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11 abr. 2013

DOS REINAS FRENTE A FRENTE

Una breve incursión por el Museo Postal sito en el edificio del Ministerio de Comunicaciones en la Plaza de la Revolución fue suficiente motivación para evocar estas líneas, pero primero aclaremos cualquier equívoco al respecto.

Aunque fonéticamente se parezcan, no es lo mismo un filósofo, un filatélico, que un sifilítico. El primero es un científico, el segundo un coleccionista y el tercero una desgracia. Pero los tres son seres humanos: No existen burros filósofos, aguacates filatélicos y mucho menos pedruscos sifilíticos.
El más antiguo de los tres resulta ser el pedernal que aparece en último lugar, pues enfermedades venéreas existían ya en el Antiguo Egipto; mientras que, científicos fueron los siete sabios de la Grecia Antigua y no podríamos encontrar filatélicos hasta el 6 de mayo de 1840, fecha en que circuló por primera vez un sello de correos en Gran Bretaña, conocido como el penique negro, seguido del penique azul, ambos con la imagen de la Reina Victoria de Inglaterra.
Quince años después, España hizo circular el suyo en las colonias de ultramar--Cuba, Puerto Rico y Filipinas--con el retrato de la Reina Isabel II: Por tanto la primera estampilla que circuló en nuestro país data del 25 de abril de 1855.
He aquí ambos sellos—perdón—ambas reinas frente a frente.
El destino deparó un trágico desenlace para ambas: La reina Victoria murió en la guillotina y la reina Isabel perdió el trono en septiembre de 1868--poco antes del Grito de Yara-- y emigró a París donde murió 32 años después.
Sin embargo la necesidad de comunicarse, no ya con el lenguaje, la escritura o los gestos, sino a larga distancia, es mucho más antigua.
Mensajeros había en el reinado persa de Ciro el Grande durante el siglo VI antes de nuestra era. Los partes se llevaban a caballo durante jornadas de un día de duración, siendo relevados jinete y cabalgadura cada un nuevo tramo. De esta forma el Emperador estaba al tanto de todos los chismes y los magnicidios que ponían en peligro su reinado.
En Roma ocurría algo similar, los mensajes iban escritos en papiros y se trasladaban corriendo, ya por medio de caballos o carruajes, de ahí la palabra correos, del latín currere.
La Edad Media no fue propicia a esta actividad por la falta de unidad política entre los feudos y el mal estado de los caminos; además, estaban plagados de bandoleros. A veces el propio caballero enmascarado y sus cómplices eran los beneficiarios. Pero sobre todo, el abusivo cobro del tránsito por parte de los dueños y señores de la gleba: Había que pagar por pasar un puente—derecho de pontazgo--por cruzar un feudo--¿peaje?-- o por evadirlo; por la cantidad de caballos que tiraban del carruaje--¿rocinazgo?--o del polvo que levantaban al pasar. Tal vez esos mismos polvos trajeran los lodos del oscurantismo medieval.
Durante el Renacimiento, la vieja Europa sale del ostracismo a pesar de la Santa Inquisición y sus hogueras; los inventos científicos, el desarrollo artístico y los descubrimientos de otras tierras y culturas fueron apagando paulatinamente tanto fuego acumulado en sus entendederas.
Las comunicaciones y las relaciones comerciales se imponen.
En este contexto, Luis XI de Francia, ve la necesidad de oficializar el servicio por medio de postas equinas—ojo, no confundir con bostas—también caballares--.De ahí viene la generalización de la palabra posta en español, poste en francés, post en inglés y correo postal al servicio en general.
Del lado de acá del Atlántico, mucho antes de la llegada de Colón, en el territorio azteca ya existía la painania, corredores que enviaban cartas de amor de la Melinche a Moctezuma en Tenochtitlán, o de este a sus dominios en todo el imperio.
Los antiguos incas --aunque no conocían la escritura-- transmitían noticias a través de sus chasquis o mensajeros, quienes por medio de nudos realizados en cuerdas de varios colores o quipos, memorizaban los mensajes.
En la medida que se generalizaba este servicio comenzaron precisamente sus problemas; ya que el remitente enviaba el mensaje o bulto postal, como se dice hoy en Cuba: “A pagar allá”. Y el destinatario a veces no podía sufragar el costo, dejando al mensajero sin plumas y cacareando.
Es entonces que a un tal Rowland Hill de Londres, se le ocurre escribir un folleto en 1837, donde planteaba la reforma de este anticuado y conflictivo sistema, donde propuso suprimir el pago por entrega y sustituirlo por otro de mensajes prepagados, bajo dos alternativas: Sobres timbrados o estampillas adhesivas que debían adquirir los usuarios en las oficinas habilitadas al efecto.
Tres años más tarde se imprimen aquellos primeros peniques en Londres--los cuales señaláramos al comienzo—y que conquistaron el mundo con sus bellos impresos sus atractivas colecciones, y sobre todo llevando mensajes a quienes más los necesitaban: Seres queridos separados por la distancia, o soldados en servicio, necesitados de noticias menos sangrientas del terruño.
No olvidemos tampoco a nuestro protagonista de hoy: El filatélico, cuya paciencia, dedicación y entrega le permite no sólo acumular valiosas colecciones por temas, países o cualquier otra clasificación, sino saber las motivaciones que inspiraron esas obras; o adentrarse en la historia misma de la actividad postal y de cada serie en particular.
Sean estas unas estampas tan breves como esas pequeñas maravillas cromáticas que
tanto entusiasmo despiertan aún a coleccionistas y estudiosos.
Independientemente de que los objetivos de antaño hayan sido desplazados en aras de la inmediatez por mensajes en tiempo real que navegan por internet. El valor cultural del sello postal como obra de arte no podrá ser sustituido con nuevas tecnologías, fríos códigos o discos duros o blandos, chips y señales electrónicas.
En este nuevo milenio tan globalizado y práctico necesitamos más que nunca, alimentar el espíritu, aunque para ello no tengamos que mojar la estampilla con la lengua, ni pegarla en el sobre, sino apreciarla en su valor artístico, ya en museos especializados o coleccionistas privados.
Sea pues, este modesto homenaje, a los pacientes y eruditos coleccionistas cubanos que han puesto bien alto el nombre de nuestro país en los últimos concursos internacionales de filatelistas.

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