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4 ene. 2010

EL OTRO PLAN MARSHALL.

Todos recordaran aquel Plan con el que los Estados Unidos pretendían macdonalizar a la devastada Europa tras la Segunda Guerra Mundial, y aquella significativa película española “Bienvenido Mr. Marshall”, que desnudó la cacareada ayuda Made in USA.
Pues bien, se me ocurre que hay “otro” Plan Marshall, en acción, y es para las islas del mismo nombre situadas en la Micronesia. Entre negativos y abstenciones, dichas ínsulas llevan nada menos que nueve años votando a favor del bloqueo a Cuba en la Comisión de los Derechos Humanos de la ONU.
Que lo haga Israel, el mayor beneficiario del Imperio en el mundo, o Palau, administrada por un israelita millonario no nos extraña. Lo de las Islas Marshall, en vez de eso, da lástima.
Las ínsulas pasaron de mano en mano a través de la historia, y por último fue tomada a sangre y fuego de los japoneses por las tropas norteamericanas casi al final de la Segunda Guerra Mundial.
Era el lugar ideal para que los yanquis realizaran 70 pruebas nucleares en los atolones de Enewetok y Bikini, con la diferencia que este último no sólo sirvió de abono para el hongo atómico, sino que inauguró la línea de trusas más famosa de la época. ¡Cosas de la sociedad de consumo!
Lamentablemente cuando haya pasado la moda y nadie se acuerde de ellas, el atolón de Bikini tendrá que esperar otros 10 mil años más para que desaparezca de su entorno, la mayor contaminación radioactiva del mundo.
Pero ahí no paran las ventajas de este otro Plan Marshall: Con solo 5 islas altas y 29 atolones a nivel del mar, el calentamiento global no augura nada bueno para el futuro inmediato de estos islotes casi desiertos.
Como si fuera poco la ocupación yanqui desalojó de nativos el atolón de Kwajalein para instalar una base militar, que en 1961 se convirtió en polígono de tiro en el Pacífico para los misiles balísticos intercontinentales ICBM, y en los años 80 aumentaron la parada con los MX.
Grupos ambientalistas pusieron el grito en el cielo, y los militares los pies en la tierra. Gracias a ello se impidió la construcción de ese basurero nuclear. Tanto machacaron los cabilderos de Washington que este país micronésico y microscópico, sin ejército propio, que depende para su seguridad territorial de tropas foráneas, sin soberanía en política exterior, con una economía igualmente dependiente, y otras ”ventajas” del American Way of Life, ingresó oficialmente en 1990 en las Naciones Unidas, o sea que en este 2010 cumplirá sus 20 añitos como un miembro más de la organización.
No sabemos que posición adoptaron durante la última Cumbre de Copenhage sobre el cambio climático, y mucho menos si continúan aferrándose al rabo del amo, aunque para ello les vaya la propia existencia.
Les deseamos un mejor final para este 2010.

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