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9 may. 2012

DETRÁS DE LA ANTORCHA (II PARTE)


El rápido recorrido que hicimos en la primera parte de esta serie por la prehistoria del deporte, espero que les haya sido grata. El propósito fue imaginarnos qué motivó a nuestros antepasados a liarse a golpes, o tratar de ser cada uno más rápido, saltar más alto, o ser más fuerte. No fueron razones atléticas, sino de subsistencia.
Incluso, los famosos Juegos Panhelénicos inaugurados en el año 776 a.n.e. por el rey Ifitus también tuvo otros propósitos como el de evitar nuevos enfrentamientos con  sus eternos rivales de Esparta, o dar un respiro a las luchas intestinas  de sus belicosos pueblos autotitulados helénos para diferenciarse “democráticamente” de sus vecinos --los colonizados bárbaros—.
Ahí empezaron los cuentos de camino occidentales, dando origen a  “guerras humanitarias” o “lucha contra el terrorismo”.
Ellos mismos –los griegos-- se reconocían  culturalmente unidos, como la UE, pero incapaces de gobernarse y guerreaban hasta por gusto.    
Fue el oráculo de Delfos quien proclamó una tregua cada  cuatro años a sus luchas intestinas  para dedicarlas a celebrar los Juegos Olímpicos de Atenas.
¿Y quién era esa sagrada señora?
Una diosa sí, pero también la capital de la ciudad estado más poderosa en el siglo VIII a.n.e. Construida sobre un peñasco de la Acrópolis  y durante casi mil años cuna de la civilización occidental, como acostumbran hoy los grandes medios para identificar la paternidad de sus “democráticos” ancestros. Algo cuestionable en esta Grecia fondomonetarista de facto en el 2012.
En fin, vayamos al grano: Cuando se encendía el fuego en honor al dios Zeus en su propio templo, comenzaban las competencias durante siete días, cuyo único premio era la gloria, representada por un humilde ramo de olivo. Claro, cuando el ganador regresaba a su pueblo era aclamado como un héroe y recibía las atribuciones contantes y sonantes, correspondientes a esa jerarquía.
De aquellas primeras pruebas quisiéramos brindarles  algunas aclaraciones. Mi  nombre completo es Francisco Pascasio Blanco Ávila, no confundir ese Pascasio de origen asturiano,  con pancracio, especie de lucha libre ligada con pugilato, donde se podía hasta patear o morder al contrario.
Otra modalidad de entonces, digna de aclaración, eran las carreras de carros, --hoy convertidas en diversas fórmulas del automovilismo—. Antaño los héroes eran los aurigas, hoy son los motores fórmula 5, cada día más potentes.
Vayamos pues a los cronistas deportivos de entonces: El primer registro que se tiene  del levantamiento de pesas  es el de un bloque de 480 kilos  levantado  por Eunasta, hijo de Cristóbulo. Sin embargo, se dice que un tal Milón acostumbraba a cargar diariamente un ternero como entrenamiento sistemático. En la medida que el animal—el de arriba—aumentaba de peso, la otra bestia –el de abajo-- tenía que romper su propio record hasta  que llegó a los 600 kilos. A partir de ese récord no se conoce otra cifra. Cuenta la leyenda que Milón murió aplastado por el peso en su último intento. Los actuales pesos de papel son más ligeros, pero pesan más a la hora de comprar en el mercado.
Si curioso resultan estos casos, más aún el del pugilato, antecedente de las peleas de boxeo, cuyas reglas eran originalísimas. No había límites de tiempo. Sólo acababan por abandono, golpe mortal, o desfiguración del rostro. Me imagino los carteles de entonces:
“Hoy Cayo Licurgo (El león de la Metro) vs. Kid Policleto (El tigre de Efeso). Pelea revancha: Ojo por ojo y diente por diente…”
Sin embargo,  la realidad supera la ficción: La fama de un tal Crotone de Calabria fue tal que  se coronó campeón de carreras frente a Giauchiaden, le ganó en pancracio a Timasiteo,  y a Diappo en boxeo; como si todo eso fuera poco fue vencedor cuatro veces de Astlio y seis de Milo –todas estas en lucha-- .
En una “entrevista de prensa” al final de uno de aquellos combates, el vencedor Statofón dijo: “…El pugilato no es fácil. Cuando Ulises regresó a su hogar tras 20 años de odiseas por esos mares del mundo, fue reconocido de inmediato no sólo por Penélope y su hijo, sino hasta por su fiel perro Argus. Yo, tras cuatro horas de combate, --no ya mi perro Nerón, o mi familia--. ¡Ni yo mismo frente al espejo podría identificarme!…”
Se cumplía de esta forma el verdadero propósito de los juegos: En vez de destriparse o machacarse por la libre en el campo de batalla, se permitía hacerlo en la arena del coliseo bajo ciertas regulaciones que incluía tarjeta roja de sangre cuando el árbitro notara alguna violación. En esos siete días la gente no tendría que esperar a que los soldados regresaran del frente para que les contaran sus hazañas; como espectadores podían disfrutar del espectáculo en vivo y en directo, apoyar con gritos o aplausos a sus ídolos, y chiflar al contrario en su camino al cementerio.
Hasta los emperadores romanos podían competir con sus súbditos. Tres de ellos Tiberio, Germánico, y Nerón, convertidos en aurigas ganaron carreras de carrozas de dos ruedas y diez caballos. Resultaba harto difícil ganarle  a estos reales competidores, sobre todo al último de ellos... Si fue capaz de incendiar a Roma mientras tocaba la lira, ¿que haría con el que lo superara en la pista?
De todas formas parecía imposible  mantener la paz en una época en que Grecia mantuvo tres Guerras Médicas con pronósticos reservados, y otras  tres menos graves contra los espartanos en el Peloponeso.
Cuando Atenas le pasó el batón de relevo a su vecina Roma, esta se comportó como discípula adelantada del Dios Marte, pues enfrentó otras muchas hazañas bélicas contra itálicos, etruscos y hasta rivalizó con la propia Grecia,  que ganó a la larga pero le costó caro. Recordemos que el rey Pirro, se les paró bonito y los hizo retroceder pero con tal sacrifico que se vio obligado a reconocer; --Otra victoria como esta y estoy perdido--.  A la larga, los únicos que a la  postre  derrotaron al Imperio Romano fueron los pueblos bárbaros. Claro. al frente venía Atila el Huno, así calificado por no ser segundo de nadie, aunque con evidente y barbárica falta de ortografía.
No crean que fue fácil mantener el ciclo de competencias cada cuatro años. En ese siglo solo se celebraron 21 Juegos  Deportivos Panhelénicos, y uno de sus principales episodios fue la carrera de fondo que llevó el nombre de Maratón, debido a su origen en la  batalla homónima. Como este trabajo también viene resultando maratónico, en este mismo instante le pongo fin hasta la próxima competencia. Nos vemos pues en la raya de arrancada.
  

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