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25 oct. 2012

DE PENCOS Y NOBLES BRUTOS SE TRATA


En la pasada edición a propósito de los 500 años y pico del “Día de la Raza” hablamos de hombres con cáscara y hombres chimeneas. En esta otra oportunidad montaremos imaginariamente sobre otras curiosidades jineteras del Nuevo Mundo.
En el primer viaje de Colón, los descubridores vinieron cargados de armas y armaduras, bisuterías y pacotillas—como se estila ahora en los viajes al exterior—apoyados por el convincente lenguaje de Cervantes; la cruz y la espada en lo confesional y la fabada y el caldo gallego en lo laico.
Aunque los taínos y siboneyes parecían ingenuos y pacíficos, no les fue fácil a los conquistadores conquistarlos. Por eso, haciéndole honor a su cargo, el Adelantado en el segundo viaje se adelantó y proyectó una nueva estrategia. Cargar con el arma más mortífera de las presentes y futuras guerras coloniales españolas.
Había que consolidar y poblar las tierras descubiertas y para ello nada mejor que sumar a otra bestia bruta como ellos pero más noble: El caballo.
Veinticinco de éstos completaron la tripulación, sin embargo para Colón resultó la primera estafa del Nuevo Mundo.
En enero de 1494 se dirigía a sus Majestades los Reyes Católico en estos términos:
“…Direis a sus Altezas cómo los escuderos de caballos que vinieron a Granada en el alarde que ficieron en Sevilla mostraron buenos caballos e después al embarcar, yo no lo vi porque estaba un poco doliente, e metiéronlos tales que el mejor dellos nos parece que vale dos mil maravedíes porque vendieron los otros e compraron éstos…”
A propósito de este segundo viaje quisiera contarles algo inusitado. En él, Don Cristóbal Colón descubrió las sirenas más feas del mundo. y no es mentira mía, lo dice Félix Guerra en su libro “Los Funerales del Rey” (Ed. Oriente 1999). Veamos: 
“…En la mañana o la tarde del 9 de enero de 1493, y mientras navegaba en las proximidades del entonces llamado Río de Oro, cerca de la costa norte de Santo Domingo, el Almirante admiró en las aguas unas figuras que describió así en su diario de navegación: --Tres sirenas que salieron bien alto de la mar--. Aunque a renglón seguido agrega no sin cierta decepción masculina: --Pero, no tan hermosas como las pintan--…”
Claro, eran tres ejemplares de manatí, mamífero insectívoro de la familia de los sirénidos—actualmente en peligro de extinción—y clasificado como Solenodon cunabus por nuestro sabio Felipe Poey, en comparación con el nativo de Santo Domingo Solenodon paradoxus.
Volvamos al instante en que el almirante se quejaba de aquellos embarcados y desahuciados pencos. Fueron, sin embargo, lo suficientemente convincentes como para aterrorizar a los indios sublevados en La Española. Además, conforme él se había admirado de las presuntas sirenas del lado de acá del charco, los centauros del siglo XV eran una verdadera novedad para los indígenas.
Sólo en la altiplanicie precolombina del Perú en el sur, se había dado la llama y la vicuña como bestias de carga; mientras que en el hemisferio norte, los pieles rojas se alimentaban con filetes de los antepasados de Buffalo Bill.
Después de aquel segundo viaje y pacificados los brotes rebeldes, Colón solicita asnos, asnas, yeguas y sementales para la recría. Un lustro más tarde La Española contaba ya con una yeguada de 1500 ejemplares, buena parte de ella con destino a Cuba.
Pasó el tiempo y mientras Don Diego Velásquez daba rienda suelta a su manía de fundar villas y castillos en Cubita la Bella, al subordinado Hernán Cortés le dio por embarcar el 10 de febrero de 1519 desde el puerto de San Cristóbal de La Havana hacia Tierra Firme con la peregrina idea de conquistar el imperio azteca.
Al desembarcar en las costas de Taguasco, junto a 300 “valientes”, 10 piezas de artillería y demás armas con sus pertrechos, iba el más efectivo, convincente y sicológico armamento –16 caballos—con sus respectivos arneses.
Tras la sorpresa de los primeros choques y la presunta inmortalidad de sus teules (dioses enemigos en su traducción al español); al defenderse, los hijos de Moctezuma se dieron cuenta de que ambos—el bípedo y al cuadrúpedo-- también derramaban sangre de sus flechazos. Con la ventaja de que aún después de muerto y tasajeado, el caballo seguía siendo útil.
El tercer peldaño de esta escalada equina por América, correspondió a la aventura de los hermanos Pizarro en  el Perú--Francisco, Gonzalo, Juan y Hernando—Estos “Cuatro jinetes del Apocalipsis-Siglo XVI” cargaron con el doble de la cuadra de Cortés. Como si fuera poco, Almagro se incorporó con 26 corceles más para iniciar la operación militar que daría el golpe de gracia al imperio Incaico.
Finalizo con la versión documental aparecida en la Revista BOHENIA hace algunos años bajo el título de “Los caballos en la conquista de América” con la firma de Alfredo Reyes Trejo.
Allí se narra otra curiosa aventura de pencos y nobles brutos por la conquista de las nubes. Veamos:
“…Para subir de la costa a Cajamarca, a más de dos mil metros sobre el nivel del mar, en constante ascensión por las cordilleras, los caballos de Pizarro perdieron las herraduras y como no disponían de hierro para hacerlas, las forjaron de plata. Más adelante esperaba el ambicioso conquistador cargar con los tesoros de Atahualpa y las riquezas de todo un imperio…”
Dígame usted, ¿qué hubiera pasado en el Cerro de Potosí, si en vez de sustituir las herraduras con aquellas relucientes “plataduras”, hubieran sido hechas de oro?

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