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6 may. 2010

TRES CASOS EJEMPLARES .

La caricatura con la que comenzamos este trabajo nos da pie para desarrollar estas tres historias que pintan con los colores del absurdo el cuadro de la justicia norteamericana de ayer, de hoy y de mañana. Esa que no es ciega, porque se jacta de ver la paja en el ojo ajeno de los Derechos Humanos y disimula la Inhumana Joroba en el propio.
Prueba al canto: La campaña mediática global contra Cuba, basada en el tema del publicitado suicida cubano, devenido “prisionero de conciencia”, por obra y gracia de la gran prensa y otros instrumentos afines al Imperio. Y el sepulcral silencio con que se pretende sepultar en las mazmorras del prejuicio la verdad de los cinco jóvenes antiterroristas cubanos.
Del lado de acá del sentimiento, estamos orgullosos de contar con juventud tan vertical que es capaz de rechazar el chantaje de una libertad condicionada por la falsa declaración de culpabilidad en un delito de espionaje y como consecuencia cumplen injustas sanciones en las cárceles de seguridad del país que se autodeclara “Campeón de los Derechos Humanos”; sin embargo estuvieron siempre presentes en el recién finalizado Noveno Congreso de la UJC; y seguirán eternamente jóvenes en la memoria y el corazón de su pueblo.
Si la máquina del tiempo nos pudiera llevar cinco décadas atrás, veríamos como el condenado Caryl Chessman llevaba también once años en el corredor de la muerte, hasta su ejecución en el amanecer del 2 de mayo de 1960. Ese mismo año, una caricatura realizada por mí, abordó el caso en la página editorial del diario “El Mundo”.
Acudo a este caso porque un colega y amigo cubano, --Ángel Boán Acosta, primer corresponsal de Prensa Latina en los Estados Unidos,-- logró entrevistar por entonces al famoso huésped de la celda 2455 en la prisión de San Quintín, California.
Chessman había sido juzgado varias veces por delitos comunes, hasta ser sentenciado a muerte por asesinato en primer grado. Durante su largo encierro, estudió al detalle el complicado sistema judicial norteamericano. Con voluntad y paciencia apeló la sentencia una y otra vez, y escribió cuatro libros que se convirtieron en best-sellers. Por su extensión no podemos reproducir la interviú que Boán le hiciera, y que aparece íntegra a partir de la página 54 en su libro “Dos Años Tras la Cortina de Chicle”,

Me limito a reproducir la conversación que con posterioridad el reportero cubano estableciera con la abogada de Chessman, Rosalie Asher: Según ella:
“Se trató de una equivocación que los tribunales no quisieron reconocer y Chessman pagó con su vida los errores de la justicia. Se negaron a aplicarle el detector de mentiras, y sólo se le conmutaría la pena si el reo se declaraba culpable.”
La historia se ha repetido miles de veces por la Justicia Made in USA; veamos una de ellas:
“Violeta Americana” es la traducción al español del título de la película basada en un hecho real, cuya protagonista Dee Roberts es una joven madre afro norteamericana, víctima de un complot racista en Arlington Springs, Texas, entre enero y junio del 2000, por la misma época del caso de los cinco cubanos.
Durante una redada antinarcóticos en el barrio negro de Melody, el fiscal del distrito Cavin Beckett, acostumbrado a descargar su racismo contra la población de color, la enjuicia y logra detenerla bajo una fianza astronómica de 70,000 dólares.
Con cuatro hijas que mantener, la acosan arbitrariamente y pierde su empleo en la cafetería donde trabajaba. Sólo el apoyo de su madre y sus pequeñas hijas, más la intervención de dos abogados –David Cohen y Sam Cowroy— logran que la joven mantenga su firme posición ante unas cortes amañadas y segregacionistas.
Su dilema es, testificar su inocencia ante el infalible fiscal Beckett, y exponerse a recibir una condenada de 15 años de cárcel; o declararse culpable de un delito no cometido y quedar inmediatamente en libertad a cambio de perder todos sus derechos civiles ante la ley. Caso muy similar al de Chessman.
Prefiero abandonar aquí esta historia porque no me gusta contar los finales de las películas. Sólo queríamos dejar constancia de la hipocresía manifiesta de un sistema judicial, en el cual la sumisión es premiada y la honestidad puede costar hasta la muerte, o la condena de por vida como en el caso de nuestros cinco hermanos. Me parece que con estos tres ejemplos bastan para demostrar lo injusto de la justicia yanqui. Si esos son sus derechos humanos, bien jorobados están.

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