

Los descendientes de estos últimos inventaron una nueva fórmula. En vez de extenderse para dominar otros pueblos, los patriarcas se encerraron en defensa de su patrimonio, surge entonces la Edad Media de señores feudales y siervos de la gleba. Nobles que se encastillaron y clérigos que se monasterizaron. Poco a poco alrededor de estos enclaves surgieron comerciantes e intermediarios en villas de los suburbios por entonces llamadas burgos. De esta pequeña burguesía nacería una variante más, el capitalismo que decapitó a la monarquía a guillotinazo limpio.

En estas acciones no quedó muy claro para el clero, la situación de la Santa Inquisición, a pesar de la claridad que provocaban sus purificadoras hogueras en el oscurantismo medieval.

Se decidió volver al pasado para olvidar el presente en un Renacimiento de lo clásico. El mejor exponente fue la Ilustración producto, --entre otras cosas profetizadas por Don Leonardo da Vinci,-- de la invención de la Imprenta, y de los descubrimientos geográficos, copia ésta al carbón de navegantes chinos, fenicios, vikingos, y otros pueblos pesqueros.

Era la consecuencia lógica de un Nuevo Mundo al que debía conquistarse y colonizarse con mano de hierro pero barata. Se recurre a una vieja práctica con una nueva esclavitud exportada del continente africano en nombre del capitalismo salvaje y el racismo.

El mundo americano se convertía en un enorme barracón con sus látigos, sus grilletes, ahora bendecidos por la institución religiosa que salió fortalecida con el nuevo régimen explotador.

Esta primera división del trabajo duró siglos, hasta que la revolución industrial libero a los explotados de sus grilletes de hierro para amarrarlos con otro más poderoso pero invisible como es la plusvalía.

A grandes rasgos hemos trazado el recorrido de aquella primitiva explotación del hombre por el hombre, y la mujer incluida como es natural.

Pero el hijo de Dios no escarmienta. Y no teniendo a más nadie a quien subyugar, se esclavizó a sí mismo con la invención del reloj, que adaptó las más diversas formas: De arena, de agua, de péndulo, de pulsera, eléctrico, anticorrosivo, impermeable, y hasta de Pastora. Era una especie de grillete de pulsera con manilla de oro o plata, que a partir de esa hora cero lo ataría de por vida.

Que yo sepa ningún microbio, artrópodo, paquidermo o simio, le interesa saber la hora; con su reloj biológico le basta. La manía del hombre de regularlo todo, de medirlo todo, de cagarlo todo, lo llevó a inventar los husos horarios, eso que pretende explicar y justificar lo injustificable: Ahora tenemos la tiranía del despertador que para colmo nos costó dinero; éste nos lanza escandalosamente al suelo en medio del más acogedor de los sueños, que nos dice a qué hora pasa el tren o el ómnibus para llegar en hora al trabajo, y para colmo, a la entrada de la fábrica otro artefacto similar nos señala que tendremos un descuento por llegada tarde. Así sucesivamente nos postramos ante el nuevo monarca durante las 24 horas del día y los 365 días del año, século seculórum. Por algo el sabio chino-cubano Chan Li Pó, decía: “…Paciencia, muuuuuuucha paciencia…”·

Claro, no hay comparación entre la primera larguísima etapa de esclavitud humana, concreta y corpórea, con esta convencional de regularle la vida al Dios Cronos.

La diferencia estriba en que para medir el tiempo que en definitiva seguirá impasible, indetenible, indefinible, e incalculable en su infinita longevidad, hemos tenido que inventar los husos horarios y el reloj para ajustar el tiempo con el espacio. Es decir, que cuando en Cuba nos desayunamos ya en España a ellos les hizo la digestión y en China se acuestan a dormir.

Desconozco la razón por la cuál los escritores de novelas policiacas no han utilizado esa contradicción para cometer el crimen perfecto en un best seller editorial.

Es decir: asesinar a alguien en una hora determinada y haber separado con anticipación el pasaje de avión para, --cuando se descubra el crimen--, estar ya a miles de kilómetros del lugar de los hechos, tomándose un trago ante varios parroquianos que le servirán de testigos en el momento del cuajo.

Para dilucidar esta contradicción vino al rescate otra revolución: El sistema binario y la digitalización; la navegación por internet; y las pistas de la información a velocidades supersónicas. En fin lograr la inmediatez noticiosa. Lograr que el chisme, la bola, el infundio, o la mentira se sepan en tiempo real y se confundan con la verdad, que cuando llegue será tarde porque los demás estarán ya intoxicados, y pensando en una nueva morbosidad. Así van las cosas en este milenio que prácticamente comienza, donde la esclavitud se ha generalizado a niveles de globalización.

¿Es o no el hombre un eterno esclavo? Ustedes mis cautivos vecinos tienen la palabra

A propósito: -¿Qué hora es?

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