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29 ene. 2010

EL PRIMER AMOR Y EL ÚLTIMO TRANVÍA.

Ésta es una historia de amor, y como tal posee gran dosis de subjetivismo. En ella se enlazan hechos verídicos con aportes imaginativos en aras de hacer más interesante el conflicto.
Corrían los tiempos en que Marlon Brando escalaba la fama a bordo de aquel caprichoso y apasionado tranvía.
Yo era el linotipista más joven del periódico “El Globo”, privilegiado con el título de bachiller y por mis condiciones artísticas que me permitían colaborar gráficamente en la página deportiva de los domingos.
La publicación pertenecía al acaudalado Salvatore Bartolette, italiano de nacimiento y mafioso de corazón, quien ya había ampliado sus acciones en los medios con la Empresa “Tele-Globo”.
A menudo, nos visitaban hombres de negocio norteamericanos, entre ellos Mr. Clark Kent, dueño de una cadena de periódicos con acciones en los Piratas de Pittsburgh. En uno de sus recorridos, pasó por los talleres y quedó impresionado por aquel joven de pelo crespo, imberbe, y que respondía en un inglés bastante potable para la época.
Parece que ese efecto también impactó a su agraciada hija Mary, quien lo acompañaba para curiosear por su cuenta en las “exóticas” islas del Caribe.
Joven, rubia, con todos los atributos del “glamour” típico de Hollywood, me causó tal impacto que quedé más chiflado que flechado . Parece que el dardo de Cupido tenía efecto retroactivo porque ella también comenzó a derretirse en medio de sus vacaciones veraniegas.
A pesar de mi rústico inglés de Jorrín, logré empatía en aquella, su corta estancia en Cubita la Bella, y la química del deseo logró el resto. Mientras el padre y muy señor mío atendía sus negocios, ella iba a lo suyo, siempre a bordo del auto descapotado que la Empresa de Bartolette había puesto a su disposición para los paseos capitalinos.
(Aclaración: Don Salvatore era también propietario de la “Mayor Motors”, empresa distribuidora de aquellos famosos “cola de pato”).
Pero se acercaba la hora de la despedida y ni ella ni yo deseábamos una separación tan brusca.
Acordamos un plan: Mary convencería a su padre para facilitarme un viaje a los Estados Unidos, y una vez allí mediante contrato en una de sus publicaciones, podríamos consolidar las relaciones para un futuro himeneo Fijamos el reencuentro en cierto palco del estadio de Pittsburg durante un partido entre los Piratas y los Medias Blancas. ¿La fecha? El 14 de febrero: “San Valentín´s Day”.
Cinco días antes, exactamente a las tres de la tarde, hora en que mataron a Lola, ajustaríamos los detalles en la “Bodeguita del Medio”. Yo debía acudir con todos mis papeles en orden, pues unos minutos después ella debía marchar hacia Varadero, donde Mr. Kent pasaba las últimas horas de su estancia en el bar del “Hotel Internacional” acompañado por su inseparable “H.Upmann”. Los tres: padre, hija, y tabaco, partirían de regreso esa misma noche
Puntualmente y lleno de ansiedad me dirigí en la tarde del 8 de febrero de 1952 a la parada del tranvía en el momento en que raudo y traqueteante se alejaba el No.388 de la ruta “Príncipe-Avenida del Puerto”. Pasaron minutos que me parecieron horas y pasaron horas que me parecieron meses sin que pasara otro. Algo raro pasaba, como pasajero busqué un taxi salvador, pero todos pasaban llenos.
En la medida en que la hora señalada se acercaba, se alejaba aquel “mojito” que sellaría nuestro apasionado compromiso en la “Bodeguita”.
Y así ocurrió: “Mary is a girl, pero is not a fool”.
Vencido el tiempo pactado, ella se alejó al timón de su lujoso coche color malva rumbo a la Via Monumental, destino Varadero. Ambos: La playa “más hermosa del mundo” y su padre, la esperaban con los brazos abiertos.
Quedé clavado en la esquina como el tango de Gardel…“Flaco, fané y descangallado…” cuando una algarabía en forma de manifestación callejera me volvió a la realidad. Un numeroso grupo de estudiantes, portaba pancartas y gritaba consignas contra el último negocio fraudulento del gobierno de Carlos Prío.
Se trataba del Decreto-Ley No.894 de 4 de mayo de 1950, por medio del cual el Estado cedía las obligaciones con la “Havana Electric Railroad Company” (tranvías) a favor de “Autobuses Modernos SA.” (Las impopulares “enfermeras”, bautizadas así por su color blanco), cuyas principales acciones recaían precisamente en las cuentas bancarias de los hermanos Prío.
Ese asalto a las arcas del Tesoro rebosó la copa de la paciencia ciudadana y desencadenó la revuelta estudiantil, lo que unido a mi desengaño por aquel tranvía que me había dejado plantado, provocó tal ataque de ira que de inmediato me sumé a la marcha.
El furor se convirtió en grito: --El más iracundo de todos--, y mi brazo lanzó con tal violencia los proyectiles improvisados que estremecían aquellos trastos albinos con ruedas.
Tras el masivo ataque, más que enfermeras parecían enfermas manchadas con la sangre de nuestros tomatazos. Claro, yo no era el único pitcher de ese desafío.
Por eso aquel 14 de febrero de 1952 que soñé en brazos de mi amada Julieta --Mary in English spoken--, lo pasé en el vivac del Castillo del Príncipe, por conducta impropia y escándalo público.
No recuerdo si ese año fue bisiesto, lo que sí sé es que --un mes después de aquel último tranvía donde se me fugó el deseo--,-Batista, aupado por los Estados Unidos, dio su cobarde golpe de estado, del 10 de marzo.
El “madrugonazo” teledirigido fue posible gracias a la corrupción imperante en las altas esferas del poder, y por el desaliento generalizado debido a la muerte de Eduardo Chibás, líder indiscutible del pueblo que invocaba “Vergúenza contra dinero”.
Hasta aquí mi relato de inociencia-ficción, en el que, como dije al principio, hay elementos falsos y otros reales. Lo cierto es que nunca más vi un tranvía circular en la capital.
Los dejo para que sean ustedes mismos—mis pacientes vecinos-- quienes saquen sus propias conclusiones.

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