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15 jul. 2010

EN TIERRA Y MAR.

…“Alto Cedro voy para Marcané,
Luego a Cueto, voy para Mayarí”…
¿Quién no recuerda esa melodía? Claro, es de la autoría de Compay Segundo, tan inmortal como “El manisero” de Moisés Simons, o la “Guantanamera” de Joseíto Fernández.
Pues bien, comenzamos con música para recordar pasajes de mi vida relacionados con esa encantadora región oriental.
En estos tiempos en que tanto se habla de economía sustentable, agricultura suburbana, abono orgánico, repoblación forestal y otras ventajas de la ciencia y la técnica en función del desarrollo, vienen a mi mente las aventuras que me toco protagonizar en el verano de 1965.
Quiso el destino, --tanto como decir, la dirección del semanario PALANTE--, que el compañero Juan Ángel Cardi y yo, fuéramos designados para cubrir las actividades productivas de la delegación de jóvenes ejemplares seleccionados para asistir después al IX Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes a celebrarse en Argelia.
Yo había estado dos años antes en Mayarí Abajo cuando quedó sumergido por las impetuosas aguas del río homónimo, como consecuencias del ciclón Flora. Ahora iba a Mayarí Arriba con otro ciclón, pero de jóvenes ejemplares. El objetivo: Emular con la tierra del mejor tabaco del mundo, --Hoyo de Monterrey--, llenando de hoyos la encarnada meseta del norte oriental, y dejarla como un queso gruyere, donde los Pinos Nuevos de la Delegación sembrarían los del futuro.
“La Carga de los 600”, aquella película bélica de ficción iba a quedar chiquita con “la Carga de los 900” jóvenes paradigmáticos de nuestra sociedad. Pero la tarea pintaba fea desde sus inicios, pues para acceder al campamento había que transitar por “la loma de la bandera”, un camino tan estrecho que solo cabía un vehículo, y de doble tracción para más dificultad. El chofer tenía que portar una bandera roja, señal de que no venía nada en sentido inverso porque de lo contrario podía perder el sentido, el transporte, y hasta la vida en el intento.
Con un promedio de unas 500 siembras de pinitos diarias, se acababa la jornada hecho aserrín de pinotea.
Mi misión consistía en alegrarlos y promover en forma humorística algunos mensajes como aquel cartel que pinté: “No bote el cabito en el bosque: Un incendio siempre puede evitarse”. O este otro: “Sembramos posturas de pino, no de gallinas: En el surco no se habla”.
Mientras esto ocurría, el evento argelino corría el riesgo de suspenderse por situaciones políticas internas en el país sede, y el propio Cardi así lo describía: “Hubo un brillo de malicia en los ojos verdosos de la envidia extranjera y doméstica… Hicieron sus conjeturas y se equivocaron por partida doble…” A continuación le respondieron del bando mafioso al humorista: --Buenísimo, ahora no van a ir a ninguna parte, seguro lo arreglan todo con un viajecito del INIT a Varadero.
Así andaban las cosas cuando en la edición del primero de julio de ese año abordé el tema en la portada del semanario utilizando la consigna que esgrimían los atletas cubanos desde el mismo triunfo de la Revolución L.P.V. (Listos Para Vencer), y si se fijan bien en la mochila del brigadista, una pegatina respondía a los malpensados: “Vía donde sea”.
Esta versión gráfico-humorística de la panorámica mayaricera se produjo al regreso, en las páginas del propio semanario, cuando ya se sabía de la suspensión del evento y el destino final que tendrían los novecientos jóvenes ejemplares cubanos.
Desde la llegada al campamento notamos que las condiciones ambientales no nos permitían llevar a cabo nuestro objetivo: La publicación mimeografiada de “El Pino Macho” Órgano Forestal de la Delegación Ejemplar al IX Festival; una hoja volante diaria con caricaturas y textos humorísticos para disfrute interno de los movilizados--.
Por suerte la presencia en el lugar del maestro Caíñas Sierra, y sus valiosas orientaciones, permitió la salida del boletín humorístico por la radio-base local. Fue mi involuntario debut radiofónico: Solté el lápiz, agarré el micrófono y parece que lo hice bastante bien, como más adelante les contaré.
Tras la jornada productiva en Oriente, se anunció el destino: Era un viaje de estímulo en un antiguo buque hospital de la Segunda Guerra Mundial, convertido ahora por la flota de la URSS en transporte de becados y otras delegaciones.
Tras doce días de navegación cruzando el Atlántico, el “Gruzia” --(Amistad)
entre nosotros--, penetró la niebla del Estrecho de Gibraltar y tras varios días por el Mediterráneo nos acercaron al Estrecho de los Dardanelos, que atravesamos en una soleada mañana turca.
El buque hizo escala en varias ciudades búlgaras que nos permitió caminar por las calles de Varna, y Sofia, y las arenas de oro del litoral balcánico bajo un sol fuerte, pero incapaz de calentar las azules aguas del Mar Negro. Días después continuamos viaje por él hasta la parte rusa y así visitar a Sochi, Sujumi y la histórica Odesa, donde imaginamos una vez más ver el descenso de aquel cochecito bajo las balas zaristas del “Acorazado Potiemkin”.
Seguidamente ofrezco un fragmento del trabajo que realicé para PALANTE como enviado especial…
Fue también mi primer crucero al frente de una estación de radio. Ya que apenas perdida la imagen del Morro habanero, las musas mareadas se negaron a salir del tintero, y la experiencia de “El Pino Macho”, me embulló a reciclar un nuevo espacio a bordo: “Radio Mareo”.
Debo confesar que gracias a contar con la colaboración de los enviados especiales de la llamada “prensa seria” cubana pude acometer jocosamente esa tarea. Vaya pues mi reconocimiento a Susana Lee, Reinaldo Peñalver, Juan Carlos Santos y Mirtha Rodríguez Calderón entre otros colegas que se me pierden en las turbulentas aguas del olvido.
Fue una aventura de más de treinta días-náuticos entre el Verde Caimán y el Mar N
egro, llena de emociones marinas imposibles de describir en detalle, y muchos de sus participantes recordarán, por ejemplo la guitarra insomne de Cotán en noches de plenilunio, el entusiasmo del “Héroe de Playa Girón” Fausto Díaz, al volante de su inquieta silla de ruedas, y un “Caballo de Mayaguara” inmenso en su sobriedad, entre cientos de ejemplos que harían interminable este recuento.
Con sólo decirles que la inmediatez del noti-diario permitió descubrir asaltos nocturnos a las literas con el propósito de embetunar sueños profundos, o empolvar los ronquidos de ciertas pesadillas; se difundieron con exactitud partes meteorológicos reportados por el propio capitán del navío
para esquivar ciclones extraviados; divulgación de la cultura, historia, costumbres, e idiomas de los países a visitar que nos evitaron muchas penas en tierra firme; advertencias de todo tipo para evitar accidentes a bordo, sobre todo, que un incendio siempre puede evitarse si se fuma en la popa y con aire a favor.
A tal punto llegó la eficacia de nuestros mensajes que en cierta ocasión fui víctima de una broma: Alguien o álguienes me secuestraron para evitar que en la transmisión de la tarde, denunciara a los autores que, --para demostrar su poder--
habían requisado nueve juegos de dominó, causando malestar a bordo. Claro, todo ello de mentiritas, para combatir ese “gorrión” que siempre volaba por encima de nuestras cabezas junto al barco.
Me pasé con ficha pero, como sólo se trataba de un alarde de fuerza, mis captores decidieron dejarme en libertad horas después, y con mi persona aparecieron también las fichas escamoteadas. Más nunca he tomado un micrófono en la mano, a no ser para responder las preguntas de algún colega, cuando insisten en entrevistarme. Aunque añoro aquellas juveniles aventuras radio-marineras del “Gruzia”.

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